He divisado a lo lejos un jardín. Como una extensa verde pradera de coloridas flores y traviesos insectos que adornan sus pétalos en busca del ansiado néctar. Revolotean agitando intensamente las alas y sin rumbo preconcebido. Se dejan, simplemente, llevar. Sus impulsos los guían tal y como nosotros a veces hacemos cuando es el corazón quien coge las riendas. Igual que algunas golondrinas recién llegadas que dibujan la alegría con sus vuelos al tiempo que gorjean animadas unas con otras. Celebrando la esperada buena nueva.
Ya lo veo algo más cercano. Puedo intuir un aroma fresco de eterna juventud entre aquellos retales naturales policromados. Como si aquellas flores parecieran tener el secreto de poder existir para siempre. Ad eternum. Uno de esos deseos que casi todos hemos imaginado alguna vez.
Puedo respirar la brisa que me conduce hasta allí. Tan cerca... Que ya lo siento. Es un jardín precioso. Un laberinto de olores y sensaciones donde perderse es una excusa para cambiar de camino. Ahí es donde dejarse llevar suena demasiado bien. Sobre todo cuando el mediodía acompaña tus pasos en busca de una tarde que nunca quiere terminar. Los días que se alargan y las estrellas que tienen más horas de vacaciones. Aunque por la noche tanto ellas como la bella Luna siguen siendo las reinas indiscutibles.
Estoy estirado sobre amapolas, girasoles, margaritas y hasta geranios. Un naranjo me cobija con su sombra mientras unos esbeltos y firmes cipreses me recuerdan que estamos de paso. Transitando. Pero que merece la pena vivir el momento. Justo esos segundos. Aunque resulten efímeros. Allí tengo motivos para sentirme libre y liberado de cualquier carga. Y sonrío. Carpe diem.
Como aquél que sabe que está al llegar.
Porque, en efecto, he divisado a lo lejos un majestuoso jardín. Que se llama Primavera.

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