Por mucho que uno piense que la vida no te puede volver a sorprender, acabas sencillamente equivocado. Puede ser casualidad, azar, destino… O todo junto. No hay demasiada diferencia a no ser que alguien desde un lugar oculto entre nosotros tenga ya de antemano y por escrito nuestras vidas. La novela de nuestras almas capítulo a capítulo.
No lo ves venir. Aparece. Sucede. Como de forma caprichosa. Y va fluyendo casi de forma imperceptible. Hasta que en algún momento llegas a preguntarte cómo es posible que haya sucedido algo así. “No pienses, actúa”, decía Barney Stinson en HIMYM. Es lo que haces inconscientemente. Te dejas llevar porque no era nada previsto. No habías conectado alarma alguna en el móvil para que un día concreto despertaras con esa intención. Nada de eso. Todo lo contrario.
Lo
inesperado cambia nuestras vidas. Son como accidentes afortunados que suelen
ocurrir más veces en las películas que en la vida real. O quizás eso es lo que
suele pensar la gente. Porque detrás de cada aventura vive un origen. Aquello
que en las facultades llamarían explicación. O causa de. Pero la clave no es
sino el camino. Lo que recorremos es lo que pasa a la historia. Aquello que
siempre recordaremos.
Notas
como si algo fuera creciendo en tu interior. Que te sientes distinto. Hacía
tiempo que no respirabas esa fragancia aunque sabes que no es la primera vez.
Igual que no existen dos personas idénticas, nada se repite de la misma forma
en tu vida. Afortunadamente. Pero cuando no buscas algo, es como si todo
supiera mejor. Porque es como haber encontrado motivos para sonreír a diario.
Te
llevas su olor, su mirada, su sonrisa. El roce de su piel. El tacto de sus
manos. Así es como tenerla siempre que quieras a tu lado.
Hasta
que te das cuenta. Ha pasado el tiempo de verdad. Tan rápido… De nuevo solo. Y
no deseas sino volver a ver esos labios que dibujan magia.

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