Parecía un día de huelga a juzgar por la multitud que se aglomeraba en el andén. Venía siendo, en cualquier caso, un año en el que predominaban las encubiertas. Un reflejo más de la coyuntura económica y social del momento. Miró a su reloj e hizo lo mismo, tras alzar la vista, con el panel electrónico que tenía a unos metros. Tampoco era tan tarde y desde luego otros días lo había cogido pasada la hora en punto. Suspiró a medio camino entre lo resignado y la indiferencia. Decidió ojear rápidamente el móvil en busca de los resultados de la última noche en la NBA, prestando atención especial a los jugadores de su Fantasy League que habían jugado. Era cierto, LeBron nunca fallaba.
Llegó por fin el metro y la avalancha humana se movió en dirección a las puertas. Una vez dentro sin no poca oposición, como si el resto de viajeros fueran defensores impidiendo la progresión de un delantero, le tocó estar arrinconado junto a una de las puertas de entrada y salida, pegado a la barra derecha. Un marcaje al hombre en toda regla. Bielsismo puro. Sin margen ni espacio para coger y entretenerse con el móvil, aquello prometía ser un viaje anodino. No había esperanza alguna en que mejorara aquella escena y era perfectamente asumible que iban a ser sardinas humanas todo el trayecto. Una media hora llena de empujones, caricias involuntarias e irritabilidad palpable a flor de piel. "El ambiente está tenso", pensaba él.
Pero al llegar la siguiente parada, y aunque entró de nuevo más gente de la que salió, algo pareció cambiar. Era como una luz al final de un largo túnel de sombras. Quizás le sacaba una cabeza entera. Media melena dorada a la que imaginaba curtiéndose en alguna de esas calas de la Costa Brava para las que uno necesita un mapa y mucha paciencia. No podía ver si tenía aquellas curvas tan sugerentes que había visto en una foto de Kaley Cuoco, pero sí sus ojos cuando la mirada de ambos coincidió en un mágico instante que aunque duró a lo máximo 2 míseros segundos, acabaría justificando aquél viaje rodeado de sardinas. Ojos de miel, dulces, como su mirada, tranquila y relajada. Llevaba unas gafas de pasta negras que la hacían sugerente y atractiva. Muy estimulante. Su sonrisa al darse cuenta de la coincidencia, dibujaba pentagramas en el aire. Una melodía de Frank Sinatra sonaba en su cabeza: A fine romance, with no kisses. A fine romance, my friend this is...
Continuaron todo el viaje sin mirarse directamente. Aquella primera inocente mirada no volvió a repetirse. Ella terminaría bajándose tres paradas antes. Amagaban con volver a hacerlo pero no llegó a cristalizar. De reojo trataban de adivinar qué pasaba por la cabeza del otro, como quien no quiere la cosa. Disimulaban fatal. Ella se encontraba a unos escasos metros pero en aquél espacio de densidad humana -más bien inhumana-, eso era como si en vez de en el vagón estuviera en la lejana y helada Siberia. Él se conformaba con imaginarse todo el cuerpo de ella, a la que solo había podido retratar su rostro, hombros y algo de sus brazos. Una instantánea preciosa que estampó en sus recuerdos para el resto de la jornada. Además, mostraba preocupación por si en esas malditas condiciones el resto de viajeros le había robado el Axe y la CH 212 sexy for men. No era nada trivial pensar en ello dadas las circunstancias. O eso al menos pensaba. Quería dar la mejor de las impresiones ante aquella belleza de aspecto angelical y 1,85 m. "Si llega a mi aroma ya no se olvidará nunca de mí, pase lo que pase".
Fue la mejor media hora en el metro de los últimos meses. En su cabeza no pararon de mezclarse historias sobre ella. Sus orígenes, su dedicación, pasiones, su estatus sentimental... Llegó a la conclusión que no tendría más de 23 años. Aunque la edad poco le importaba. Fue feliz en esos momentos. Tan cerca de ella y a la vez tan lejos. Seguramente nunca la volvería a ver pero ya no la podría olvidar. Todo gracias a aquella impuntualidad más severa de lo habitual. Días que lo cambian todo y que ya no son fáciles de dejar atrás.

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