Hay historias que terminan sin ni siquiera haber llegado a empezar. Como aquellas que nacen, bajo tierra y entre vagones, a una velocidad superior a la humana. Cuántas veces la coincidencia de dos miradas no supuso más que el efímero pero bello recuerdo de una mañana cualquiera en una semana cualquiera de un año cualquiera. Porque apenas dura unos segundos. Suficiente para recordarlo unos minutos después pero insuficiente para poder hacer de ese recuerdo una búsqueda perenne. Como aquellos romances de verano que duraban todas las tardes al abrigo de un sol de justicia y humedecidos por un agua bañada en cloro hasta la saciedad. Cuántas veces uno fue incapaz de articular una frase con sentido. Por timidez o falta de valentía. Luego ella se marchitaría rumbo a un destino que era mejor no imaginar. Como la primavera. Su estampa la sentiría tu corazón durante unos días hasta que la normalidad intentase hacer el resto. Y ahí estabas tú. Solo. Con la sensación de que se había terminado algo que jamás había comenzado. Como aquellas risas que nunca compartisteis. Los besos que nunca os disteis. Las plantas que no regasteis. Las veces que no llegasteis a hacer el amor.
Hasta que vuelvas a ilusionarte. Porque con sueños e ilusiones, nuestra condición humana tiene alimento garantizado para sobrevivir y seguir sintiendo. Si no sentimos, no hay pasión alguna. Y sin pasión, no hay vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario