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26.1.14

La pianista (VI)

Dos semanas después de su octavo cumpleaños, Alicia y su padre tuvieron la primera gran riña. Era un sábado en que habían terminado de comer y ella quería que la apuntara a clases de piano pero su padre se negaba. Decía que le quitaría mucho tiempo y que mejor que hiciera otras cosas además de ir al colegio. Actividades más deportivas como patinaje o baloncesto, que podría realizar ahí mismo al terminar las clases. Cogió un rebote de tamaño colosal y se encerró en su habitación, con la intención de no bajar en el resto del día ni para merendar ni cenar. Su padre, sin saber qué hacer dada la tozudez de la niña, entró en la habitación del piano y trató de buscar respuestas en su mujer. Pero no escuchó nada esta vez. Atemorizado y amargamente afligido, salió de allí sin darse cuenta que se había olvidado cerrar con llave. Y fue a intentar desconectar leyendo algo en el iPad. 

Pocas horas después, la luna en cuarto menguante empezó a asomar con timidez a través de las ventanas de la habitación de Alicia. Decidió claudicar no sin orgullo y buscó a su padre.

- Papa. Tengo hambre.

Su padre le hizo la cena y la acostó después de que se hubiera quedado dormida viendo la TV.

Al día siguiente, mientras arreglaba unas cosas en el PC y más tranquilo porque su hija había amanecido menos fiera y había sido hasta agradable con él, empezó a oír algo que parecía mezclarse con la música que estaba escuchando. Además de encontrarse en la otra punta de la casa, sonaba con cierta timidez y muy bajo. Como extremadamente lejano. No le dio importancia y siguió metido en asuntos técnicos con el ordenador. Con ese afán casi viril de arreglar cuanto antes las cosas. Hasta que un sonido esta vez más limpio e intenso le llamó definitivamente la atención. Era imposible que el grupo hipster que estaba escuchando sonase así, aunque era la primera vez que tomaba contacto con ellos. Decidió salir en busca de alguna respuesta y rápidamente preguntó:

- ¿Alicia? ¿Dónde estás Alicia?

A medida que avanzaba por la casa, el sonido parecía aclararse más y más. Era un sonido que le emocionaba y le traía unos recuerdos que le hicieron empapar sus mejillas rápidamente. “No es posible”, pensaba para sus adentros, mientras ya no podía ocultar su rostro desencajado. Y se encontró de repente a su hija tocando el piano que otrora había sido disfrutado aunque también odiado por su mujer. Enfrente de la pequeña, observó que había un libreto de partituras con notas a mano y un título: “Linkin Park – In The End (versión lenta)”. Se repetía la escena de años atrás, pero como si su entonces novia se hubiera reencarnado en la pequeña. Era casi imposible distinguirlas. Cuando terminó de tocar, la pequeña y alegre Alicia se giró y miró a su padre:

- ¿Qué te pasa papá?

La abrazó con todas sus fuerzas mientras lloraba desconsoladamente y decidió contarle todo lo que llevaba años ocultándole.

Un abrazo como el que le daría algunos años más tarde tras su primera aparición con la Orquesta Sinfónica de Barcelona.

- Alicia, cada vez te pareces más a tu madre. 

24.1.14

La pianista (V)

Recién sucedida la tragedia, el tiempo pasaba muy, muy lento en su vida. Los días parecían durar más de 24h y en medio de una pesadumbre insoportable que en algunos momentos hacía que no pudiera evitar llorar desconsoladamente. Sus padres y suegros le echaban una mano siempre que podían y pudo conciliar su actividad en el trabajo perfectamente. Sin descuidar ni desatender nunca a la niña, que creció sin una madre pero con un padre entregadísimo.

Cuando la niña empezó a balbucear, aprendió rápidamente a vocalizar ‘mamá’ y ‘papá’. Le enseñaba entonces fotos de su madre y le indicaba para que repitiera: “Ma - má”. Alicia, muy obediente desde pequeña, parecía el eco de su padre: “Ma-má”. “Ma-Má”. Y “pa-pá”. “Pa-pá”. Su padre le explicaba que su madre era una persona llena de bondad; que era muy guapa; que se parecería seguro a ella porque veía en esos ojos el fiel rostro de su mujer. La pequeña no entendía casi nada pero le miraba con atención y dejaba ir muecas como si murmurase intentando decir más de lo que podía.

Al cumplir los 4 años y ya con la ilusión de los Reyes Magos, pidió que le regalaran un piano de juguete con las teclas de colorines. Era un piano en el que aparecían los personajes de unos dibujos animados que estaban muy de moda en ese momento. Y a Alicia le encantaban. No como a su padre que se veía obligado a verlos cada día y bajarle en el iPad todo tipo de aplicaciones relacionadas. Al final, su niña acababa utilizándolo más que él. Cosas de la vida. Aquel piano, sin embargo, no sería el primero ni el único que le regalarían. Luego vendrían más e incluso un teclado electrónico cuando cumplió los 8 años. Había despertado un interés por la música de forma muy natural ya que su padre nunca quiso contarle esa parte de su madre, faceta que la niña desconocía por completo. Él pensaba que era algo muy respetuoso que debía conservar en la memoria, al menos hasta más adelante, ya que su mujer había decidido no tocar más. Además, aquel piano era una de las maneras que tenía de reencontrarse con ella. De verla de nuevo ahí sentada tocando como aquella tarde en casa de sus padres. Un piano que seguía estando en el mismo sitio que cuando ella, la última persona que lo había tocado, se fue. En una habitación que estaba cerrada bajo llave y en la que Alicia nunca había podido entrar. Cuando preguntaba por lo que había dentro, su padre siempre despejaba la pelota fuera:

- No hay más que trastos sin usar en la habitación. Nada importante, Alicia. 

Su padre entraba y salía de esa habitación al menos una vez al día para reunirse con su mujer, a la que echaría siempre de menos. Y es que además del piano, había guardado allí el resto de recuerdos que habían compartido en forma de fotos y vídeos. Y la urna.

22.1.14

La pianista (IV)

“No puedes entrar todavía”. “No puedes entrar todavía”. Esas palabras  le quedaron marcadas en el alma cuán llamarada. Sintió que se le encogía el corazón. “¡Quiero ver a mi mujer y a mi niña!”, exclamaba con vehemencia. Pocos minutos después lo entendió todo.

 Lo siento mucho. No hemos podido hacer nada al final para salvarla.

El jefe médico sonaba distante y frío. Él no entendía nada.

- ¿Salvarla? ¿De qué me estás hablando? ¡Quiero ver a mi mujer y a mi hija!

El pasillo del hospital se inundó en un océano de silencio fúnebre y angustioso.

Minutos después, pudo entrar a la habitación. Su mujer yacía sin vida en aquella cama que había sido su hogar las últimas semanas. Al otro extremo, un bebé aparecía estirado en una incubadora. La niña había nacido sin problemas en un parto en el que su madre había perdido la vida. Una madre a la que nunca podría conocer. Hundido y apenado hasta la extenuación, el padre terminó desmayándose, incrédulo ante todo aquello.

Cuando recuperó la conciencia, su mujer ya no estaba en la sala. No pudo volver a verla hasta realizada la autopsia y en el velatorio. No había podido despedirse de ella en vida y eso sería algo que nunca podría olvidar. Tenían tanto por compartir y disfrutar, más con la pequeña que acababa de venir, que nada de lo ocurrido podía ser verdad. Quería despertar de una de aquellas pesadillas en las que el sueño parecía tan real que uno se levantaba tremendamente asustado y con miedo. Llegó entonces la hora de despedirse del que había sido el cuerpo de su mujer. Ella, de otra manera, iba a estar presente para siempre.

Nunca uno desea tener que enterrar a nadie y menos a su mujer. Casi un año de matrimonio y con una pequeña recién nacida. Su deseo sabido era ser incinerada ocurriese cuando ocurriese. Aunque se había siempre imaginado llegando a los 80 y largos, con algún nieto y al lado de su esposo. Parte de las cenizas las desprendieron en el mar que la había visto nacer, crecer y enamorarse. El resto, una pequeña parte, se quedó en la urna que su marido guardaría con mimo. Y a pesar de que le costó dios y ayuda volver a aquellas cuatro paredes en la que habían convivido de manera muy intensa los últimos meses, se armó de valor para seguir adelante con el recuerdo de su chica. Su mujer. Un recuerdo que vería a diario reflejándose en la mirada de su hija.

La última frase que le dijo a su mujer fue que la niña se llamaría igual que ella: Alicia.

20.1.14

La pianista (III)

El parto, decían, era inminente. Le pidieron a su marido que saliera de la sala y esperara. La mujer había sufrido un cuadro de fiebre elevado la noche anterior y estaba bajo atenta observación. Tanto ella como la niña que llevaba dentro. Detrás de los opacos cristales que no dejaban imaginar nada, recordó la última conversación que había tenido con ella. El primer beso, la primera noche juntos en el apartamento de sus padres. Y la historia del piano.

Desde bien pequeña había empezado a tocar el piano, medio obligada por su padre que era un gran amante de la música clásica. A pesar de que su esposa le aconsejara que no fuera tan vehemente con la educación de la niña en ese sentido, él quería que aprendiera a tocar el piano. Fueron años bastante duros y exigentes en los que aquella actividad le forjó parte de su carácter. Aprobó el último examen cuando ya había conocido a su futuro marido, tras unas semanas realmente agotadoras y difíciles. Una vez aprobó decidió que no tocaría nunca más el piano. Un piano que pese a ello trasladaron a su nuevo hogar cuando se fueron a vivir juntos. Como recuerdo de su infancia y adolescencia. Estaría en una habitación, solo, recubierto con un mantel de puntillo que había hilado su abuela. Casi nunca entraba a esa habitación y aunque él le insistía y animaba a tocar de nuevo, decía que no. Que no podría disfrutarlo.

Por eso no pudo evitar recordar la primera vez que había tocado algo para él. Fue en casa de sus padres; una tarde de lluvioso otoño y hojas secas en el jardín; con el perro ‘Mozart’, de raza Beagle.  Adivinen quién le bautizó. Él se había quedado embobado con los cuadros impresionistas que decoraban el pasillo que unía el comedor con el resto de salas. Tanto que había perdido de vista a su novia. Hasta que de repente empieza a escuchar algo a lo lejos. Eran los acordes de lo que parecía... "¡Estaba tocando In The End!" Se dejó llevar rápidamente por la música y apareció justo detrás de ella, que tocaba alegre y ágilmente el piano, con esos largos y finos dedos que eran capaces de hacer maravillas inimaginables. Captó su presencia pero hasta que no terminó, casi 4 minutos después, no se giró, tan envuelta en las notas como estaba. Esbozó una sonrisa:

- Te dije que algún día te tocaría In The End.

Él la abrazó emocionado hasta sentirla tan y tan cerca que cuando se dieron cuenta ya estaban desnudos haciendo el amor. Un ladrido de ‘Mozart’ les despertó de su particular encantamiento. El perro tenía hambre.

18.1.14

La pianista (II)

10 años después de aquel concierto recuerdan lo sucedido. Apenas llevan casados un año y ella está embarazada de casi 32 semanas. Está estirada en una cama de hospital, con aspecto pálido y dificultad para reír como antes. Aquella sonrisa del primer día ya hace unos cuantos días que no la exhibía. A su lado, él está sentado. Le aprieta la mano con fuerza y le asegura que todo saldrá bien. Ayer supieron las últimas novedades de la criatura que llevaba dentro. Todo estaba aparentemente bajo control. La futura niña parecía crecer dentro de su madre con muchas ganas por vivir. Ella se encuentra cansada y débil. También dicen que el parto puede ser cuestión de días e incluso horas. No llegaría a los 9 meses.

¿Te acuerdas cómo ibas vestida el día del concierto? –había empezado él.
- Cómo quieres que me acuerde, cariño. Qué preguntas siempre… Tan raras.

A ella le costaba terminar las frases. Se esforzaba y dejaba escapar un halo de suspiro y algo de frustración. Recordaron las miradas cruzadas en el vagón, la primera conversación y cuánto vibraron con cada uno de los temas de Linkin Park. Hasta llegar al momento de In The End, la canción favorita de ambos. Ese instante de éxtasis en el que ella le contaba en medio de un ambiente atronador anidado entre riffs de guitarra y sonidos electrónicos que tocaba el piano.

- ¡Algún día tocaré In The End para ti!
- ¿Cómo?
- ¡Qué tocaré In The End en piano para ti! ¡No lo olvides!

Entonces ella dejó escapar esta vez sí una leve mueca alegre, sin esfuerzo. Y centró su mirada en los oscuros e impenetrables ojos de su chico, que la observaba atentamente sobre su regazo. 

