Casi 20 años después volvía con mis padres al sitio donde una simple caravana y avancé muy cerquita de la playa dieron paso a algunas de las primeras vivencias que recuerdo. Se llamaba Camping Disney; ahora Pla de Mar. Apenas tenía 7 años cuando fui por primera vez. Induráin ganó su último Tour de Francia y al año siguiente España quedó eliminada por penaltis ante la anfitriona Inglaterra en la Eurocopa. Recuerdo perfectamente ese día en el bar del camping y las penas máximas falladas. Ese sería el último de los dos veranos que pasamos allí, justo delante de la playa de Malgrat de Mar. Antes de que mis padres decidieran dar un paso más y se enamoraran de un camping en plena Costa Brava. Entre Santa Cristina d'Aro y Castell d'Aro. Decisión que con el paso de los años y en perspectiva, comparto y agradezco. No hay amor más duradero que con la Costa Brava y l'Empordà. Allí vendrían los mejores veranos de mi infancia, cuando me convertía en un auténtico conguito de mofletes graciosos y silueta regordeta. Cuando aún soñaba con ser futbolista o ciclista, emocionado en mi mountain bike e idolatrando al teutón Jan Ullrich. Y cuando alemanas, belgas y holandesas formaban parte del paisaje. Con las hormonas poco a poco llamando a la puerta.
Quería decir en realidad que el miércoles volví con mis padres al camping de Malgrat de Mar. Y sí, es cierto. Todo ha fluido y muy poco ha permanecido pero unas horas fueron suficiente para volver a recordar todo aquello.
Los paseos en la bicicleta sin marchas de punta a punta del camping. En su momento me parecía equivalente a la distancia de una maratón. El otro día, caminando, me reí mucho al rememorarlo. Cuando acompañaba a mi padre, también en bicicleta, a comprar tomates y fruta a un agricultor de ahí al lado que dios sabe si sigue viviendo. Los primeros piques y enfrentamientos competitivos con mis primos Isaac y David, casi como dos hermanos para mí durante gran parte de la infancia. Los primeros pelotazos y afán por ser futbolista, incluidos partidillos con los mayores en los alrededores del camping y en la misma playa. Como nunca he sabido perder y menos cuando era chiquito, un amigo de mi padre me bautizó como "Hristo" o "Stoichkov", en honor al que era mi ídolo del Barça. Tanto si perdíamos como si no me pasaban la pelota, me sentía vacío y frustrado y me enfadaba con el mundo. Esas rabietas equivalentes a las del jugador búlgaro en el campo duraron bastante. Se han prolongado mucho en el tiempo. Todavía sigo transformándome cuando juego a fútbol o practico algún deporte. Soy muy competitivo cuando de hacer deporte se trata y siempre quiero ganar.
En el camping de Malgrat recuerdo que también vinieron algunas semanas mi tía Antonia, que me había cuidado de pequeñito mientras mis padres trabajaban, y el tío Fermín. Muchas mañanas el tito se levantaba antes del amanecer en busca de moluscos. Cogía la bici y se perdía hasta bien entrada la mañana. Luego regresaba feliz y dicharachero enseñando lo que había conseguido. En Blanes, si no me equivoco, vivía su madrineta. De ahí que toda esa zona para él tuviera un gran valor personal. La especialidad de mi tío Fermín siempre ha sido la paella, y el camping no representó una excusa para no hacerlas. Todo lo contrario. Además de las primeras barbacoas, acontecimientos por los que sí siento gran devoción. Las primeras sandías, melones... Mis padres me invitaban a probar y comer de todo pero yo era algo caprichoso, sobre todo al principio, y me negaba a comer según qué si no me entraba por la vista.
Hicimos algunos amigos allí. Una de las mayores atracciones entonces era ir a coger sapos y renacuajos. Mis primos al margen, el resto de amigos no eran especialmente futboleros, cosa que yo no entendía. Pero me adapté. Había tiempo para buscar animalitos, bañarse en la cutre piscina de la entrada y para jugar a las primeras videoconsolas. Con Iván, un chico mayor que tenía algún tipo de discapacidad cognitiva -no muy elevada- hicimos muy buenas migas. Era un viciado de los videojuegos y nos enseñaba sus recursos. Reconozco que mis primos eran más avispados con este tipo de entretenimiento y sumaban más paciencia y dotes que yo, mucho más limitado y restringido a los juegos de deporte (fútbol). Con Iván jugábamos a la Mega Drive. Lo recuerdo como alguien bastante friki en cuanto a aficiones y gustos pero un chico muy majo, todo corazón. Era algo infantiloide por su discapacidad. Nosotros le picábamos mucho cuando empezábamos a cantarle "Iván, Iván, Iván de la Peña... que nunca se peina. Iván, Iván, Iván de la Peña..." Lo cierto es que al tiempo que canto esto mismo en mi cabeza suelto un par de carcajadas limpias. Más que a los amigos no futboleros que intentaban levantar un zoo dentro del camping, al que eché más de menos cuando nos fuimos fue a Iván. Eran amigos de verano, de pocas pero intensas semanas. Sales pronto con la bici después de desayunar y no vuelves a tu parcela hasta la hora de comer. El camping era sinónimo de diversión y libertad.
Casi 20 años después. Eran las 5 y media de la tarde. Convencí a mis padres para un "selfie". Al ver la foto me pregunté que por qué diablos ya no estaba tan moreno como de pequeño. Y contemplé la infinitud y eternidad del mar por unos minutos. Recordé parte de lo que aquella playa y entorno habían significado durante dos veranos hace tantos años. Y vi a mis padres felices. Habíamos cambiado físicamente pero en esencia seguíamos siendo iguales, discutiendo por las mismas cosas que hace dos décadas. Dónde aparcar, dónde comer, dónde sentarse -ojo a las corrientes de aire-, dónde poner la toallas... Me sentí de repente muy feliz y agradecido por el clima que habían creado a mi alrededor y todo lo que me habían ofrecido durante todo este tiempo.
Siempre que miro al mar pienso. Pienso mucho. Me quedo en silencio y reflexiono. Aquel azul de Malgrat me llevó a parte de mi infancia, al puerto de Blanes con aquellos pez espada que me encantaba ver y fotografiar, al día en que tras una fuerte lluvia y sin sol me bañé en calzoncillos con mi tío Juan y a mi padre casi le da algo. Ese día el agua estaba más calmado y transparente que nunca. Seguía mirando al mar. Años atrás hubiera sido imposible imaginar muchas de las cosas que habían pasado. De hecho yo creo que mi única preocupación entonces era ser futbolista.
Casi 20 años después. Todo había fluido y poco había permanecido. Pero ahí estábamos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario