Solía ir a la cama muy pronto en la vigilia de Navidades o Reyes. Aunque no tuviera sueño. La gracia era, misión (im)posible incluida, tratar de estar aún despierto para cuando mis padres decidieran bajar los regalos al sofá. Entonces ya sabía que los Reyes Magos, en efecto, eran los padres. Y Papa Noel. Y el caga-tió. Tampoco nos olvidemos del atemporal ratoncito Peréz, uno de los más simpáticos personajes de nuestro imaginario colectivo.
Todos tenemos una historia de cómo conocimos la verdadera historia, pero no nos hubiera importado a aquellos que lo descubrimos demasiado pronto, haberlo alargado un poco más. Mucha de aquella magia, ingenuidad e inocencia, se pierde de forma tan severa e irremediablemente con los años que nos pasaremos no pocos días anhelando ser aquél niño que esperaba ansioso el día en que poder abrir aquellos paquetes envueltos de aroma navideño. No recuerdo exactamente el día pero sí el cómo. Era Navidad y como no había colegio tenía tiempo más que de sobras para investigar por toda la casa. Hasta que al abrir unos armarios...encontré unos regalos envueltos. Ese día cambió mi infancia, claro. Pero me lo callé bastante tiempo y seguí haciendo durante algún año más como si nada. Pero mis padres siempre intuyeron que yo ya lo sabía...
Pasados los años, me he descubierto a mí mismo ocupando ese rol de mis padres. Soy claramente el último en irme a dormir cada día. Laborable o no. Y me encanta antes del 25 o el 6 dejar los regalos sobre el sofá como ellos hacían cuando yo era pequeño. Es una de esas bonitas tradiciones que endulzan los hogares y los tiñen de esa alegría y tierna inocencia de la que hablábamos cuando éramos niños. Aunque esta noche dudo entre esperarme a Reyes o que se encuentren con ello mañana mismo. Porque, igual que mi madre, no suelo tener paciencia ni para estrenar cosas ni para abrir o dar regalos. Inmediatez. Quizás opte por una división material y matemática: 50% Navidades, 50% Reyes. Dejando el más 'gordo' para más tarde... O no. Ya veré.
No he pedido nada este año. Tampoco el anterior. No recuerdo la última vez que escribí la carta a los Magos de Oriente. Ahora mismo con oro, incienso y mirra no iría mal. Especialmente con lo primero, y más en la coyuntura económica actual. Sarcasmo al margen, recurrir al tópico de pedir salud, trabajo, dinero y amor es eso, poco original y nada anecdótico. Pero nada más lejos de cualquier plausible y digno deseo.
Porque, ¿qué me gustaría realmente?
Mi respuesta se aproximaría a viajar. Me encantaría ir a Estados Unidos. Y ver en directo un partido de la NBA. Ya fuera en el Madison o en el Staples. Visitar además de NY o LA, Las Vegas. Seguramente no soy muy creativo en mi sueños pero desde bien pequeñito han estado ahí. Hasta recuerdo que en no pocas redacciones de las clases de inglés me inventaba un futuro en el que vivía en sitios como Miami o cualquier rincón de la costa de California. Luego también me encantaría poder ir a Brasil a disfrutar del Mundial en 2014. Veo más probable a día de hoy lo primero que lo segundo aunque ambas son a largo plazo. Intento ahorrar lo máximo ahora que puedo con vistas a viajes de este tipo. Viajes que no sé cuándo podré hacer. Y sé que precisamente si algo le ha faltado a mi vida ha sido siempre ese punto de locura y hacer algo simplemente por placer y porque me apetece de verdad. Sin embargo, la incertidumbre que planea sobre el ambiente en términos laborales y la certeza de saber que en mi actual trabajo no me podría permitir muchos días seguidos de vacaciones pues realmente hace flaquear esos dos sueños. Quizás sea mejor vivir soñando y previsualizar que todo eso ocurrirá más pronto que tarde. Pero que sucederá. Que llegará un día en que me vea disfrutando como un chiquillo viendo un partido de la NBA en la otra punta del mundo y celebrando goles en portugués con una multitud enloquecida a mi alrededor.
Me imagino en ambas situaciones y vuelvo a ser como aquél niño que en vísperas de Navidades o Reyes imaginaba el regalo de su vida. Los nuevos Gi-Joe, algunos playmobil...cualquier excusa para en esos días y los venideros compartir tardes eternas con mi primo Isaac. Nos encantaba montar torneos de fútbol con los distintos muñecos aprovechando las canicas como pelotas y las cajas de zapatos como porterías. Los playmobil eran los mejores, unos auténticos jugones con una técnica exquisita ya que podían chutar de cuchara y eso les hacía imparables.
Sé que cuesta volver a ser pequeño. Aunque yo no tenga la tremenda ilusión que antaño por estas fechas, me estimula y me anima ver esos rostros de ilusión entre los más críos. Creer en la magia no debería entender de edades ni generaciones. Yo mismo soy como un niño cuando disfruto con aquello que me gusta. Fui un niño cuando me enamoré de alguien como nunca lo había hecho. Y, precisamente, hoy hacía dos años que empezó a cambiar todo. Que ya nada volvería a ser igual. Uno se pregunta cómo es posible que alguien que ha sido muy importante para ti, pasados los meses, los años...ya no lo sea. Que ya no forme parte de tu vida. Solo del recuerdo. De esas páginas del pasado que en ocasiones cuesta dejar atrás para poder seguir escribiendo el resto de la novela de tu vida. Son personas que estuvieron ahí de forma intensa, que eran piezas clave en tu puzzle vital, pero que ya no lo son. Esas experiencias te modulan y esculpen como persona, aunque quizás acabes emulando comportamientos y repitiendo situaciones. Algunos dirán que errores, pero siempre merece la pena arriesgar y dejarse llevar. Y más cuando quieres a alguien tanto que no concibes tu vida sin ella. Quién sabe. La vida es un giro constante que no tiene miedo alguno a evocar el eterno retorno.
Dicen que todo en la vida sucede por alguna razón. Que cuando conoces a alguien, tienes una misión con esa persona. Y que ella la tiene contigo. Lo único que en la mayoría de ocasiones, por unas circunstancias u otras, no terminamos de saberlo nunca y, por tanto, no podemos llevar a cabo esas misiones. Pero si la descubres a tiempo, no lo dudes. Llévala a cabo. Sé feliz.
No sé si será la casualidad o el destino, pero siempre habrá accidentes afortunados esperando. Todo llega. Y cuando menos te lo esperes, acaba sucediendo. Entonces es algo imparable. Inevitable.
Volver a ser aquél niño es posible. El que se emocionaba e impacientaba la noche antes de abrir los regalos de Navidad igual que minutos antes de encontrarse con aquella chica por la que sus latidos cobraban todo el sentido del mundo. Ser un niño es al fin y al cabo, ser feliz sin responsabilidades. Éstas, llegan con la edad, no hay más remedio, pero la otra parte de la ecuación sigue estando ahí.
La felicidad es un largo camino y aunque haya personas que ya no sigan en él, las que han sido muy importantes en el pasado, han ayudado también a construirlo y darle forma. Y, por encima de todo, se trata de un camino más bonito de recorrer junto a aquellos que, pase lo que pase, siguen estando ahí. Año tras año. Tempestad tras tempestad. Sin importar fronteras ni barrera alguna.
Feliz Navidad a todos y próspero Año Nuevo 2013.

1 comentario:
Tan distintos y tan iguales a la vez, tus recuerdos son los mios y los de la mayoria de amigos de nuestro entorno inmediato.
Todos seguimos siendo un poco niños para siempre, la magia de la Navidad hace que recuperemos año tras año esa experiencia tantas veces revivida antes.
El pesebre, el arbol, las madres con sus grandes agapes y los niños con las vacaciones, las celebraciones familiares, las felicitaciones, los turrones, pero sobretodo y en definitiva la esperanza de despertar la ilusión en los demás.
Que no se apague nunca.
Felices Fiestas
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