Ayer domingo el carlino me despertó temprano para que lo sacara a pasear. Parecía algo intranquilo e inquieto, como si quisiera más de la lasaña que había sobrado del día anterior. La verdad que al final había quedado muy rica. Para chuparse los dedos.
El carlino sonreía reluciente mientras movía sus caderas, es un decir, por las desoladas calles de esa mañana dominical. Una como cualquier otra en alguna urbe del planeta. O no. El aroma entre aquella solitud y ambiente algo desangelado parecía sugerir precisamente lo contrario. Que no era una fecha cualquiera.
Mientras paseábamos, se le antojaron unas de esas chuches con las que de vez en cuando le obsequio. Si se lo merece. Y es que si ingiere demasiado, le suelen sentar mal. Sí, seguramente es cierto aquello de que el perro se acaba pareciendo inevitablemente a su dueño. De hecho, no son pocas las ocasiones en las que andando junto a él me fijo detenidamente en el resto de parejas callejeras de baile y me pregunto: ¿son los perros los que acaban siendo casi idénticos a sus propietarios o viceversa? Fíjense, de verdad. Sobre todo en lo físico y en la forma de caminar. Como las tiendas estaban aún cerradas, se quedó sin chuches. Gruñó descaradamente y le llamé la atención por ser tan sibarita en esas circunstancias. Debía ser más comprensivo.
De vuelta a casa, me explicó por qué había amanecido algo traspuesto. Decía que te quería conocer. Que tenía ganas de verte. "Si estás así de feliz -solo hace falta verte esa sonrisa boba, agregaba el canino- debe ser por algo especial". Yo le conté que lo era, desde luego. Que no sabía cuando la iba a poder conocer pero que no se impacientara. No llegó al portal demasiado convencido con mis palabras y trató de persuadirme con esa mirada a medio camino entre carlino de toda la vida y el gato con botas de Shrek. Qué de injusta es la vida ante situaciones así, de veras. Uno no puede hacerse el duro ni el interesante demasiado...
Le conté cómo nos volvimos a conocer. Porque en cierta forma era así. De lo curiosa e inesperada que resultaba la vida en este tipo de asuntos. Y, al final de mi historia, me miró fijamente para dejar en el ambiente con un suave, pausado y dulce ladrido: ¿Destino o azar?
No pude sino sonreír de forma pícara y acariciarle el lomo justo antes de iniciar una de nuestras pequeñas guerras entre perro y humano. Hasta que él acabó rendido. Levantó una banderita blanca en su zona de defensa y con el hocico como única referencia me avisó que se iba a dormir algo. En el fondo quiso decir perrear. Entonces me estiré sobre el sofá mirando al techo. Allí estabas. Me sentía feliz.

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