El parque estaba muy cambiado. O no lo recordaba así. Multitud de chiquillos corriendo arriba y abajo hacían de la soledad una carga menor. Casi imperceptible. Pero ahí estaba. Tratando de buscar algo. De encontrarse a sí mismo. Buceaba en su interior intentando averiguar por qué había llegado hasta allí. Las razones que le habían conducido a aquél lugar. Parecía un capricho del destino demasiado jugoso para ser real.
De repente, empezó a llover con intesidad. Cada gota que saludaba desde el firmamento iba a convertirse en una lágrima de nostalgia y profundo anhelo. Justo como la última vez que había pisado el parque. Cuando llegó inevitablemente el invierno. Y terminó todo. Lloraba y llovía. Y no sabía por qué.
Como no tenía paraguas, puesto que el último lo había perdido en el metro, se apresuró a salir de ese entorno al aire libre. Hasta que se encontró refugiado en el centro comercial más próximo. Suerte que están abiertos a todas horas prácticamente, pensaba para sí mismo. Pasados unos minutos de rigor hasta acomodarse de nuevo para seguir reflexionando en silencio, decidió entrar en el FNAC. Y se dirigió a la sección de libros. Una de sus aventuras favoritas era perderse entre ese océano de títulos y variopintas portadas. No con propósito de acabar comprándose alguno sino como un ejercicio de evasión. Algo así como soñar despierto.
Entonces, cuando ya emprendía la salida, chocó accidentalmente con una joven. Apenas se podía adivinar su cabello a medio camino entre lo castaño y lo rubio puesto que portaba una gorrito beige. Un detalle que la hacía tremendamente sugerente. Atractiva. Se disculpó ante el chico por su torpez y rápidamente siguió su propio camino. Pero él la detuvo con un espera bastante rotundo. Fue en ese instante cuando descubrió que llevaba en la mano un libro. No uno cualquiera. Le preguntó dónde lo había encontrado, si no le importunaba en exceso la cuestión, y ella amablemente le indicó. Sin perder el tiempo fue al encuentro de esa deseada obra. Pero esta vez fue la joven quien no quiso perderlo de vista y le detuvo.
- ¿Ya has leído este libro, no? -se interesó.
- Digamos que sí... Lo escribí yo - replicó.
- ¡No, de ninguna manera! No lo puedo creer - se sorprendía entre una impresionante niebla de incredulidad.
- Pues empieza a creer. El autor de esa breve novela que tienes entre manos soy yo.
Ella lemiraba atónimanete. Claramente la persona que tenía a escasos metros tenía un aire con la imagen más jovial e imberbe de la contraportada. Abrió una página al azar de libro y le retó a que recitase y recordara ese fragmento. Él vaciló un poco al inicio y se excusó con que había pasado el tiempo. Y que no quería viajar atrás en el tiempo. Es pasado, logró balbucear finalmente. Pero la joven no quiso darse por vencida y necesitaba convencerse de que efectivamente aquél chico treintañero era la persona que decía ser. Pasaron unos segundos mientras se miraban en silencio hasta que él empezó:
Cuando la vida se viste de rojo no eres consciente. Se pone ella el traje mucho antes de que lo adviertas. Solo sientes la llama de ese fuego incandescente que no deja de arder en ti. Una sensación única que crece día tras día, cuando la ves y estás cerca de ella. Cuando la notas dentro de ti. Cuando tus labios son sus labios y tu piel es su piel. Nada más importa. Que no se extinga es tu deseo. Que el rojo sea para siempre el color del amor, el sexo y la pasión. De tu vida y la de ella, juntos. Buscando en cada segundo compartido la eternidad.
Era el final de la página 73.
Ella se quedó más alucinada por la sensibilidad cómo pronunció ese abanico de frases que encerraban tantas historias juntas que por el hecho de recordarlo todo. Tanto que perdió algo el pulso y la fuerza en las manos, de manera que la novela se iba a desparramar contra el suelo sin remedio. Pero su autor, el joven destartalado que otrora había desprendido algo de brillo con su pluma, ágil de necesidad, evitó que sus palabras chocaran contra el tapiz del comercio.
- Toma. Esto es para ti. No lo pierdas ni lo dejes caer de nuevo. Es probable que la próxima vez no esté yo para cogerlo - le guiñó el ojo.
- Ehh...Gracias... - no se atrevía a pronunciar su nombre.
Se quedaron mirando ambos mútuamente con una suave capa de magia a su alrededor. Como si en aquél preciso momento estuvieran solos en el universo con todo el cielo estrellado. Sonrieron. Ella le preguntó si se volverían a ver. Él dijo que se encontrarían de nuevo. En el mismo lugar y a la misma hora el siguiente sábado. Porque el destino así lo había querido.
Pasó una semana y el joven se acercó no exento de nervios a su cita. Pero por mucho que esperó no llegó nunca ese día la dulce chica del gorro beige. Ni a la semana siguiente. Ni a la otra. Ni tampoco a la que siguió después. Hasta que ya casi sin esperanza, decidió que dos meses después sería la última vez que iría al encuentro. Esta vez ya estaba ella allí, aún más atractiva que la primera vez que coincidieron.
- Siento el retraso - se disculpó con sinceridad aparente.
- Solo he esperado un mes y medio para volverte a ver. No es tanto - ironizaba el chico sin ganas.
- Bueno en realidad quizás hemos esperado más. Ambos. No solo tú.
- ¿Qué quieres decir? - se sorprendía con el tono de la chica.
- Antes de nada, debes saber que sí he venido todos los sábados. Igual que tú. Pero me dediqué a observar en la distancia porque no estaba segura de que fueras a venir todos los días.
- O sea, me has ido poniendo a prueba semana tras semana...
- Algo así, pero por favor, no te molestes.
- No entiendo nada, como no quieres que me moleste si me he sentido muy ridículo todas estas tardes pasadas. Solo. Perdiendo la ilusión de que pudiera volver a mirarte a los ojos.
- Las cosas no son tan sencillas - continuó con un tono misterioso.
- ¿Qué quieres decir? - casi le cortó la frase.
- Soy yo, cariño. Soy yo.
A él se le paró literalmente el corazón. No era posible. Comprendió al fin que tenía ante sí la razón por la que había escrito Cuando la vida se viste de rojo hacía casi 15 años. Pero ella parecía más joven y se había conservado mejor, justo como la imaginaba y describía en la novela. Era increíble. Se sorprendía de no haberla reconocido el primer día, pero el tiempo había pasado entre ambos. Demasiado. Y ella, dándose cuenta de que después de tantos años había vuelto a ver al chico que una vez deseó con tanta locura, quiso estar del todo segura antes de volver a enfrentarse con una parte de su vida que pensaba ya caducada. Olvidada para siempre.
Así que ahí estaban ellos dos. Unidos bajo el destino de una novela que había sido escrita en parte a raíz de la pasión que un día llegó a fluir entre ambos. Y, como si no hubieran pasado 15 años, se besaron apasionadamente hasta que la eternidad dijo basta.

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