
Un reposo del artista a medio trecho. Una mirada hacia el cielo, que asimismo descansa bajo el altar lunar, la cual observa impasible el curso de la noche. La lluvia del día ha traído frescor ambiental a nuestras almas, ha purificado gran parte del campo contaminado días atrás. Ha delegado ese agua nueva vida tras nosotros. Precisamente de la vida merece hablar en esta entrada madrugada. O de la muerte.
Murió uno de esos tiranos, dictadores que deja la historia, como tantos ejemplos desgraciadamente han vivido, vivimos, viviremos (espero estar equivocado.) Simplemente comentar que cuando alguien fallece se debe hacer un juicio fundamental acerca del legado que nos brinda. Pinochet, como otros anteriores de su calaña, no ha dejado sino muerte, sufrimiento, dolor, inhumanidad, todo aquello que podemos enmarcar en valores contra la naturaleza del propio individuo. En cambio qué grande la obra de aquellos que al marcharse no han hecho sino reforzar aún más el amor por esta vida, por la humanidad. Efectivamente, el tesoro que de ellos hemos heredado es la vida misma, desde Jesús de Nazaret a Gandhi. Y por suerte son millones las personas anónimas que cuando abandonan las costumbres de los vivos han sembrado la tierra de ideas fértiles, de progreso y amor, del futuro.
Para los que aún creemos en la utopía social, para todos aquellos que tienen fe, constancia. La verdadera revolución empieza dentro de uno mismo, sabiendo discernir el bien del mal, el amor de su antagónico. En tiempos que todo parece perdido, condenados al nihilismo implícito del sistema, a lo que denominan neoliberalismo, nunca será tarde para volver a levantarse. Más tarde o temprano se podrán gozar los frutos del árbol de la vida. Hoy me han recomendado las estrellas que cuente lo que aturdía mi pensamiento. Siempre intentaré dejar rastro de vida, mis palabras aunque el viento se las lleve serán recogidas por buen agricultor.
Tras el descansito breve se reanuda la marcha, retorna el artista a la eterna reflexión, a cerciorar el mañana. De repente, sus latidos son armonizados con otros también, los de una damisela que avanza por el bosque de ideas y verdor. Se miran los dos a los ojos, y los de ella transmiten lo indescriptible, lo que únicamente puede sentirse, ser vivido. Ha aparecido de los cuentos y ha trastocado al artista. Sus esmeraldas evocarían a Dafne, sus labios son el fuego vital. Deciden compartir ese momento con gran júbilo. De la unión surgen sencillamente cosas prósperas. De la unión no emana sino más vida, más amor.
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