22.1.14

La pianista (IV)

“No puedes entrar todavía”. “No puedes entrar todavía”. Esas palabras  le quedaron marcadas en el alma cuán llamarada. Sintió que se le encogía el corazón. “¡Quiero ver a mi mujer y a mi niña!”, exclamaba con vehemencia. Pocos minutos después lo entendió todo.

 Lo siento mucho. No hemos podido hacer nada al final para salvarla.

El jefe médico sonaba distante y frío. Él no entendía nada.

- ¿Salvarla? ¿De qué me estás hablando? ¡Quiero ver a mi mujer y a mi hija!

El pasillo del hospital se inundó en un océano de silencio fúnebre y angustioso.

Minutos después, pudo entrar a la habitación. Su mujer yacía sin vida en aquella cama que había sido su hogar las últimas semanas. Al otro extremo, un bebé aparecía estirado en una incubadora. La niña había nacido sin problemas en un parto en el que su madre había perdido la vida. Una madre a la que nunca podría conocer. Hundido y apenado hasta la extenuación, el padre terminó desmayándose, incrédulo ante todo aquello.

Cuando recuperó la conciencia, su mujer ya no estaba en la sala. No pudo volver a verla hasta realizada la autopsia y en el velatorio. No había podido despedirse de ella en vida y eso sería algo que nunca podría olvidar. Tenían tanto por compartir y disfrutar, más con la pequeña que acababa de venir, que nada de lo ocurrido podía ser verdad. Quería despertar de una de aquellas pesadillas en las que el sueño parecía tan real que uno se levantaba tremendamente asustado y con miedo. Llegó entonces la hora de despedirse del que había sido el cuerpo de su mujer. Ella, de otra manera, iba a estar presente para siempre.

Nunca uno desea tener que enterrar a nadie y menos a su mujer. Casi un año de matrimonio y con una pequeña recién nacida. Su deseo sabido era ser incinerada ocurriese cuando ocurriese. Aunque se había siempre imaginado llegando a los 80 y largos, con algún nieto y al lado de su esposo. Parte de las cenizas las desprendieron en el mar que la había visto nacer, crecer y enamorarse. El resto, una pequeña parte, se quedó en la urna que su marido guardaría con mimo. Y a pesar de que le costó dios y ayuda volver a aquellas cuatro paredes en la que habían convivido de manera muy intensa los últimos meses, se armó de valor para seguir adelante con el recuerdo de su chica. Su mujer. Un recuerdo que vería a diario reflejándose en la mirada de su hija.

La última frase que le dijo a su mujer fue que la niña se llamaría igual que ella: Alicia.

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