- Te quiero –trazaron sus labios.
- Yo también. Todo irá bien. Seguro… 
No lo sé, no lo sé…

La Luna se iba acercando sigilosamente al ventanal de la habitación. Él se asomó un rato, fijando la vista en el horizonte que se perdía más allá del mar. Cuando se giró de nuevo, su mujer se había dormido. Decidió rememorar en voz baja el resto de la historia de cómo se conocieron.

Terminó el concierto y nos sentíamos poseídos. Mi amigo estaba impresionado con la actuación y no se arrepentía de haberme acompañado a pesar de que sin pretenderlo, había terminado hablando más con una desconocida que con él, que siempre me había aguantado mis dudas, temores y hasta compartido mis sueños. Te miré y sonreí. Como la primera vez en el vagón. No sé por qué pero sentí que algo diferente había recorrido mi cuerpo por dentro. Más no me dejé llevar por el impulso primario y no te besé aquella noche. Aunque tuviera que hacerlo o me muriera de ganas. Luego dormiríamos en el tren de vuelta. Ese tren que estuvimos a punto de perder. ¿Te acuerdas? Mi amigo casi acaba conmigo porque si no volvíamos a Barcelona según lo previsto, su novia sería el que lo mataría… Sí, ella siempre ha tenido mucho carácter. Ya te acuerdas de su boda, ¿no?

Es en ese momento baja tanto el timbre de su voz que ya no puede disimularlo. Se seca las lágrimas con un clínex y vuelve a ponerse de pie. 

Luego sigo preciosa. ¿Ok?

Ella dormía profundamente y apenas se podía palpar la respiración. Colocó su mano con dulzura sobre su ya notoria barriga y acto seguido acomodó su oreja derecha sobre ella. Emanaba mucha vida desde allí dentro. Lágrimas bañadas en felicidad y tristeza caminaban sin prisa pero sin pausa en sus marcados rasgos rostro abajo. 

16.1.14

La pianista (I)

Se habían conocido en el primer concierto de Linkin Park en España. Al borde de cumplir los 18. Él iba guardando en una hucha parte del dinero que ganaba de sus trabajillos en verano. Como monitor en un camping que se abrazaba a la Costa Brava con entusiasmo y cierta sumisión. Parte de esos ahorros le sirvieron para viajar desde su ciudad a Madrid, donde su banda favorita se había dignado por fin a venir tras los problemas de su cantante Chester Bennington que impidieron que tocaran en Barcelona unos meses antes. Su ciudad. Recordaría siempre los nervios la mañana misma del concierto. Y lo que luego sucedería.

La estación de Sants dibujaba un frenesí de pasajeros arriba y abajo, en todas las direcciones. Regionales, alta velocidad, destinos dentro y fuera del país… Se mezclaban los colores y las formas. Se respiraba estrés. Acompañado de uno de sus amigos de toda la vida, no tan fan del grupo californiano, se subió al tren. Ya sentados, mientras su colega le contaba algo a lo que sinceramente no estaba prestando atención alguna, su mirada se detuvo unos metros más adelante. Una chica morena con un discreto piercing en el lóbulo izquierdo esbozaba una sonrisa delicada y de textura aterciopelada. Se pasarían gran parte del trayecto devolviéndose miradas y gestos, como el de levantar las cejas y difuminar los ojos. Alguna que otra vez ambos mostraban timidez a la par que ligera picardía. La otra parte del viaje la pasarían durmiendo. Mientras tanto,  su amigo que le trataba de convencer de algo, sin recordar bien el qué. Hasta que llegaron a Madrid. La capital. Rememoraba perfectamente la vez que había ido con sus padres y lo grande que le había parecido. ¡No es como Barcelona! Entonces tenía 12 años y aún no había escuchado nada del Hybrid Theory, el álbum que le trastocaría la existencia. En ese momento en que su mente había decidido regresar al pasado, algo inesperado ocurrió. Justo cuando puso el pie derecho en el andén, una voz femenina le sorprendió:

¡Hola! ¿Vais a Linkin?

Esa pregunta cambiaría el resto del día. Y sus vidas. Era la chica morena que dibujaba sonrisas aterciopeladas en el tren.

6.11.13

Distancias

Hay distancias que no dependen de límites geográficos, políticos ni administrativos. La distancia la marcan y condicionan las personas. Pudiendo llegar a sentir muy cerca aquello que está lejos y al revés. Sintiendo tremendamente alejado de ti aquello que tienes al lado.

Si dos personas quieren pueden acortar cualquier frontera y barrera. Haciendo que puedan florecer momentos únicos y especiales. Diferentes. Momentos compartidos en una distancia que claro que nos desagrada y no satisface. Es apática. Pero que se presenta como un reto y oportunidad para armarse de paciencia y desear que ya llegue ese día. Siempre puedes pensar que queda menos para volver a ver a esa persona que está lejos y echas de menos. Un amigo, tu pareja, un familiar muy cercano... Ese día en que podrás sentir y tocar bien de cerca aquello que deseas, sueñas y anhelas. Lo que te hace sonreír y sentir distinto con una simple mueca, palabra o mirada.

Si dos personas quieren no hay fronteras que valgan. Pero ahí reside el poder de la voluntad. Querer es poder.  Por eso, aún en la distancia, aprovecha y saborea al máximo esos momentos que te hacen sentir especial levantándote una sonrisa. Porque ya no queda tanto para que puedas mostrarle esa sonrisa en persona. Para que puedas vivir y disfrutar esos momentos cara a cara.

25.10.13

Detalles

Los mejores momentos del día son aquellos especiales y distintos. Los que te sorprenden porque no esperas. En una vida en la que intentamos tener todo bajo control, cualquier encuentro con el azar es una nueva oportunidad para convencernos a nosotros mismos que es imposible atarlo todo de antemano. Y mejor así. Lo inesperado cambia nuestras vidas y nunca sabes qué te puede deparar el futuro.

Navegamos toda la vida por ríos de distinto cauce, profundidad y longitud. Algunos mueren en el mar, allí donde todo desemboca para volver a empezar. Otras veces simplemente recorremos esos ríos durante mucho tiempo. Quién sabe si para siempre. Hasta comprender que lo importante, que la felicidad reside en el camino recorrido y no tanto en la meta. Que una cosa lleva a la otra. Pero que siempre vale la pena recorrer el sendero porque al otro lado, ya sea en la apacible orilla o en aquella laguna a la que se accede tras arriesgarlo todo en plena y efervescente cascada, aguarda la mayor de las sorpresas. Sorpresas que pueden dibujarse en forma de sonrisa, palabra cariñosa, mueca afectiva, fotografía... Cualquier detalle. Cualquier detalle que nos haga sentir únicos, especiales y distintos. Algo que nos haga sonreír. 

