Se dijeron dos frases inconexas y ambiguas nada más verse por primera vez. Pero ya no harían falta más señales. Aquellos labios acabarían juntándose para cantar una melodía desenfrenada de éxtasis estival, hormonas traviesas, lengua descontrolada y ritmo sureño. Ya el saludo había sido sumamente poco tradicional. Apenas solían darse las manos chico y chica si no se trataba de negocios. Nada más importaba en ese ambiente engalanado con aroma de cerveza y luces de colores. La melodía sonaba muy segura de sí misma. Con la misma certeza que dibujaba que aquello no daría luego mucho más de sí. Una noche. No más.
Hay cosas que terminan sin ni siquiera haber comenzado. Hay capítulos en la vida que no tienen explicación. Sencillamente nacen, salen con pasión del cascarón, recorren con fugacidad su camino y acaban muriendo en un mar de recuerdos puntuales e imprecisos.
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