29.7.13

Microrrelatos de verano (IV)

La camisa de cuadros rebajaba parte de su edad cuando se miraba en aquel espejo ovalado que había elegido su mujer. Ella no comprendía por qué su marido salía cada jueves de verano a Saalfelden a beber hasta las tantas con sus amigos, la mayoría de ellos algo más jóvenes. De hecho, hacía tiempo que ellos no se comprendían entre sí. Ni se acordaban. 

Primero serían un par de cervezas de 66 cl. De esas que solo comercializan en el centro y norte de Europa. Luego vendrían aquellos vasos de plástico rellenos de vino blanco y agua, extraña combinación para los foráneos que se acercaban a aquellas bellas localidades del interior de la región de Salzburgo, casi en la frontera con el Tirol. Todos los jueves de verano ocurriría exactamente lo mismo. Las mismas personas, los mismos bares, el mismo ambiente. Era una excusa para salir. Para olvidar la mediocridad e infelicidad de un hogar en el que mujer e hijos parecían tan distantes pese a formar parte del día a día. Cuando bebía, no se acordaba de sus hijos. Ni de ella. Su mirada tenía otros objetivos. Su corazón había dejado de latir hacía tiempo con la intensidad de aquella lozana y fugaz juventud. Cuando se había enamorado, quizás empujado por la cotidianidad y posturas de otros tiempos.

Solía beber mucho. Pero su cuerpo aguantaba sobrado. Otros no serían capaces de articular demasiado. Pero él, con ese acento vasto y grueso, intentaba esforzarse por aparentar normalidad. A pesar de que sus ojos se tiñesen de vicio. Y así hasta que sorprendía a alguna joven con su mano en la pierna o en la cintura. Algunas huían, pero no eran mayoría. Allí no había nada mal visto. No importaban ni las etiquetas ni las formas. Almas en busca de algo que no tenían ni sentían cerca se encontraban para disfrazar sus vidas de algo irreal. Por muy efímero que fuera todo aquello. Ni hijos ni mujer en las conversaciones. Solo trabajo como mucho. Aquel de profesor de educación física durante el año y su trabajillo de verano como encargado del campo municipal, allí donde algunos equipos entrenaban para preparar la temporada. 

Aquella noche con la camisa de cuadros lo intentó pero acabó nadando en un inmenso océano  de cerveza y vino para terminar medio dormido en los asientos de uno de esos bares que se llenaban hasta la bandera. Un amigo suyo le despertó y le llevó hasta un taxi. Le indicó la dirección y 15 minutos más tarde se encontró intentando abrir una cerradura muy conocida. Esa cerradura que ya no dibujaba la sonrisa de la lozana y fugaz juventud. Contempló a su mujer que estaba durmiendo hacia el lado izquierdo y sintió algo de pena por ella. Nada de culpabilidad en la escena. Solo vergüenza por haber permitido que su vida llegara hasta ese punto. Entonces su inercia le llevó a echar un vistazo a su hija. Respiraba tranquila rodeada de posters de One Direction. Decidió acercarse a darle un beso en la mejilla cuando, justamente su hijo, de apenas 5 años, le sorprendió:

- ¿Qué haces 'papi'?
- Hhh... Hijo, qué haces tú despierto a estas horas...

Y le abrazó antes de acompañarlo de nuevo a su habitación, donde una camiseta de su equipo favorito, el Red Bull de Salzburg, adornaba la pared recién pintada del fin de semana anterior. Y durmió con él esa noche. O lo que quedaba de ella. Intentando convencerse a sí mismo de que aquella vida no era tan anodina. Intentando disfrazar sus días de una felicidad que hacía tiempo que no frecuentaba su alma.  

No hay comentarios: