
Observando la obra El Verano de Caspar David Friedrich, excelente artista romántico alemán, vemos a una pareja de enamorados regocijados en armonía con la Naturaleza, nuestra matria más antigua (en oposición a patria.) Nada parece atreverse a perturbar ese momento de goce que no rebosa sino ser una esencia eterna en sus vidas, y lo que les rodea constituye un todo ambicioso con aromas paradisíacos que bien pudo imaginar Rousseau.
En ocasiones la vida es eso precisamente, un instante en el cual por los motivos que sea nos hace felices en el amplio sentido de la palabra, sin frivolizar. Pero cada vez más parece ser que estos reductos de máxima felicidad son menos y menos porque además de estar destruyendo el mundo que nos rodea de maneras bien distintas (hay para todos los gustos y paladares selectos), cada vez somos más ajenos a la verdadera realidad nuestra, y es que formamos parte de un sistema globalizado y globalizador en el que nos hemos convertido en una pieza más de un engranaje en el que los poderosos y la mass-media son sus ejes fundamentales. Y esto lo que provoca es que entremos a formar parte de lo que creemos como la vida misma, la realidad en sí, pero no es sino una aparente y falsa realidad en la que nosotros los seres humanos no somos humanos, más bien y en muchas ocasiones máquinas monótonas desprovistas de toda moral, ideología, principios políticos, sociabilidad, y claro está, humanidad, aunque suene a redundancia, que nos creemos y adoptamos todo lo que nos venden.
Los incendios en Galicia son una muestra de hasta dónde puede llegar la perversión del hombre; las continuas e inacabantes guerras que azotan medio mundo y parte del que no vemos, las cuales con falsas treguas no hacen sino poner punto y seguido a lo que está de nuevo por venir: muerte y más muerte, de civiles/inocentes (mal llamadas víctimas colaterales, concepto eufemístico del clan de la Administración Bush Jr.), así como de militares,etc. A un humilde servidor le gustaría un mundo sin ejércitos ni... ni... tantas cosas que no resultarían más allá de una utopía de un loco soñador, pero los locos siempre dicen la verdad, ojo.
Eran solo un par de ejemplos de cómo de bajo podemos llegar a caer para difícilmente muchos poder levantarse, poque la bola de nieve se convierte más y más grande, y esto no para. En ocasiones metafísicas me gustaría frenarme en seco en el lugar que tocase y gritar a nuestra querida Tierra: ¡Stop! Suerte que existimos almas perdidas en la verdadera realidad y que al menos intentamos no caer en el vacío más abrumador y que probamos de responder y resolver ciertos interrogantes, siempre desde nuestra óptica, la de un loco soñador. Mientrastanto me adentraré en el cuadro de Friedrich a dar un paseo por su atmósfera veraniega y a respirar aire puro de verdad.
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