Dos semanas después de su
octavo cumpleaños, Alicia y su padre tuvieron la primera gran riña. Era un
sábado en que habían terminado de comer y ella quería que la apuntara a clases
de piano pero su padre se negaba. Decía que le quitaría mucho tiempo y que
mejor que hiciera otras cosas además de ir al colegio. Actividades más deportivas
como patinaje o baloncesto, que podría realizar ahí mismo al terminar las
clases. Cogió un rebote de tamaño colosal y se encerró en su habitación, con la
intención de no bajar en el resto del día ni para merendar ni cenar. Su padre,
sin saber qué hacer dada la tozudez de la niña, entró en la habitación
del piano y trató de buscar respuestas en su mujer. Pero no escuchó nada esta vez. Atemorizado y amargamente afligido, salió de allí sin darse cuenta
que se había olvidado cerrar con llave. Y fue a intentar desconectar leyendo algo en el iPad.
Pocas horas después, la luna en cuarto
menguante empezó a asomar con timidez a través de las ventanas de la habitación de
Alicia. Decidió claudicar no sin orgullo y buscó a su padre.
- Papa. Tengo
hambre.
Su padre le hizo la cena
y la acostó después de que se hubiera quedado dormida viendo la TV.
Al día siguiente,
mientras arreglaba unas cosas en el PC y más tranquilo porque su hija había
amanecido menos fiera y había sido hasta agradable con él, empezó a oír algo que
parecía mezclarse con la música que estaba escuchando. Además de encontrarse en
la otra punta de la casa, sonaba con cierta timidez y muy bajo. Como
extremadamente lejano. No le dio importancia y siguió metido en asuntos
técnicos con el ordenador. Con ese afán casi viril de arreglar cuanto antes las
cosas. Hasta que un sonido esta vez más limpio e intenso le llamó
definitivamente la atención. Era imposible que el grupo hipster que estaba escuchando sonase así, aunque era la
primera vez que tomaba contacto con ellos. Decidió salir en busca de alguna
respuesta y rápidamente preguntó:
- ¿Alicia?
¿Dónde estás Alicia?
A medida que avanzaba por
la casa, el sonido parecía aclararse más y más. Era un sonido que le
emocionaba y le traía unos recuerdos que le hicieron empapar sus mejillas
rápidamente. “No es posible”, pensaba para sus adentros, mientras ya no podía
ocultar su rostro desencajado. Y se encontró de repente a su hija tocando el
piano que otrora había sido disfrutado aunque también odiado por su mujer.
Enfrente de la pequeña, observó que había un libreto de partituras con notas a mano y un
título: “Linkin Park – In The End (versión lenta)”. Se repetía la escena de
años atrás, pero como si su entonces novia se hubiera reencarnado en la
pequeña. Era casi imposible distinguirlas. Cuando terminó de tocar, la pequeña
y alegre Alicia se giró y miró a su padre:
- ¿Qué te pasa
papá?
La abrazó con todas sus
fuerzas mientras lloraba desconsoladamente y decidió contarle todo lo que
llevaba años ocultándole.
Un abrazo como el que le
daría algunos años más tarde tras su primera aparición con la Orquesta Sinfónica
de Barcelona.
- Alicia, cada
vez te pareces más a tu madre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario