7.7.13

Microrrelatos de verano (III)

Empezó a sonar de manera contundente y convincente This ain't a song for the broken-hearted al tiempo que la mesa más alejada del centro del local era un templo repleto de vasos alargados de chupitos. Olía a tequila. Una bandeja con forma de mejillón gigante reunía a trozos de limón cortados de manera idéntica. Había sal esparcida por el lugar. Cuando se llegó al estribillo It's my life, It's now or never ya se habían despachado dos decenas de chupitos. Él, observando en la distancia, recordaba lo que había llegado a aborrecer el tequila tras un par de viajes: uno a Gandía y otro a Riviera Maya. Tequila. Nunca más. 

Al finalizar la canción se acercó a una joven que vestía de negro. Una sola pieza que enseñaba un escote vertical y de vértigo. Era como un mar dividido en dos mitades por obra y gracia de Moisés. Sin sujetador. Pura, elegante y delicada transparencia. Una prenda muy femenina que invitaba a jugar con los sentidos y la imaginación. Tan desconectado del mundo en ese momento que, al alcanzarla, apenas había reparado en su rostro. Unos ojos verdes que contrastaban con el ligero ropaje y su tez de porcelana. Inenarrables y sobre todo, imposibles de traducir. Al coincidir sus miradas, él quedó atrapado en un fresco aroma encantador. 

Era norteamericana y se llamaba Lynda. Ese nombre le evocaba al Festival de Woodstock, groupies adictas al sexo y drogas de diseño. Sabía a California, el estado donde ella había crecido. Después de intercambiar frases en un diálogo simpático y espontáneo, él ya sabía que ella estaba aquí de paso, 18 años recién cumplidos y disfrutando de algunos placeres aún prohibidos en su país. Descubrió que su boca sabía demasiado a tequila y que quizás todo aquello no terminaría del todo bien, pero él, con apenas una pinta en el estómago lo tenía claro. Le ofreció salir a tomar el aire. 

La brisa marina los saludaba en dirección este. Él le explicó que ir a ver el mar, fijando la vista más allá del horizonte, era uno de sus momentos favoritos en la ciudad. Y, aunque Barcelona no era la misma ciudad bajo el Sol que las estrellas, la estampa seguía teniendo un encanto especial. Entonces ella le preguntó si fumaba. Le contestó que renegaba del tabaco pero no así de la marihuana. Para sorpresa de él, vio como Lynda se sacaba del bolso un mechero, una bolsita de plástico que olía demasiado bien a hierba y papel de liar. Se hicieron un porro y se lo fumaron tranquilamente. Se sucedían frases inacabadas entre ambos, navegando en medio de un océano de trivialidades. Hasta que ella le confesó que esa era su última noche en la ciudad con la mirada nostálgica de quien no pretende salir del Paraíso. Él decidió cogerla de la mano derecha y con suma delicadez la estiró sobre la arena. Poco parecía importarles si aquello no era precisamente el lugar más escondido del mundo. Estaban lo suficientemente alejados de la vida como para fusionarse con el agua. Pero cuando el chico fue bajando sus labios, acompasados por unas manos traviesas, se encontró con un obstáculo inadvertido: I'm a virgin -no quiso que aquello hubiera llegado a sus oídos. Sin dar al inicio mucho crédito, dudó varios segundos sobre qué hacer, hasta que se levantó y le ofreció su mano para que le imitara. I can't do it. I can't. I'm sorry. Entonces decidió acompañarla de nuevo al local. Se quedó clavado en la entrada con un ademán de incredulidad cuando ella ya se apresuraba a entrar hacia dentro con alguna lágrima de cocodrilo en el ojo, como avergonzada de su confesión. 

Tras aquel episodio y como no le pillaba muy lejos, decidió terminar las penúltimas horas de la madrugada en el Casino. Logró algo con el Blackjack y decidió irse al Bagdad, donde ya se haría de día y gastaría lo ganado en más vicio. No muy lejos de allí, en uno de los lavabos de uno de aquellos acogedores hostales que dan vida a las Ramblas, una chica de acento californiano lo había hecho por vez primera. Al terminar, se quedó sola para llorar desconsoladamente. 

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