“No puedes entrar todavía”. “No puedes entrar todavía”. Esas palabras le quedaron marcadas en el alma cuán llamarada.
Sintió que se le encogía el corazón. “¡Quiero ver a mi mujer y a mi niña!”,
exclamaba con vehemencia. Pocos minutos después lo entendió todo.
- Lo siento
mucho. No hemos podido hacer nada al final para salvarla.
El jefe médico sonaba distante y frío. Él no entendía nada.
- ¿Salvarla?
¿De qué me estás hablando? ¡Quiero ver a mi mujer y a mi hija!
El pasillo del hospital se inundó en un océano de silencio fúnebre y
angustioso.
Minutos después, pudo entrar a la habitación. Su mujer yacía sin vida en
aquella cama que había sido su hogar las últimas semanas. Al otro extremo, un
bebé aparecía estirado en una incubadora. La niña había nacido sin problemas en
un parto en el que su madre había perdido la vida. Una madre a la que nunca
podría conocer. Hundido y apenado hasta la extenuación, el padre terminó
desmayándose, incrédulo ante todo aquello.
Cuando recuperó la conciencia, su mujer ya no estaba en la sala. No pudo
volver a verla hasta realizada la autopsia y en el velatorio. No había podido
despedirse de ella en vida y eso sería algo que nunca podría olvidar. Tenían
tanto por compartir y disfrutar, más con la pequeña que acababa de venir, que
nada de lo ocurrido podía ser verdad. Quería despertar de una de
aquellas pesadillas en las que el sueño parecía tan real que uno se levantaba
tremendamente asustado y con miedo. Llegó entonces la hora de despedirse del que
había sido el cuerpo de su mujer. Ella, de otra manera, iba a estar presente
para siempre.
Nunca uno desea tener que enterrar a nadie y menos a su mujer. Casi un año
de matrimonio y con una pequeña recién nacida. Su deseo sabido era ser
incinerada ocurriese cuando ocurriese. Aunque se había siempre imaginado
llegando a los 80 y largos, con algún nieto y al lado de su esposo. Parte de
las cenizas las desprendieron en el mar que la había visto nacer, crecer y
enamorarse. El resto, una pequeña parte, se quedó en la urna que su marido
guardaría con mimo. Y a pesar de que le costó dios y ayuda volver a aquellas
cuatro paredes en la que habían convivido de manera muy intensa los últimos
meses, se armó de valor para seguir adelante con el recuerdo de su chica. Su
mujer. Un recuerdo que vería a diario reflejándose en la mirada de su hija.
La última frase que le dijo a su mujer fue que la niña se llamaría igual
que ella: Alicia.
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