9.9.12

Tiramisú


Hace 6 años, por estas mismas fechas, pisé tierra extranjera por primera vez. Roma, la ciudad eterna. Amor a primera vista, pasión desenfrenada. Volví a Barcelona con la esperanza de regresar algún día quizás en inmejorable compañía.

El romance fue inevitable. Todo comenzó con un postre en una trattoria no lejos del hotel donde me alojaba. Se llamaba tiramisú. El más delicioso, exquisito y jugoso que jamás he probado. Tardé bastante tiempo en atreverme a comer semejante dulce. Era tan intenso el recuerdo que el paso de los años no impedía que aquél tiramisú siguiera en mi corazón y pensamientos. 

Nada ha sido igual desde aquél día en que compartimos sensaciones únicas y mágicas. Ninguno se ha acercado por mucho que lo hayan intentado. Más que decepción, recorre en mi ser algo de resignación. Son cosas que suceden una vez en la vida y no hay vuelta atrás. Hasta que algo nuevo y distinto te haga arder por dentro, estimulando ese cosquilleo tan especial y peculiar. El que sentimos cuando algo nos conmueve por dentro y no queremos sino expresarlo al exterior. Una pícara sonrisa, una débil mirada de corderito degollado, un balbuceo tímido en tus palabras... 

Todo acaba... Para volver a empezar. Aquél tiramisú terminó. Ocurrió sí, pero sé que no volverá. Es irrepetible. Nunca sentiría lo mismo que aquél soleado mediodía en que mi alma latía cercano a Termini aunque fuera al mismo lugar y la misma hora que hace 6 años. No podremos bañarnos dos veces en el mismo río. Definitivamente no.

Diferente no querrá decir peor o mejor. No podemos comparar porque cada tiramisú, cada persona es un universo en sí mismo. Distintos. Ahí reside parte de la esencia de nuestras vidas. 

No sé a qué sabrá el siguiente tiramisú pero me encantaría probarlo. El aroma que desprende me seduce y me invita a querer disfrutar de él deseando que nunca se acabe. Soñando que algún día todo volverá a empezar.

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