26.1.14

La pianista (VI)

Dos semanas después de su octavo cumpleaños, Alicia y su padre tuvieron la primera gran riña. Era un sábado en que habían terminado de comer y ella quería que la apuntara a clases de piano pero su padre se negaba. Decía que le quitaría mucho tiempo y que mejor que hiciera otras cosas además de ir al colegio. Actividades más deportivas como patinaje o baloncesto, que podría realizar ahí mismo al terminar las clases. Cogió un rebote de tamaño colosal y se encerró en su habitación, con la intención de no bajar en el resto del día ni para merendar ni cenar. Su padre, sin saber qué hacer dada la tozudez de la niña, entró en la habitación del piano y trató de buscar respuestas en su mujer. Pero no escuchó nada esta vez. Atemorizado y amargamente afligido, salió de allí sin darse cuenta que se había olvidado cerrar con llave. Y fue a intentar desconectar leyendo algo en el iPad. 

Pocas horas después, la luna en cuarto menguante empezó a asomar con timidez a través de las ventanas de la habitación de Alicia. Decidió claudicar no sin orgullo y buscó a su padre.

- Papa. Tengo hambre.

Su padre le hizo la cena y la acostó después de que se hubiera quedado dormida viendo la TV.

Al día siguiente, mientras arreglaba unas cosas en el PC y más tranquilo porque su hija había amanecido menos fiera y había sido hasta agradable con él, empezó a oír algo que parecía mezclarse con la música que estaba escuchando. Además de encontrarse en la otra punta de la casa, sonaba con cierta timidez y muy bajo. Como extremadamente lejano. No le dio importancia y siguió metido en asuntos técnicos con el ordenador. Con ese afán casi viril de arreglar cuanto antes las cosas. Hasta que un sonido esta vez más limpio e intenso le llamó definitivamente la atención. Era imposible que el grupo hipster que estaba escuchando sonase así, aunque era la primera vez que tomaba contacto con ellos. Decidió salir en busca de alguna respuesta y rápidamente preguntó:

- ¿Alicia? ¿Dónde estás Alicia?

A medida que avanzaba por la casa, el sonido parecía aclararse más y más. Era un sonido que le emocionaba y le traía unos recuerdos que le hicieron empapar sus mejillas rápidamente. “No es posible”, pensaba para sus adentros, mientras ya no podía ocultar su rostro desencajado. Y se encontró de repente a su hija tocando el piano que otrora había sido disfrutado aunque también odiado por su mujer. Enfrente de la pequeña, observó que había un libreto de partituras con notas a mano y un título: “Linkin Park – In The End (versión lenta)”. Se repetía la escena de años atrás, pero como si su entonces novia se hubiera reencarnado en la pequeña. Era casi imposible distinguirlas. Cuando terminó de tocar, la pequeña y alegre Alicia se giró y miró a su padre:

- ¿Qué te pasa papá?

La abrazó con todas sus fuerzas mientras lloraba desconsoladamente y decidió contarle todo lo que llevaba años ocultándole.

Un abrazo como el que le daría algunos años más tarde tras su primera aparición con la Orquesta Sinfónica de Barcelona.

- Alicia, cada vez te pareces más a tu madre. 

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