Nocilla. Nutella. Barça. Madrid. Lakers. Celtics. Cola-Cao. Nesquik. Coca-Cola. Pepsi. McDonald's. Burger King. Ron. Ginebra. En la vida estamos constantemente tomando decisiones. Y no solo en términos de lo que consumimos. Cualquier elección tiene asociada un coste de oportunidad. Aquello que dejamos de hacer o ganar (utilitariamente hablando) por haber tomado cierta decisión. Es la segunda mejor alternativa que teníamos a nuestro alcance. En mi caso, el coste de oportunidad de estar escribiendo todo esto ahora mismo sería continuar durmiendo en la cama.
Decidir entre un abanico de alternativas debería ser un proceso estrictamente racional. Aunque la vida da ejemplos cada día de lo contrario. Por otro lado, no es casualidad que el cerebro, cuántas más posibilidades tiene entre las que decidirse, dude más. Para entenderlo bien con un ejemplo, pensemos en el menú de un restaurante. Ofrece la posibilidad de elegir uno de 3 segundos platos: uno es de carne, otro de pescado y el otro vegetariano. Bien. Solo son 3 y se diferencian claramente. Ordenamos nuestras preferencias que en mi caso serían: carne > vegetariano > pescado. Modelo de decisión racional. Ya sé qué pedir de segundo. Sin embargo, añadamos al ejemplo que en vez de 3 segundos tienes la posibilidad de escoger entre 6 platos: 2 de carne, 2 de pescado y 2 vegetarianos. Aquí el esfuerzo racional va a ser algo superior. El coste de elección se ha incrementado ya que, como poco, has de invertir más tiempo en ello. Ahora entrarán en juego de manera más decisiva el tipo de preparado, las salsas, los acompañamientos, etc. Preferimos elegir entre poco que entre mucho. Porque el coste de oportunidad es mayor cuando el abanico de alternativas crece. La vida es compleja pero en cierto modo estamos programados para tomar decisiones sencillas y racionales.
No obstante, en la vida no todo es blanco o negro. Existen los grises. Los matices son la clave. Lo importante para diferenciarse. Y esto es algo tan aplicable a la economía (marcas) como en nuestro día a día con las relaciones humanas. Unas relaciones humanas que suelen sacar de nosotros los aspectos más irracionales. Aquello que no podemos controlar ni prever. Aquello para lo que no estamos programados. Reacciones instintivas, espontáneas e improvisadas. Sorprendente. Desconozco sinceramente cómo funcionan del todo los mecanismos de este tipo de decisiones. ¿Por qué me resulta más atractiva la chica con gafas de pasta y sudadera con capucha vintage que la chica Inditex con media fábrica de Tous encima? ¿Es ello racional? ¿Por qué me gustan los carlinos? Incluso, ¿por qué soy del Barça?
No todo en la vida es racional. Afortunadamente. A veces dejarse llevar suena demasiado bien y debemos escuchar también al corazón. Pero hay decisiones en la vida que necesitan de razonar lo máximo posible. Encontrar ante elecciones vitales el equilibrio perfecto entre razón y corazón es el reto. Más cuando te das cuenta que tu vida parece necesitar algún cambio. Un cambio que debes ir a buscar. No llegará solo. Porque tal y como dejé escrito en un post-it de un pub cercano a Plaça Reial el sábado:
Life is what happens while you're making plans. Be the change you want to be in the future. A future that starts today. Just do it.
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