6.8.12

Aquella última noche


Los canónigos acompañados de atún, tomates cherry y pipas peladas no sabían igual que antes. Ni siquiera parecían tener la misma textura de siempre. Hacía tan poco que te había visto salir por la puerta que tu reflejo seguía clavado en cada uno de los rincones de la casa. Al coger el vaso de agua medio lleno, hasta te vi en el fondo, nadando como solo lo habías hecho el verano anterior en aguas baleares. Una sirenita en Menorca que esbozaba una sonrisa de felicidad de oreja a oreja. Con esa mirada que parecía decirlo todo sin apenas esfuerzo. Ni pude seguir bebiendo ni terminé la ensalada.

Había preparado unos spaghetti al pesto siguiendo la receta que me enseñaste en las pasadas Navidades pero pasarían los días hasta que me vi abocado a tirarlos. Tampoco pude llevármelos a la boca. Lo intentaba pero cada vez que cogía el tenedor aparecías a unos escasos metros enfrente mío para corregirme entre alguna carcajada que el cubierto se debía coger así. Y no cómo yo lo hacía. "Qué desastre", pensaba yo entonces. Al ver que yo no aprendía al ritmo que deseabas, te sentabas encima de mi pierna derecha, y sin envidiar a la mejor de las equilibristas, me llevabas el tenedor con algo de pasta para hacer las delicias de mi paladar. En esos momentos siempre terminábamos dejando de comer al mínimo roce entre nuestros labios. Era algo inmediato. Inevitable. Y tú seguías estando ahí. Pero no podía continuar comiendo. Ni siquiera empezar sin ti.

De postre había preparado tiramisú para dos. Siguiendo la receta de mi primer viaje a Roma, donde gracias a la amabilidad en una trattoria pude descubrir a uno de mis postres favoritos y cómo intentar imitarlo. Cada amago de cucharada en soledad era un esfuerzo sobrehumano. Recordaba untarte con una pizca de tiramisú tus mejillas como excusa para besarte. Para empezar a perdernos en un laberinto de sensaciones, arrebatados de un frenesí descontrolado y apasionado. 

Ya no estabas pero te sentía como la última noche, cuando lo más alejada que estuviste de mí fue mientras dormíamos abrazados. No tenía hambre. No podía probar nada. Podía escuchar tu corazón latir al ritmo de la música que poníamos cuando nos derretíamos el uno con el otro. Cuando el fuego y el agua se condensaban en un éxtasis de sentimientos y muecas espontáneas. Cuando el ruido era placer y los gemidos alegría. Cuando me mordías el labio y yo te respondía a la altura de la cintura, a punto de bajar al fruto más dulce. Cuando tu pierna la pasabas por encima mío, dejando en evidencia mi corta estatura. Mientras dibujábamos al libre albedrío sin más criterio que la imaginación. 

Como aquella misma última noche en que acabamos deshidratados. Tus labios eran mis labios y nuestras miradas se confundían a la luz de una Luna. Salimos al balcón a refrescarnos y allí nos dimos los últimos besos al aire libre. Lo recuerdo como si fuera ayer. Sabía que te marcharías a la mañana siguiente pero no quería pensar que llegaría a suceder de verdad.

Te fuiste. Y pensaba que volverías. Pero nunca fue así. Tu olor impregnaba aún toda la casa. En ella recreaba con el corazón cada uno de los momentos que habíamos pasado juntos. Te veía en cada rincón y en la más trivial de las tareas domésticas. Mas ese día no pude llegar a comer nada. Seguías respirando a mi lado y tu sonrisa me marcaba el camino a seguir. No uno cualquiera. Era el de la felicidad.

Prendado de ti como estaba, sabía ya que no volverías. Pero nunca te olvidaría.

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