Los mejores momentos del día son aquellos especiales y distintos. Los que te sorprenden porque no esperas. En una vida en la que intentamos tener todo bajo control, cualquier encuentro con el azar es una nueva oportunidad para convencernos a nosotros mismos que es imposible atarlo todo de antemano. Y mejor así. Lo inesperado cambia nuestras vidas y nunca sabes qué te puede deparar el futuro.
Navegamos toda la vida por ríos de distinto cauce, profundidad y longitud. Algunos mueren en el mar, allí donde todo desemboca para volver a empezar. Otras veces simplemente recorremos esos ríos durante mucho tiempo. Quién sabe si para siempre. Hasta comprender que lo importante, que la felicidad reside en el camino recorrido y no tanto en la meta. Que una cosa lleva a la otra. Pero que siempre vale la pena recorrer el sendero porque al otro lado, ya sea en la apacible orilla o en aquella laguna a la que se accede tras arriesgarlo todo en plena y efervescente cascada, aguarda la mayor de las sorpresas. Sorpresas que pueden dibujarse en forma de sonrisa, palabra cariñosa, mueca afectiva, fotografía... Cualquier detalle. Cualquier detalle que nos haga sentir únicos, especiales y distintos. Algo que nos haga sonreír.
Se necesitan más sonrisas en el mundo. Y más valientes para navegar contra viento y marea. Todavía son muchos los ríos a explorar y conocer. Y es que en lo desconocido reside el encanto de la novedad. Lo interesante. De aquello que te puede sorprender.
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