Cuentan que hay noches de luna
llena en las que sale el sol. Que los grillos entonan una misma melodía
mientras las estrellas tocan el violín. Animadas y brillantes, lucen cuán faro
que guía a aquellas valientes embarcaciones que se juegan la vida de noche. No
existe el tiempo. Todo sucede a la velocidad de la luz. O quizás es la
percepción de los sentidos lo que se altera.
Son noches en que navegas por un
mar de sueños líquidos. En las que todo es posible. Y tras la brevedad de las
mismas, en el mismo horizonte donde aquellos bravos barcos desaparecen sin
dejar más rastro que un oleaje menos tenue, fluye un nuevo amanecer.

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