Recién sucedida la tragedia, el tiempo pasaba muy, muy lento en su vida.
Los días parecían durar más de 24h y en medio de una pesadumbre insoportable
que en algunos momentos hacía que no pudiera evitar llorar desconsoladamente.
Sus padres y suegros le echaban una mano siempre que podían y pudo conciliar su
actividad en el trabajo perfectamente. Sin descuidar ni desatender nunca a la
niña, que creció sin una madre pero con un padre entregadísimo.
Cuando la niña empezó a balbucear, aprendió rápidamente a vocalizar ‘mamá’
y ‘papá’. Le enseñaba entonces fotos de su madre y le indicaba para que
repitiera: “Ma - má”. Alicia, muy obediente desde pequeña, parecía el eco de su
padre: “Ma-má”. “Ma-Má”. Y “pa-pá”. “Pa-pá”. Su padre le explicaba que su madre
era una persona llena de bondad; que era muy guapa; que se parecería seguro a
ella porque veía en esos ojos el fiel rostro de su mujer. La pequeña no
entendía casi nada pero le miraba con atención y dejaba ir muecas como si
murmurase intentando decir más de lo que podía.
Al cumplir los 4 años y ya con la ilusión de los Reyes Magos, pidió que le
regalaran un piano de juguete con las teclas de colorines. Era un piano en el
que aparecían los personajes de unos dibujos animados que estaban muy de moda
en ese momento. Y a Alicia le encantaban. No como a su padre que se veía
obligado a verlos cada día y bajarle en el iPad todo tipo de aplicaciones relacionadas.
Al final, su niña acababa utilizándolo más que él. Cosas de la vida. Aquel
piano, sin embargo, no sería el primero ni el único que le regalarían. Luego
vendrían más e incluso un teclado electrónico cuando cumplió los 8 años. Había
despertado un interés por la música de forma muy natural ya que su padre nunca
quiso contarle esa parte de su madre, faceta que la niña desconocía por
completo. Él pensaba que era algo muy respetuoso que debía conservar en la
memoria, al menos hasta más adelante, ya que su mujer había decidido no tocar
más. Además, aquel piano era una de las maneras que tenía de reencontrarse con
ella. De verla de nuevo ahí sentada tocando como aquella tarde en casa de sus
padres. Un piano que seguía estando en el mismo sitio que cuando ella, la
última persona que lo había tocado, se fue. En una habitación que estaba cerrada bajo
llave y en la que Alicia nunca había podido entrar. Cuando preguntaba por lo
que había dentro, su padre siempre despejaba la pelota fuera:
- No hay más
que trastos sin usar en la habitación. Nada importante, Alicia.
Su padre entraba y salía de esa habitación al menos una vez al día para
reunirse con su mujer, a la que echaría siempre de menos. Y es que además del
piano, había guardado allí el resto de recuerdos que habían compartido en forma
de fotos y vídeos. Y la urna.
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