Se necesitan más sonrisas en el mundo. Y más valientes para navegar contra viento y marea. Todavía son muchos los ríos a explorar y conocer. Y es que en lo desconocido reside el encanto de la novedad. Lo interesante. De aquello que te puede sorprender. 

16.10.13

De lo que no empieza

Hay historias que terminan sin ni siquiera haber llegado a empezar. Como aquellas que nacen, bajo tierra y entre vagones, a una velocidad superior a la humana. Cuántas veces la coincidencia de dos miradas no supuso más que el efímero pero bello recuerdo de una mañana cualquiera en una semana cualquiera de un año cualquiera. Porque apenas dura unos segundos. Suficiente para recordarlo unos minutos después pero insuficiente para poder hacer de ese recuerdo una búsqueda perenne. Como aquellos romances de verano que duraban todas las tardes al abrigo de un sol de justicia y humedecidos por un agua bañada en cloro hasta la saciedad. Cuántas veces uno fue incapaz de articular una frase con sentido. Por timidez o falta de valentía. Luego ella se marchitaría rumbo a un destino que era mejor no imaginar. Como la primavera. Su estampa la sentiría tu corazón durante unos días hasta que la normalidad intentase hacer el resto. Y ahí estabas tú. Solo. Con la sensación de que se había terminado algo que jamás había comenzado. Como aquellas risas que nunca compartisteis. Los besos que nunca os disteis. Las plantas que no regasteis. Las veces que no llegasteis a hacer el amor. 

Hasta que vuelvas a ilusionarte. Porque con sueños e ilusiones, nuestra condición humana tiene alimento garantizado para sobrevivir y seguir sintiendo. Si no sentimos, no hay pasión alguna. Y sin pasión, no hay vida.

12.10.13

Grey en el metro

Se subió en la misma parada de siempre a la misma hora de casi siempre. Y apoyó la espalda en una de las barras verticales del vagón. Pero en seguida se dio cuenta de que había algo distinto en el metro esa mañana. A escasos metros enfrente suyo una chica de pose coqueta y mirada traviesa leía un libro con suma atención. Pudo ver las palabras "sombras" y "Grey". La joven, que apenas llevaría una treintena de páginas recorridas, captó su presencia y le devolvió el guiño con sus ojos de avellana. Llevaba unos pantalones ajustados a medio camino entre lo azul, lo verde y lo etéreo. Unos botines que acababan en punta. Y una camiseta rosa chicle escotada que hacía juego con el color de sus labios. Tenía un 'look' de teenager atrevida y desafiante. Que le recordó no sabe por qué a la película de las vírgenes suicidas.

11.8.13

Microrrelatos de verano (VI)

La Rambla del Born se había convertido en un destino bullicioso. Autóctonos y foráneos se daban cita entre aquellas calles y locales que sumaban un atractivo tan singular como especial. Sentimos su inevitable llamada y acudimos al encuentro. A lado y lado de la Rambla parecía estar el sitio idóneo. Hasta que las palabras sugerentes de un joven nos hicieron entrar con los ojos cerrados y paso firme al "Trípode". Olía a Cuba y sonaba a salsa. Rápidamente una chica que allí trabajaba nos buscó comodidad y nos dejó la carta de cócteles. A nuestra derecha tres brasileñas, a deducir por el acento, hablaban con dulzura sobre sus bebidas y la ciudad a la que habían llevado sus almas.  

Pedimos un par de mojitos refrescantes que acabamos descubriendo menos dulces que los últimos que habíamos probado en otro de los rincones mágicos de la Ciudad Condal. Parecían suaves y rebajados pero no terminaron dando demasiada tregua. Sobre todo al llegar al segundo. Dejándonos llevar por la atmósfera, con la corriente de aire húmedo que entraba cada vez que alguien abría la puerta, era como estar en algún escondite fetiche de La Habana o Santiago. Un local de forma cuadrangular vestido de mucha madera y ciertamente coqueto, que te atrapaba fácilmente con su melodía. La acústica era realmente impresionante y sin darte cuenta veías tus hombros saltarse las órdenes del cerebro. Y las caderas. Hablamos de la posibilidad de ir a vivir a Cuba. Y de abrir un negocio allí. Ideas que solo ocurren de noche y después de las 2 de la madrugada. Más sencillas de florecer si tu paladar degusta algún mojito o bebida espirituosas. Hasta que fijamos la vista en el extremo derecho de la barra, obviando la buena pinta de un San Francisco cercano -uno de los cócteles más bonitos y de mayor efecto estético- y dos parejas algo más mayores que nosotros que describían fuego en sus miradas. 

Al final de la barra había un chico estadounidense que se habría forjado en las llanuras de Missouri, Kansas o incluso Texas. Caucásico. Pantalón corto y americana. Combinación que lo hacían un tipo con mucha confianza y seguridad en sí mismo. Parecía que no dejaba de pedir una copa tras otra. Era como uno de esos personajes de Mad Men que tras un desencuentro en lo personal o profesional acababa en un bar encontrándose a sí mismo bajo el paraguas de la bebida. Whisky doble con hielo, claro. Y ahí estaba ese joven, agitando la cabeza y sonriendo al compás de unas letras que inspiraban pasión y calentura. Que invitaban a salir al medio de una pista que solo recreaba la imaginación. A bailar salsa. Él había fijado hace rato la vista en la camarera mulata. De caderas contundentes y pechos muy turgentes, tenía al norteamericano perdido buscando su canalillo y alguna señal de complicidad. Su mirada reflejaba ensimismamiento. Pero felicidad. Como así dibujaría su sonrisa al marcharse del "Trípode", despreocupado pese a no haber logrado el teléfono de la camarera mulata y sin pensar en los euros gastados. Su noche seguiría cerca o lejos de aquella pequeña Cuba que había nacido en el Born. No lo podríamos ya saber.

Pero dejó un bolero tras sus pasos que nos acompañaría el resto de la noche:

Estoy queriendo encontrar
algo diferente,
alguien que me sepa dar
lo simple de sí.

5.8.13

Microrrelatos de verano (V)

Hacía muchos días, demasiados, que no podía conciliar el sueño con normalidad. Cuando conseguía dormir algo, pasada la media hora, volvía a abrir los ojos. Como si una alarma invisible se activara por arte de magia en su interior. Lo mismo que le había pasado, de joven, las primeras noches que dormía en un hotel. Sueño discontinuo y sudores. Calor. Las noches se hacían largas. Pesaban muchos los recuerdos vividos recientemente. La cabeza le daba vueltas mientras ya había contado más ovejas que habitantes juntos entre China y la India. Las 6 de la mañana. Suena el despertador.

Se levantó de un sopetón, con las pupilas ardiendo y se clavó debajo de la ducha. Agua fría que anulaba cualquier atisbo de duda. Apoyando la cabeza sobre la pared, mientras la reposaba sobre su puño derecho, sentía ganas de volver hacia atrás. Hasta que decidió parar el chorro. Se calzó rápidamente ropa deportiva, cogió una manzana para el camino e inició la marcha. Abrir las calles de su barrio no era nada nuevo para él. Era algo a lo que estaba acostumbrado en los últimos 5 meses. Las farolas aún no se habían apagado. Tan solo algunos perros sacaban a pasear a sus dueños, como aquel dálmata con su agria ama que parecía salida de un cuento de Harry Potter. Por lo de bruja. Verruga en la nariz incluida. Recorridos 2 km paró para hidratarse en la fuente del parque. El Turó de la Peira en mañanas como aquella amanecía con niebla. Mucha espesura. Decidió subir hasta la cruz y desde ahí divisar un poco el horizonte. Hacía ya más de 20 semanas que había perdido su empleo y contemplar la ciudad desde allí era lo más parecido a vislumbrar un futuro más o menos esperanzador. Con 45 años, mujer ama de casa y dos hijos, tras una vida completa en la fábrica de componentes para el sector de la automoción, su vida había sufrido un "shock" para el que nunca se había formado ni preparado. 

Al volver a casa, despertó a los niños, les preparó el desayuno y los acompañó al colegio. Su mujer mostraba una mirada melancólica y de resignación al tiempo que fumaba cada vez más. A pesar de sus problemas respiratorios crónicos que acarreaban un coste extra en salud para la familia. Era, tal vez, su refugio neuronal particular. El pez que se muerde la cola. Al dejar a los críos en la escuela, el reto de encontrar trabajo comenzaba de nuevo. No había hecho otra cosa que reparar y calibrar piezas. Poseía conocimientos de mecánica y electrónica. Sin formación universitaria, había logrado formar parte de ese grueso de la sociedad ocupado en un sector industrial que, apoyado en empresas extranjeras, había logrado ingresar muy por encima de sus credenciales formativos. Con unos sindicatos muy fuertes en el sector metalúrgico. Empresas rentables que encontraban suficiente demanda en un mercado en el que se consumía al nivel de los países más desarrollados. Otros tiempos, el mismo mercado que ahora le excluía. 

Estaba realmente desesperado. Impotente por no poder poner fin a aquello. Había recibido una indemnización notable después de haber estado trabajando desde los 18 años en la compañía, pero no iba a ser suficiente hasta alcanzar la jubilación. Y más en una familia en la que nadie aportaba nada más. Con toda la vida académica de sus dos hijos por delante. 6 y 8 años, respectivamente. Era una lucha psicológica. Un desgaste que le consumía por dentro. Día a día. Noche a noche. Cambiar de vida sin haberlo planificado... No estaba preparado para ello. 

Lucharía cada día por volver a recuperar la senda de algo que se torció sin que él fuera responsable. Y así, cada mañana, al divisar el horizonte desde arriba del Turó, imaginaba que sería ese el día. Que después de dejar a sus dos niños en el colegio, encontraría trabajo. Y que su mujer, tan extasiada por las buenas noticias, decidiría dejar de fumar. Por su bien, el de su marido y sobre todo, los hijos que había dado al mundo. 

"Hoy será el día. Hoy voy a volver a la vida" -clavó la vista más allá de unos sueños teñidos de crudo realismo en plena vorágine y crisis de un siglo XXI que daba la espalda a muchas personas.   

29.7.13

Microrrelatos de verano (IV)

La camisa de cuadros rebajaba parte de su edad cuando se miraba en aquel espejo ovalado que había elegido su mujer. Ella no comprendía por qué su marido salía cada jueves de verano a Saalfelden a beber hasta las tantas con sus amigos, la mayoría de ellos algo más jóvenes. De hecho, hacía tiempo que ellos no se comprendían entre sí. Ni se acordaban. 

Primero serían un par de cervezas de 66 cl. De esas que solo comercializan en el centro y norte de Europa. Luego vendrían aquellos vasos de plástico rellenos de vino blanco y agua, extraña combinación para los foráneos que se acercaban a aquellas bellas localidades del interior de la región de Salzburgo, casi en la frontera con el Tirol. Todos los jueves de verano ocurriría exactamente lo mismo. Las mismas personas, los mismos bares, el mismo ambiente. Era una excusa para salir. Para olvidar la mediocridad e infelicidad de un hogar en el que mujer e hijos parecían tan distantes pese a formar parte del día a día. Cuando bebía, no se acordaba de sus hijos. Ni de ella. Su mirada tenía otros objetivos. Su corazón había dejado de latir hacía tiempo con la intensidad de aquella lozana y fugaz juventud. Cuando se había enamorado, quizás empujado por la cotidianidad y posturas de otros tiempos.

Solía beber mucho. Pero su cuerpo aguantaba sobrado. Otros no serían capaces de articular demasiado. Pero él, con ese acento vasto y grueso, intentaba esforzarse por aparentar normalidad. A pesar de que sus ojos se tiñesen de vicio. Y así hasta que sorprendía a alguna joven con su mano en la pierna o en la cintura. Algunas huían, pero no eran mayoría. Allí no había nada mal visto. No importaban ni las etiquetas ni las formas. Almas en busca de algo que no tenían ni sentían cerca se encontraban para disfrazar sus vidas de algo irreal. Por muy efímero que fuera todo aquello. Ni hijos ni mujer en las conversaciones. Solo trabajo como mucho. Aquel de profesor de educación física durante el año y su trabajillo de verano como encargado del campo municipal, allí donde algunos equipos entrenaban para preparar la temporada. 

