3.7.13

Microrrelatos de verano (II)

Acostumbrado a amanecer en hogares por encima de la Diagonal, aquello le resultaba muy extraño. Incorporándose con las piernas en cuclillas sobre aquel colchón de agua King Size y tan poco familiar, pudo mirar lo que le rodeaba. Había tres velas blancas en la mesita de noche de la derecha recién consumidas, decorando el espacio con una fragancia parroquial. Como celestial. En la pared de enfrente un armario-espejo lleno de polvo le saludaba. Su rostro aparecía algo desencajado y se podía leer el aliento a Jägermeister de la noche anterior. Ni siquiera recordaba cuántos chupitos habría tomado. Ni por qué estaba allí en ese mismo momento.  Quizás estaba en el Poblenou. O en el Raval. O en el Born. Su cabeza no daba para muchos más pensamientos. No sabía dónde respiraba en aquellos segundos. 

Siguiendo a su alrededor, comprobó cómo a su izquierda había un enorme baúl medio abierto. Decidió ponerse de pie para acercarse más y ver lo que había. Esperando encontrar poco más que ropa o trapos de estar por casa, su sorpresa fue mayúscula al ver que había un gato egipcio. Se escuchó un maullido algo agresivo y al poco, su inesperado nuevo compañero ya se había marchado corriendo. Muy asustado. Entonces movió la cabeza en un profundo además de "No" mientras miraba fijamente al suelo. Como no escuchaba más ruido en aquel lugar que el eco lejano del miedoso felino, decidió recorrer un poco más. Tenía un largo pasillo ante sí sin ninguna puerta a ambos lados pero aliñado con unos cuadros de deidades hindúes. Hasta que se paró justo delante de uno de ellos. Era Ganesha, hija de Párvati, esposa de Shivá. Había leído que existían varias versiones del nacimiento de Ganesha, todas ellas acabando por explicar por qué esa cría tenía la cara de un elefante. Pero más allá de esas historias, había algo que le despertaba más interés: había visto aquello en otro sitio. 

Entonces, de repente, se escuchó cómo alguien abría la puerta principal, que él ignoraba por completo dónde estaba. Al poco apareció a su lado una esbelta  figura femenina de anunciadas curvas embalsamado por un ceñido vestido rojo cereza, cabello engominado hacia el lado izquierdo y que olía a recién duchado. Sin decirle nada, se giró hasta ponerse de espaldas y se empezó a desabrochar la cremallera del vestido. Sus ojos no daban crédito. Poco a poco, al ritmo que ella pícaramente marcaba, se iba adivinando un tatuaje de notables dimensiones y mucho colorido. Alegre, mítico. Era Ganesha. Ahí estaba. Y ella volvió a darse la vuelta, esta vez para buscar sus labios. Apenas fueron unas décimas de segundo, los suficientes para darse cuenta de que no llevaba ropa interior. 

- ¿Has descansado bien? - susurraba al oído una voz femenina.
- Creo que lo suficiente - respondió vacilando él.
- Eso espero. Porque ya no podrás volver a dormir en muchas horas...

Él la miró fijamente y antes de que empezara a besarla escuchó cómo ella le decía "Vamos a hacerlo hasta un nuevo amanecer".

No hay comentarios: