20.1.14

La pianista (III)

El parto, decían, era inminente. Le pidieron a su marido que saliera de la sala y esperara. La mujer había sufrido un cuadro de fiebre elevado la noche anterior y estaba bajo atenta observación. Tanto ella como la niña que llevaba dentro. Detrás de los opacos cristales que no dejaban imaginar nada, recordó la última conversación que había tenido con ella. El primer beso, la primera noche juntos en el apartamento de sus padres. Y la historia del piano.

Desde bien pequeña había empezado a tocar el piano, medio obligada por su padre que era un gran amante de la música clásica. A pesar de que su esposa le aconsejara que no fuera tan vehemente con la educación de la niña en ese sentido, él quería que aprendiera a tocar el piano. Fueron años bastante duros y exigentes en los que aquella actividad le forjó parte de su carácter. Aprobó el último examen cuando ya había conocido a su futuro marido, tras unas semanas realmente agotadoras y difíciles. Una vez aprobó decidió que no tocaría nunca más el piano. Un piano que pese a ello trasladaron a su nuevo hogar cuando se fueron a vivir juntos. Como recuerdo de su infancia y adolescencia. Estaría en una habitación, solo, recubierto con un mantel de puntillo que había hilado su abuela. Casi nunca entraba a esa habitación y aunque él le insistía y animaba a tocar de nuevo, decía que no. Que no podría disfrutarlo.

Por eso no pudo evitar recordar la primera vez que había tocado algo para él. Fue en casa de sus padres; una tarde de lluvioso otoño y hojas secas en el jardín; con el perro ‘Mozart’, de raza Beagle.  Adivinen quién le bautizó. Él se había quedado embobado con los cuadros impresionistas que decoraban el pasillo que unía el comedor con el resto de salas. Tanto que había perdido de vista a su novia. Hasta que de repente empieza a escuchar algo a lo lejos. Eran los acordes de lo que parecía... "¡Estaba tocando In The End!" Se dejó llevar rápidamente por la música y apareció justo detrás de ella, que tocaba alegre y ágilmente el piano, con esos largos y finos dedos que eran capaces de hacer maravillas inimaginables. Captó su presencia pero hasta que no terminó, casi 4 minutos después, no se giró, tan envuelta en las notas como estaba. Esbozó una sonrisa:

- Te dije que algún día te tocaría In The End.

Él la abrazó emocionado hasta sentirla tan y tan cerca que cuando se dieron cuenta ya estaban desnudos haciendo el amor. Un ladrido de ‘Mozart’ les despertó de su particular encantamiento. El perro tenía hambre.

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