Aquella noche con la camisa de cuadros lo intentó pero acabó nadando en un inmenso océano  de cerveza y vino para terminar medio dormido en los asientos de uno de esos bares que se llenaban hasta la bandera. Un amigo suyo le despertó y le llevó hasta un taxi. Le indicó la dirección y 15 minutos más tarde se encontró intentando abrir una cerradura muy conocida. Esa cerradura que ya no dibujaba la sonrisa de la lozana y fugaz juventud. Contempló a su mujer que estaba durmiendo hacia el lado izquierdo y sintió algo de pena por ella. Nada de culpabilidad en la escena. Solo vergüenza por haber permitido que su vida llegara hasta ese punto. Entonces su inercia le llevó a echar un vistazo a su hija. Respiraba tranquila rodeada de posters de One Direction. Decidió acercarse a darle un beso en la mejilla cuando, justamente su hijo, de apenas 5 años, le sorprendió:

- ¿Qué haces 'papi'?
- Hhh... Hijo, qué haces tú despierto a estas horas...

Y le abrazó antes de acompañarlo de nuevo a su habitación, donde una camiseta de su equipo favorito, el Red Bull de Salzburg, adornaba la pared recién pintada del fin de semana anterior. Y durmió con él esa noche. O lo que quedaba de ella. Intentando convencerse a sí mismo de que aquella vida no era tan anodina. Intentando disfrazar sus días de una felicidad que hacía tiempo que no frecuentaba su alma.  

7.7.13

Microrrelatos de verano (III)

Empezó a sonar de manera contundente y convincente This ain't a song for the broken-hearted al tiempo que la mesa más alejada del centro del local era un templo repleto de vasos alargados de chupitos. Olía a tequila. Una bandeja con forma de mejillón gigante reunía a trozos de limón cortados de manera idéntica. Había sal esparcida por el lugar. Cuando se llegó al estribillo It's my life, It's now or never ya se habían despachado dos decenas de chupitos. Él, observando en la distancia, recordaba lo que había llegado a aborrecer el tequila tras un par de viajes: uno a Gandía y otro a Riviera Maya. Tequila. Nunca más. 

Al finalizar la canción se acercó a una joven que vestía de negro. Una sola pieza que enseñaba un escote vertical y de vértigo. Era como un mar dividido en dos mitades por obra y gracia de Moisés. Sin sujetador. Pura, elegante y delicada transparencia. Una prenda muy femenina que invitaba a jugar con los sentidos y la imaginación. Tan desconectado del mundo en ese momento que, al alcanzarla, apenas había reparado en su rostro. Unos ojos verdes que contrastaban con el ligero ropaje y su tez de porcelana. Inenarrables y sobre todo, imposibles de traducir. Al coincidir sus miradas, él quedó atrapado en un fresco aroma encantador. 

Era norteamericana y se llamaba Lynda. Ese nombre le evocaba al Festival de Woodstock, groupies adictas al sexo y drogas de diseño. Sabía a California, el estado donde ella había crecido. Después de intercambiar frases en un diálogo simpático y espontáneo, él ya sabía que ella estaba aquí de paso, 18 años recién cumplidos y disfrutando de algunos placeres aún prohibidos en su país. Descubrió que su boca sabía demasiado a tequila y que quizás todo aquello no terminaría del todo bien, pero él, con apenas una pinta en el estómago lo tenía claro. Le ofreció salir a tomar el aire. 

La brisa marina los saludaba en dirección este. Él le explicó que ir a ver el mar, fijando la vista más allá del horizonte, era uno de sus momentos favoritos en la ciudad. Y, aunque Barcelona no era la misma ciudad bajo el Sol que las estrellas, la estampa seguía teniendo un encanto especial. Entonces ella le preguntó si fumaba. Le contestó que renegaba del tabaco pero no así de la marihuana. Para sorpresa de él, vio como Lynda se sacaba del bolso un mechero, una bolsita de plástico que olía demasiado bien a hierba y papel de liar. Se hicieron un porro y se lo fumaron tranquilamente. Se sucedían frases inacabadas entre ambos, navegando en medio de un océano de trivialidades. Hasta que ella le confesó que esa era su última noche en la ciudad con la mirada nostálgica de quien no pretende salir del Paraíso. Él decidió cogerla de la mano derecha y con suma delicadez la estiró sobre la arena. Poco parecía importarles si aquello no era precisamente el lugar más escondido del mundo. Estaban lo suficientemente alejados de la vida como para fusionarse con el agua. Pero cuando el chico fue bajando sus labios, acompasados por unas manos traviesas, se encontró con un obstáculo inadvertido: I'm a virgin -no quiso que aquello hubiera llegado a sus oídos. Sin dar al inicio mucho crédito, dudó varios segundos sobre qué hacer, hasta que se levantó y le ofreció su mano para que le imitara. I can't do it. I can't. I'm sorry. Entonces decidió acompañarla de nuevo al local. Se quedó clavado en la entrada con un ademán de incredulidad cuando ella ya se apresuraba a entrar hacia dentro con alguna lágrima de cocodrilo en el ojo, como avergonzada de su confesión. 

Tras aquel episodio y como no le pillaba muy lejos, decidió terminar las penúltimas horas de la madrugada en el Casino. Logró algo con el Blackjack y decidió irse al Bagdad, donde ya se haría de día y gastaría lo ganado en más vicio. No muy lejos de allí, en uno de los lavabos de uno de aquellos acogedores hostales que dan vida a las Ramblas, una chica de acento californiano lo había hecho por vez primera. Al terminar, se quedó sola para llorar desconsoladamente. 

3.7.13

Microrrelatos de verano (II)

Acostumbrado a amanecer en hogares por encima de la Diagonal, aquello le resultaba muy extraño. Incorporándose con las piernas en cuclillas sobre aquel colchón de agua King Size y tan poco familiar, pudo mirar lo que le rodeaba. Había tres velas blancas en la mesita de noche de la derecha recién consumidas, decorando el espacio con una fragancia parroquial. Como celestial. En la pared de enfrente un armario-espejo lleno de polvo le saludaba. Su rostro aparecía algo desencajado y se podía leer el aliento a Jägermeister de la noche anterior. Ni siquiera recordaba cuántos chupitos habría tomado. Ni por qué estaba allí en ese mismo momento.  Quizás estaba en el Poblenou. O en el Raval. O en el Born. Su cabeza no daba para muchos más pensamientos. No sabía dónde respiraba en aquellos segundos. 

Siguiendo a su alrededor, comprobó cómo a su izquierda había un enorme baúl medio abierto. Decidió ponerse de pie para acercarse más y ver lo que había. Esperando encontrar poco más que ropa o trapos de estar por casa, su sorpresa fue mayúscula al ver que había un gato egipcio. Se escuchó un maullido algo agresivo y al poco, su inesperado nuevo compañero ya se había marchado corriendo. Muy asustado. Entonces movió la cabeza en un profundo además de "No" mientras miraba fijamente al suelo. Como no escuchaba más ruido en aquel lugar que el eco lejano del miedoso felino, decidió recorrer un poco más. Tenía un largo pasillo ante sí sin ninguna puerta a ambos lados pero aliñado con unos cuadros de deidades hindúes. Hasta que se paró justo delante de uno de ellos. Era Ganesha, hija de Párvati, esposa de Shivá. Había leído que existían varias versiones del nacimiento de Ganesha, todas ellas acabando por explicar por qué esa cría tenía la cara de un elefante. Pero más allá de esas historias, había algo que le despertaba más interés: había visto aquello en otro sitio. 

Entonces, de repente, se escuchó cómo alguien abría la puerta principal, que él ignoraba por completo dónde estaba. Al poco apareció a su lado una esbelta  figura femenina de anunciadas curvas embalsamado por un ceñido vestido rojo cereza, cabello engominado hacia el lado izquierdo y que olía a recién duchado. Sin decirle nada, se giró hasta ponerse de espaldas y se empezó a desabrochar la cremallera del vestido. Sus ojos no daban crédito. Poco a poco, al ritmo que ella pícaramente marcaba, se iba adivinando un tatuaje de notables dimensiones y mucho colorido. Alegre, mítico. Era Ganesha. Ahí estaba. Y ella volvió a darse la vuelta, esta vez para buscar sus labios. Apenas fueron unas décimas de segundo, los suficientes para darse cuenta de que no llevaba ropa interior. 

- ¿Has descansado bien? - susurraba al oído una voz femenina.
- Creo que lo suficiente - respondió vacilando él.
- Eso espero. Porque ya no podrás volver a dormir en muchas horas...

Él la miró fijamente y antes de que empezara a besarla escuchó cómo ella le decía "Vamos a hacerlo hasta un nuevo amanecer".

30.6.13

Microrrelatos de verano (I)

Se dijeron dos frases inconexas y ambiguas nada más verse por primera vez. Pero ya no harían falta más señales. Aquellos labios acabarían juntándose para cantar una melodía desenfrenada de éxtasis estival, hormonas traviesas, lengua descontrolada y ritmo sureño. Ya el saludo había sido sumamente poco tradicional. Apenas solían darse las manos chico y chica si no se trataba de negocios. Nada más importaba en ese ambiente engalanado con aroma de cerveza y luces de colores. La melodía sonaba muy segura de sí misma. Con la misma certeza que dibujaba que aquello no daría luego mucho más de sí. Una noche. No más.

Hay cosas que terminan sin ni siquiera haber comenzado. Hay capítulos en la vida que no tienen explicación. Sencillamente nacen, salen con pasión del cascarón, recorren con fugacidad su camino y acaban muriendo en un mar de recuerdos puntuales e imprecisos.

27.1.13

Enamorarse


Creía conocer todas las respuestas hasta que la conocí: ella me cambió todas las preguntas. Me desnudó el alma entre mares de esperanza y vistió de sueños un corazón que anhelaba el jovial pálpito de la primavera. Aquello era estar enamorado: ella era mi respuesta. Mi vida.

30.12.12

A la Luna llena


Quiero terminar el año como me gustaría empezar el siguiente: contemplando la Luna llena.

Su brillante sonrisa que ilumina todo el firmamento de estrellas, ángeles, cometas, planetas y galaxias. Su pícara mirada que guiña el ojo a los aventurados que salen a desafiar la oscuridad de la noche. Con sus dulces palabras dibujadas por unos finos labios de porcelana te atrae para darte cobijo entre las sombras y escucharte en el silencio. 

Mirar a la Luna para estar solos ella y yo. Sin más compañía que su luz y caricias. Sin más ruido que su tierna respiración y unos rítmicos y poderosos latidos que anuncian un corazón vital y cariñoso. 

Tan arriba, tan cerca. Capaz de estar en todos lados y llegar a cualquier rincón. Sin ti la noche sería como un  mar sin agua. Como una rosa sin espinas. 

Quiero terminar el año como me gustaría empezar el que viene: contemplando la Luna llena porque de bonita que es, me recuerda a ti.    

9.12.12

Breve historia de un enamoramiento en el metro


Parecía un día de huelga a juzgar por la multitud que se aglomeraba en el andén. Venía siendo, en cualquier caso, un año en el que predominaban las encubiertas. Un reflejo más de la coyuntura económica y social del momento. Miró a su reloj e hizo lo mismo, tras alzar la vista, con el panel electrónico que tenía a unos metros. Tampoco era tan tarde y desde luego otros días lo había cogido pasada la hora en punto. Suspiró a medio camino entre lo resignado y la indiferencia. Decidió ojear rápidamente el móvil en busca de los resultados de la última noche en la NBA, prestando atención especial a los jugadores de su Fantasy League que habían jugado. Era cierto, LeBron nunca fallaba.

Llegó por fin el metro y la avalancha humana se movió en dirección a las puertas. Una vez dentro sin no poca oposición, como si el resto de viajeros fueran defensores impidiendo la progresión de un delantero, le tocó estar arrinconado junto a una de las puertas de entrada y salida, pegado a la barra derecha. Un marcaje al hombre en toda regla. Bielsismo puro. Sin margen ni espacio para coger y entretenerse con el móvil, aquello prometía ser un viaje anodino. No había esperanza alguna en que mejorara aquella escena y era perfectamente asumible que iban a ser sardinas humanas todo el trayecto. Una media hora llena de empujones, caricias involuntarias e irritabilidad palpable a flor de piel. "El ambiente está tenso", pensaba él.

