La Rambla del Born se había convertido en un destino bullicioso. Autóctonos y foráneos se daban cita entre aquellas calles y locales que sumaban un atractivo tan singular como especial. Sentimos su inevitable llamada y acudimos al encuentro. A lado y lado de la Rambla parecía estar el sitio idóneo. Hasta que las palabras sugerentes de un joven nos hicieron entrar con los ojos cerrados y paso firme al "Trípode". Olía a Cuba y sonaba a salsa. Rápidamente una chica que allí trabajaba nos buscó comodidad y nos dejó la carta de cócteles. A nuestra derecha tres brasileñas, a deducir por el acento, hablaban con dulzura sobre sus bebidas y la ciudad a la que habían llevado sus almas.
Pedimos un par de mojitos refrescantes que acabamos descubriendo menos dulces que los últimos que habíamos probado en otro de los rincones mágicos de la Ciudad Condal. Parecían suaves y rebajados pero no terminaron dando demasiada tregua. Sobre todo al llegar al segundo. Dejándonos llevar por la atmósfera, con la corriente de aire húmedo que entraba cada vez que alguien abría la puerta, era como estar en algún escondite fetiche de La Habana o Santiago. Un local de forma cuadrangular vestido de mucha madera y ciertamente coqueto, que te atrapaba fácilmente con su melodía. La acústica era realmente impresionante y sin darte cuenta veías tus hombros saltarse las órdenes del cerebro. Y las caderas. Hablamos de la posibilidad de ir a vivir a Cuba. Y de abrir un negocio allí. Ideas que solo ocurren de noche y después de las 2 de la madrugada. Más sencillas de florecer si tu paladar degusta algún mojito o bebida espirituosas. Hasta que fijamos la vista en el extremo derecho de la barra, obviando la buena pinta de un San Francisco cercano -uno de los cócteles más bonitos y de mayor efecto estético- y dos parejas algo más mayores que nosotros que describían fuego en sus miradas.
Al final de la barra había un chico estadounidense que se habría forjado en las llanuras de Missouri, Kansas o incluso Texas. Caucásico. Pantalón corto y americana. Combinación que lo hacían un tipo con mucha confianza y seguridad en sí mismo. Parecía que no dejaba de pedir una copa tras otra. Era como uno de esos personajes de Mad Men que tras un desencuentro en lo personal o profesional acababa en un bar encontrándose a sí mismo bajo el paraguas de la bebida. Whisky doble con hielo, claro. Y ahí estaba ese joven, agitando la cabeza y sonriendo al compás de unas letras que inspiraban pasión y calentura. Que invitaban a salir al medio de una pista que solo recreaba la imaginación. A bailar salsa. Él había fijado hace rato la vista en la camarera mulata. De caderas contundentes y pechos muy turgentes, tenía al norteamericano perdido buscando su canalillo y alguna señal de complicidad. Su mirada reflejaba ensimismamiento. Pero felicidad. Como así dibujaría su sonrisa al marcharse del "Trípode", despreocupado pese a no haber logrado el teléfono de la camarera mulata y sin pensar en los euros gastados. Su noche seguiría cerca o lejos de aquella pequeña Cuba que había nacido en el Born. No lo podríamos ya saber.
Pero dejó un bolero tras sus pasos que nos acompañaría el resto de la noche:
Estoy queriendo encontrar
algo diferente,
alguien que me sepa dar
lo simple de sí.
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