
Suena en su cabeza la exquisita voz de Nelly Furtado toda la semana:
Flames to dust,
lovers to friends,
why do all good things come to an end...
El verano, como cada año, era una de esas cosas que tanto apreciamos que llegan a su final. Todo lo bueno acaba, la vida es así. Y lo malo de dónde surge, pensaba. Después de los terremotos en Perú, el huracán Dean, lo cierto es que las catástrofes naturales causadas no por la acción del hombre (ya es raro hablando de catástrofes), se suelen cebar con aquellas partes del mundo que desgraciadamente ya son de por sí más pobres, atrasadas y devoradas por la angustia y la tragedia, para nada prósperas más que por la buena voluntad, bondad y fe de sus humildes gentes que allí habitan. Una fuerza destructora a veces la Naturaleza que arrasa con todo a su paso.
En ocasiones mereceríamos un castigo similar, pero el caprichoso y azaroso destino sigue obcecado con perseguir al más pobre. Ya se sabe que a perro pulgoso... A más de uno no le iría mal una lección, y ya no hablo ni mucho menos en términos de desastres naturales causados por huracanes, maremotos, terremotos, erupciones volcánicas, lo que quieran ustedes. El tiempo se supone que nos pone a todos en nuestro lugar. Busquen el mejor sitio, no hagan trampas.
Es cuando él observaba la belleza a su alrededor que comprendía lo necesario que había sido escucharse a él mismo con el silencio de interlocutor; realmente era muy afortunado. Ya podía haberle sucedido todo tipo de pérdidas materiales, averías de sus aparatos (cada vez fabricaban peor, decía), fracasos personales y colectivos, o pérdidas humanas, las más importantes. Sabía que de todo podía llegar a extraer algo de ilusión y confianza, aceptando que la vida es dual, no de un solo color, y que en la pluralidad reside la riqueza. Una vida que es dual, como nuestro alma, que tiene su sentido trágico que debemos aceptar, resignarnos ante ello porque no hay más remedio, la vida es así. Podemos intentar cambiar todas las cosas pero hay esencias que permanecerán inmutables para siempre, para bien o para mal, pero es así. Es cuando llega el día en que sabemos convivir y aceptar la tragedia, el espacio que ocupa el mal en el mundo, y hacer que su impacto inevitable sea irrisorio y que para nada disminuya la fuerza del bien, de lo feliz, que uno estará en paz consigo mismo, con su cuerpo y alma.
Es dura la vida a veces, y no queda sino resignarse ante la evidencia, más no duden en perseguir la fortuna y la suerte, el divino azar que juega con nuestros destinos. No hagan de este mundo un lugar de sufrimiento continuo y constante; no estamos aquí para ello. Aunque hay momentos para todo, también para el dolor. Dejen fluir sus sentimientos a flor de piel, dejen abrir su mente y corazón, su yo repleto de buenas intenciones. Persigan sus sueños como nunca antes habrían pensado hacer, muévanse por el corto y el largo plazo, deben atrapar la vida, no que ella les atrape. Cuando sientan que dentro suyo arde una llama, no quieran apagarla sino que alumbre lo necesario y más, ese fuego no creará sino vida allí donde vaya. A cada pisada que den la llama se hará más grande e iluminará a los más necios y cobardes, guiará a los ciegos y apartará del camino que conduce a la nada a los hipócritas y farsantes, a los impostores de esta rica vida.
Había estado un tiempo apreciable hasta completar sus palabras: un cigarro en la terraza a la claridad lunar con apenas estrellas a su encuentro, unas risas y carcajadas de alegría en la oscuridad, flexiones y abdominales, pensamientos vagos en plena noche de agosto.
Y ahí seguían la llama, la fortuna, la divinidad, la suerte, lo etéreo, los calcetines, los calzoncillos, el elfo, la pelota, la camiseta dedicada, el estuche, El Zahir de Paulo Coelho, sus cadenas, sus cruces, sus medallas, sus pósters, el calendario sobre Roma, las chapas, los culés, la bufanda...Y seguia él ahí creyendo que todo era posible. Que la fe movía montañas y que de todo se podía aprender en la vida, daba igual que tropezara mil y una veces con la misma piedra. Siempre valía la pena acabar levantándose aunque fuera para besar el suelo otra vez. Porque las caídas también le hacían fuerte y le preparaban a uno para besar la gloria del cielo.
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