Pero al llegar la siguiente parada, y aunque entró de nuevo más gente de la que salió, algo pareció cambiar. Era como una luz al final de un largo túnel de sombras. Quizás le sacaba una cabeza entera. Media melena dorada a la que imaginaba curtiéndose en alguna de esas calas de la Costa Brava para las que uno necesita un mapa y mucha paciencia. No podía ver si tenía aquellas curvas tan sugerentes que había visto en una foto de Kaley Cuoco, pero sí sus ojos cuando la mirada de ambos coincidió en un mágico instante que aunque duró a lo máximo 2 míseros segundos, acabaría justificando aquél viaje rodeado de sardinas. Ojos de miel, dulces, como su mirada, tranquila y relajada. Llevaba unas gafas de pasta negras que la hacían sugerente y atractiva. Muy estimulante. Su sonrisa al darse cuenta de la coincidencia, dibujaba pentagramas en el aire. Una melodía de Frank Sinatra sonaba en su cabeza: A fine romance, with no kisses. A fine romance, my friend this is...

Continuaron todo el viaje sin mirarse directamente. Aquella primera inocente mirada no volvió a repetirse. Ella terminaría bajándose tres paradas antes. Amagaban con volver a hacerlo pero no llegó a cristalizar. De reojo trataban de adivinar qué pasaba por la cabeza del otro, como quien no quiere la cosa. Disimulaban fatal. Ella se encontraba a unos escasos metros pero en aquél espacio de densidad humana -más bien inhumana-, eso era como si en vez de en el vagón estuviera en la lejana y helada Siberia. Él se conformaba con imaginarse todo el cuerpo de ella, a la que solo había podido retratar su rostro, hombros y algo de sus brazos. Una instantánea preciosa que estampó en sus recuerdos para el resto de la jornada. Además, mostraba preocupación por si en esas malditas condiciones el resto de viajeros le había robado el Axe y la CH 212 sexy for men. No era nada trivial pensar en ello dadas las circunstancias. O eso al menos pensaba. Quería dar la mejor de las impresiones ante aquella belleza de aspecto angelical y 1,85 m. "Si llega a mi aroma ya no se olvidará nunca de mí, pase lo que pase".

Fue la mejor media hora en el metro de los últimos meses. En su cabeza no pararon de mezclarse historias sobre ella. Sus orígenes, su dedicación, pasiones, su estatus sentimental... Llegó a la conclusión que no tendría más de 23 años. Aunque la edad poco le importaba. Fue feliz en esos momentos. Tan cerca de ella y a la vez tan lejos. Seguramente nunca la volvería a ver pero ya no la podría olvidar. Todo gracias a aquella impuntualidad más severa de lo habitual. Días que lo cambian todo y que ya no son fáciles de dejar atrás. 

Cuando ella se bajó, su corazón se encogió y se quedó algo helado durante unos instantes. Entonces, superado el breve trance por aquella irremediable pérdida, deseó con todas sus fuerzas volver a encontrarse algún día con aquella melena dorada, las gafas de pasta negras y aquella sonrisa que dibujaba pentagramas en el aire al ritmo de A fine romance, with no kisses. A fine romance, my friend this is...

6.8.12

Aquella última noche


Los canónigos acompañados de atún, tomates cherry y pipas peladas no sabían igual que antes. Ni siquiera parecían tener la misma textura de siempre. Hacía tan poco que te había visto salir por la puerta que tu reflejo seguía clavado en cada uno de los rincones de la casa. Al coger el vaso de agua medio lleno, hasta te vi en el fondo, nadando como solo lo habías hecho el verano anterior en aguas baleares. Una sirenita en Menorca que esbozaba una sonrisa de felicidad de oreja a oreja. Con esa mirada que parecía decirlo todo sin apenas esfuerzo. Ni pude seguir bebiendo ni terminé la ensalada.

Había preparado unos spaghetti al pesto siguiendo la receta que me enseñaste en las pasadas Navidades pero pasarían los días hasta que me vi abocado a tirarlos. Tampoco pude llevármelos a la boca. Lo intentaba pero cada vez que cogía el tenedor aparecías a unos escasos metros enfrente mío para corregirme entre alguna carcajada que el cubierto se debía coger así. Y no cómo yo lo hacía. "Qué desastre", pensaba yo entonces. Al ver que yo no aprendía al ritmo que deseabas, te sentabas encima de mi pierna derecha, y sin envidiar a la mejor de las equilibristas, me llevabas el tenedor con algo de pasta para hacer las delicias de mi paladar. En esos momentos siempre terminábamos dejando de comer al mínimo roce entre nuestros labios. Era algo inmediato. Inevitable. Y tú seguías estando ahí. Pero no podía continuar comiendo. Ni siquiera empezar sin ti.

De postre había preparado tiramisú para dos. Siguiendo la receta de mi primer viaje a Roma, donde gracias a la amabilidad en una trattoria pude descubrir a uno de mis postres favoritos y cómo intentar imitarlo. Cada amago de cucharada en soledad era un esfuerzo sobrehumano. Recordaba untarte con una pizca de tiramisú tus mejillas como excusa para besarte. Para empezar a perdernos en un laberinto de sensaciones, arrebatados de un frenesí descontrolado y apasionado. 

Ya no estabas pero te sentía como la última noche, cuando lo más alejada que estuviste de mí fue mientras dormíamos abrazados. No tenía hambre. No podía probar nada. Podía escuchar tu corazón latir al ritmo de la música que poníamos cuando nos derretíamos el uno con el otro. Cuando el fuego y el agua se condensaban en un éxtasis de sentimientos y muecas espontáneas. Cuando el ruido era placer y los gemidos alegría. Cuando me mordías el labio y yo te respondía a la altura de la cintura, a punto de bajar al fruto más dulce. Cuando tu pierna la pasabas por encima mío, dejando en evidencia mi corta estatura. Mientras dibujábamos al libre albedrío sin más criterio que la imaginación. 

Como aquella misma última noche en que acabamos deshidratados. Tus labios eran mis labios y nuestras miradas se confundían a la luz de una Luna. Salimos al balcón a refrescarnos y allí nos dimos los últimos besos al aire libre. Lo recuerdo como si fuera ayer. Sabía que te marcharías a la mañana siguiente pero no quería pensar que llegaría a suceder de verdad.

Te fuiste. Y pensaba que volverías. Pero nunca fue así. Tu olor impregnaba aún toda la casa. En ella recreaba con el corazón cada uno de los momentos que habíamos pasado juntos. Te veía en cada rincón y en la más trivial de las tareas domésticas. Mas ese día no pude llegar a comer nada. Seguías respirando a mi lado y tu sonrisa me marcaba el camino a seguir. No uno cualquiera. Era el de la felicidad.

Prendado de ti como estaba, sabía ya que no volverías. Pero nunca te olvidaría.