Cuando desempolvo la colección de trofeos de mi época en el Bosco -actividad que suelo hacer cada dos semanas-, una sensación de fragilidad hacia lo material recorre mis pensamientos. Esas copas están ahí día tras día en un rincón especial de la habitación. Pero apenas les presto atención. Son como piezas de un museo sin apenas visitantes. Sin embargo, lo que respira alrededor de esas insignias y reconocimientos viaja siempre conmigo. Son los múltiples recuerdos y vivencias, los sinsabores de la decepción y la dulzura del éxito. La experiencia al fin y al cabo de dos de las mejores etapas de mi vida: la primera como intento de futbolista que aspiraba a dedicarse plenamente a ello y la segunda como proyecto de entrenador de fútbol base. Las circunstancias y el destino hicieron posible que tanto en una como en otra fuera muy feliz. Porque más allá de las victorias que tuve la suerte de celebrar desde ambas perspectivas, me sentía auto-realizado. Satisfecho y orgulloso de mi trabajo.
Y detrás de todo ello imagino que yacía desde que era pequeño un compromiso. Una pasión visible para todos aquellos que me conocían, empezando por mis padres. No puedo negar que me encanta el fútbol. Que parece que con el paso de los años lo amo más si cabe. Y junto a aquél compromiso nacía un sueño. Ya no puedo jugar a ser futbolista ni tampoco aspiro a entrenador profesional. Pero por qué no vivir de lo que más me gusta y me llena, aunque sea por otras vías o medios. Este amor es algo in crescendo.
Puede que haya tomado decisiones personales y profesionales equivocadas a lo largo de mis 24 años -seguro-, pero en una vida cuyos giros en ocasiones son puros cisnes negros, debemos intentar ser dueños de nuestros destinos.
No será sencillo...mas algún día los sueños se harán realidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario