Cuando era pequeño, como muchos otros niños a temprana edad, quería de mayor, ser futbolista. Ya desde chico me gustaba dar patadas a todo aquello que fuera o se asemejara a un balón. Mis padres no me inscribieron en el Bosco Horta de fútbol, el equipo del colegio, hasta segundo de Primaria. Querían que estuviera seguro de que me iba a gustar aquella actividad extraescolar en la que sumarían un nuevo esfuerzo económico. No se equivocaron. No me equivoqué. Aunque ellos sí que tuvieron que sacrificarse mucho. Fin de semana tras fin de semana.
En aquellos primeros tiempos, no sabía perder. Prácticamente como ahora. Eso realmente no ha cambiado demasiado. Aunque ahora uno es capaz de internalizar mejor las cosas y aceptar con filosofía que no siempre se puede salir victorioso. Un amigo de mi padre, cuando me cabreaba porque perdíamos jugando en el camping me llamaba Hristo, en honor del delantero búlgaro que marcó una época con el eterno Dream Team de Cruyff. Por otro lado, en el equipo, recuerdo que no fueron pocas las veces en que decidía tirar el brazalete contra el suelo tremendamente ofuscado y cabreado con el mundo cuando perdíamos. Aunque fuera tan solo en mi primera temporada...
Yo quería ser futbolista. Aunque sabía que costaría. Al empezar un año más tarde que el 75%-80% de compañeros de generación/curso tuve desde el inicio que demostrar mi valía y ganarme un puesto como el que más. Al inicio no resultó nada sencillo puesto que tuve verdaderamente la fortuna de nacer en un año mágico como 1988: gran cosecha en el colegio. Mucha competencia. Pocas escuelas de fútbol podían llegar a reunir tanta calidad en cantidad con niños íntegramente del colegio. Era tremendo. Con el tiempo, entre unas cosas y otras, en un margen de tres años desde que empecé, acabé siendo indiscutible para cualquier entrenador e incluso llegué a convertirme en capitán. Tenía fama de jugador disciplinado y ordenado. El responsable a seguir. Aunque no gozara de la excelsa calidad de algunos de mis amigos y camaradas en el campo.
Quería seguir siendo futbolista. Aunque, con el paso del años, comprendía que no iba a ser tan fácil como auguraba con 6 años. Además, los defensas no destacaban tanto. No era tan fácil marcar goles partiendo desde tan atrás y si recibías algún tanto en contra, te podías llevar las culpas por presuntamente no haber defendido bien. Los laterales entonces no estaban tan revalorizados como ahora. Con todo, algo más crecido, en segundo año de Cadete, logré marcar bastantes goles para lo que era habitual en mí. Aunque ya me falla la memoria en cuanto a la cifra exacta y quizás solo Will lo tiene apuntado en algún archivo excel de antaño.
Fueron los mejores años de mi vida en el colegio-fútbol. En promesas, pre-benjamín, benjamín, alevines, infantiles, cadetes...hasta juvenil. Llegué a completar el ciclo, 'retirándome' mientras terminaba primero de ADE en la Pompeu Fabra. En ese instante, ya sabía que no podía ser futbolista. Tenía más calidad que cuando empecé, muchísima más. Pero, en esencia, sentía la misma ilusión por el balón que el primer día de entrenamiento.
Y esa ilusión, conjuntada con tremenda pasión y compromiso, el que intentaba plasmar en el césped cuando jugaba en el Bosco, es el que mantengo. Por eso me da cierta lástima y mucha pena ver como, incapaz de haber podido llegar a ser futbolista, ese mítico sueño frustrado de juventud, un servidor acaba en ligas de aficionados donde algunas personas no entienden el juego y van más allá de lo deportivo y competitivo. No es el fútbol que yo he mamado, amado ni el que defenderé a capa y espada. No es el deporte que yo he tratado de inculcar a los críos que he tenido la suerte de entrenar estas pasadas cuatro temporadas. No es mi fútbol. Y hago esta reflexión porque esta noche me han podido partir la pierna y hacerme mucho daño jugando, no en una acción fortuita ni mucho menos, sino con toda la mala intención del mundo. No han sido pocas las jugadas de corte similar en que los contrarios han sobrepasado los límites. Y como me ha afectado a mí, le podría haber ocurrido a otro de mi equipo. O podrá suceder otro día si no se erradican actitudes así, que no son dignas de nada.
Puede que mucha gente no lo entienda, pero para mí el fútbol significa mucho. Trasciende más allá de la razón por todo lo que ha supuesto a lo largo de mi vida, en el mejor de los sentidos. Fueron muchas las victorias junto a mis amigos y compañeros, no pocas las ligas y los buenos resultados que celebramos, pero sobre todo el mayor triunfo fue poder disfrutar como un chiquillo haciendo lo que más me gustaba: jugar a la pelota.
Por eso, tanto a quienes empiezan desde pequeños a practicar como a los formadores/entrenadores de base, no dudéis en incular el noble espíritu competitivo del fútbol. Que el compromiso, esfuerzo y solidaridad con unos valores colectivos estén presentes así como la atención a las necesidades y características de cada individuo/jugador.
Porque, en esencia, el fútbol es vida. La vida es fútbol. Y quiero seguir disfrutando. Igual que cuando era un chiquillo.
1 comentario:
Excel.lent article. El subscric amb totes les lletres, després de què el passat dissabte em fotessin un parell de viatges descomunals!!
Josep Rochés
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