26.9.11

Magia


Por mucho que uno piense que la vida no te puede volver a sorprender, acabas sencillamente equivocado. Puede ser casualidad, azar, destino… O todo junto. No hay demasiada diferencia a no ser que alguien desde un lugar oculto entre nosotros tenga ya de antemano y por escrito nuestras vidas. La novela de nuestras almas capítulo a capítulo.

No lo ves venir. Aparece. Sucede. Como de forma caprichosa. Y va fluyendo casi de forma imperceptible. Hasta que en algún momento llegas a preguntarte cómo es posible que haya sucedido algo así. “No pienses, actúa”, decía Barney Stinson en HIMYM. Es lo que haces inconscientemente. Te dejas llevar porque no era nada previsto. No habías conectado alarma alguna en el móvil para que un día concreto despertaras con esa intención. Nada de eso. Todo lo contrario.

Lo inesperado cambia nuestras vidas. Son como accidentes afortunados que suelen ocurrir más veces en las películas que en la vida real. O quizás eso es lo que suele pensar la gente. Porque detrás de cada aventura vive un origen. Aquello que en las facultades llamarían explicación. O causa de. Pero la clave no es sino el camino. Lo que recorremos es lo que pasa a la historia. Aquello que siempre recordaremos.

Notas como si algo fuera creciendo en tu interior. Que te sientes distinto. Hacía tiempo que no respirabas esa fragancia aunque sabes que no es la primera vez. Igual que no existen dos personas idénticas, nada se repite de la misma forma en tu vida. Afortunadamente. Pero cuando no buscas algo, es como si todo supiera mejor. Porque es como haber encontrado motivos para sonreír a diario.

Te llevas su olor, su mirada, su sonrisa. El roce de su piel. El tacto de sus manos. Así es como tenerla siempre que quieras a tu lado.

Hasta que te das cuenta. Ha pasado el tiempo de verdad. Tan rápido… De nuevo solo. Y no deseas sino volver a ver esos labios que dibujan magia.

14.9.11

15 en 23


Es como volver a tener 15 años. 16 quizás. Sensaciones otrora perdidas, que no olvidadas. Aletargadas. Como si hubieran estado mucho tiempo pidiendo salir para ver la luz del sol. De ese verano que se alarga inevitablemente. Pero que acerca a la estación de las hojas caídas. Y este, a su vez, al frío invierno. Como diría aquél, que ya estamos en Navidades.

Porque hay momentos que por sí solos reflejan la esencia de la vida. Instantes que paralizan todos tus sentidos, impidiéndote pensar más allá del placer del momento. Goce, disfrute. El roce y la atracción que fluyen río abajo, pero sin desembocadura. Deseando que no lleve a puerto alguno ni concreto. Porque lo fundamental no es la meta. No es hacia dónde vamos. Sino el sendero que recorremos. La felicidad es el camino.

No importa lo que te diga el reloj. Es la hora que tú quieres que seas. No hay mejor momento que otro. Siempre lo es. Si algo te sobrevuela por la cabeza es la certeza de estar tan a gusto que nada más importa. Apartadas quedan las preocupaciones, obstinaciones, dudas y heridas nunca cerradas. Si es que las hubiera.

Es como volver a tener 15 años. 16 quizás. El espejo ha cambiado o eres tú el que ha crecido. Madurar ya es algo más complicado. Sientes que algo te hace sonreír más a menudo. Que parece hasta fuera de lo común. Empiezas a imaginar más durante el día y a soñar con mayor frecuencia junto a la suave almohada que siempre te había servido de consuelo. Ella guardaba tus secretos y anhelos. Como tu mejor confidente.

Todo parece más bonito. O puede que sencillamente ya fuera así y no te habías dado cuenta. Los detalles ahora no son triviales. Son una razón de peso. No existe el tiempo ni el espacio. Solo dos almas y dos cuerpos unidos por aquello que nos referimos como azar. O destino. ¿Cuál es la diferencia? Nosotros, jugando las cartas que él baraja.

Entre esa baraja, precisamente, apareció una carta especial. Y estoy seguro ahora mismo de querer tenerla cerca. De que hay trenes que solo pasan una vez en la vida. Como aquél metro de agosto.

Volver a tener eso. 15, 16 años. Qué más da. La vida puede ser maravillosa.

8.9.11

Entre la incertidumbre


Tras casi tres meses he vuelto allí donde pasé tantas y tantas tardes a la semana. Allí donde acudía quincenalmente tras madrugar un sábado. Un lugar que ha sido durante toda mi vida como mi segunda casa. Bien, sin contar el metro, claro.

Multitud de recuerdos te invaden de repente cuando observas desde tu perspectiva privilegiada las dos porterías de fútbol 11. Inmediatamente piensas en el caucho y en cuánto se enfadaban tus padres por traerlo contigo a casa, como quien vuelve de sacar a pasear al perro. Ves en segundos chispazos continuos, sucesiones de imágenes sobre años anteriores. Todo sencillamente efímero. Como el propio tiempo. Porque no te das cuenta y pasan las semanas. Lo suficiente como para parecer que algo ha cambiado. Nostalgia cuando piensas en los buenos momentos sí. Eso siempre. Ha sido una etapa maravillosa. Pero es como si uno se hubiera mentalizado tanto de que no iba a seguir con las funciones de temporadas anteriores que sientes que no perteneces del todo a ello. Una sensación que no deja de ser ambigua y curiosa. Hasta cierto punto, extraña. Como si no hubiera brocha alguna para ti en esas circunstancias.

La cabeza me pedía no continuar entrenando. A veces en la vida tomas decisiones que pueden ir parcialmente en contra de tus aficiones, gustos o preferencias. Que se disfrazan quizás de algo de racionalidad, por qué no describirlo así. El año pasado estuve tan centrado buscando trabajo que sin darme cuenta terminé por focalizar mucho la atención en el resto de cosas que hacía, fuera poco o mucho. Según se mire. Dediqué tanto tiempo al alevín que dirigía que al final la planificación, la ilusión y las ganas por trabajar semana a semana dieron sus frutos. Aún hoy, cuando alguien de ellos me dice que me echa de menos, no hago sino emocionarme. Significa mucho para mí. Palabras así de niños de 12 años que dan sentido a todo. Al sacrificio. A todo aquello en lo que tú crees. Pasarán los años y recuerdos así permanecerán grabados incandescentemente en tu interior. El resto, éxitos o triunfos incluidos son mera circunstancia. Me hicieron grande mientras yo intentaba que crecieran lo máximo sin que perdieran nunca el hambre por aprender y disfrutar. Nunca hubiera imaginado nada de lo que sucedió cuando empecé. Me siento realmente muy agradecido y satisfecho.

Pero mi momento ha pasado. No sé hasta cuando. Soy consciente que la vida da muchas vueltas y que algunas puertas afortunadamente nunca se acaban de cerrar del todo. Sencillamente no lo sé. Lo más lejos que ahora mismo estoy de la incertidumbre acerca de mi vida gira entorno a dos paisajes. En el primero, tengo contrato hasta mediados de noviembre. Ello implica buscar trabajo dada la conyuntura actual aunque quiero pensar que cuento con posibilidades de ampliar algo el contrato si así es mi voluntad y mi deseo. En el otro paisaje, aprecio verdes llanuras y cascadas interminables. Una bahía que dibuja el paraíso y unos cielos que no son de este mundo. Ahí está a quien de verdad echo de menos y tengo ganas de ver.

En un mundo de idas y venidas, de cambios y giros de tuerca inesperados, apenas sabemos si mañana vamos a amanecer. Por eso, ojalá los sueños se hagan realidad. Que al siguiente despertar lo primero que pueda ver sea tu preciosa sonrisa en la ventana junto a los tempraneros claros mientras la almohada desprende tu suave fragancia. Y que, dentro de tanta inseguridad laboral y económica, pueda uno labrarse un futuro de lo más digno y prometedor.