El parto, decían, era
inminente. Le pidieron a su marido que saliera de la sala y esperara. La mujer
había sufrido un cuadro de fiebre elevado la noche anterior y estaba bajo
atenta observación. Tanto ella como la niña que llevaba dentro. Detrás de los opacos
cristales que no dejaban imaginar nada, recordó la última conversación que había
tenido con ella. El primer beso, la primera noche juntos en el apartamento de
sus padres. Y la historia del piano.
Desde bien pequeña había
empezado a tocar el piano, medio obligada por su padre que era un gran amante
de la música clásica. A pesar de que su esposa le aconsejara que no fuera tan
vehemente con la educación de la niña en ese sentido, él quería que aprendiera
a tocar el piano. Fueron años bastante duros y exigentes en los que aquella
actividad le forjó parte de su carácter. Aprobó el último examen cuando ya
había conocido a su futuro marido, tras unas semanas realmente agotadoras y
difíciles. Una vez aprobó decidió que no tocaría nunca más el piano. Un piano
que pese a ello trasladaron a su nuevo hogar cuando se fueron a vivir juntos.
Como recuerdo de su infancia y adolescencia. Estaría en una habitación, solo,
recubierto con un mantel de puntillo que había hilado su abuela. Casi nunca
entraba a esa habitación y aunque él le insistía y animaba a tocar de
nuevo, decía que no. Que no podría disfrutarlo.
Por eso no pudo evitar
recordar la primera vez que había tocado algo para él. Fue en casa de sus
padres; una tarde de lluvioso otoño y hojas secas en el jardín; con el perro ‘Mozart’,
de raza Beagle. Adivinen quién le bautizó. Él se había quedado
embobado con los cuadros impresionistas que decoraban el pasillo que unía el comedor con el
resto de salas. Tanto que había perdido de vista a su novia. Hasta que de repente empieza a escuchar algo a lo lejos. Eran los
acordes de lo que parecía... "¡Estaba tocando In The End!" Se dejó llevar rápidamente por la música y apareció
justo detrás de ella, que tocaba alegre y ágilmente el piano, con esos largos y
finos dedos que eran capaces de hacer maravillas inimaginables. Captó su
presencia pero hasta que no terminó, casi 4 minutos después, no se giró, tan
envuelta en las notas como estaba. Esbozó una sonrisa:
- Te dije que algún
día te tocaría In The End.
Él la abrazó emocionado
hasta sentirla tan y tan cerca que cuando se dieron cuenta ya estaban desnudos
haciendo el amor. Un ladrido de ‘Mozart’ les despertó de su particular encantamiento. El perro tenía hambre.
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