
Hoy como el miércoles me acompaño del silencio en mi andada particular; en mi cruzada contra el sueño, el escaso descanso y el anhelo de lo que no está cerca, no está presente. Es cuando el tiempo se para, la respiración se congela y los búhos campan a su ancho antojo. Yo soy uno más cuán lobo que aúlla a través de las palabras, guiando en la oscuridad de la noche mis pensamientos, dejándome llevar por el corazón.
Así ocurrió el miércoles tras el seminario de Estadística. Las once de la mañana y un sol primaveral saludaban sin complejos, y decidí ir a dar una vuelta sin compañía por el paseo Marítimo, recorriendo las playas a mi paso. Entonces me paraba a mirar el horizonte, tan a lo lejos y a la vez tan próximo. La distancia se empequeñecía a la vez que la brisa mediana golpeaba mi tez, no tan morena como antaño pero pulcra y en ebullición introspectiva. Mis latidos marcaban al compás de las olas; siendo el ruido del mar, ese fragor eterno, algo que siempre agradeceré.
Conmigo mismo, reflexionando, quizás demasiado. Turistas apresurados, viejos jugando al dominó con malas pulgas y rabiando como un servidor cuando pierde practicando alguna actividad deportiva, gente aprovechando la mañana para correr por la arena y el mismo paseo, deportistas haciendo ejercicios físicos, muchos transeúntes solitarios como yo, que me recordaron los Pájaros de Barro de Manolo García: Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas, hoy rechazo la bajeza del abandono y la pena. Ni una página en blanco más. Siento el asombro de un transeúnte solitario..., miembros de unidades familiares desestructuradas que buscaban refugio en ciertos rincones de una gran ciudad, escondiéndose de su dura realidad y algunos que habían optado por desayunar con la vista al mar.
Cuando llegué al barrio de pescadores subí por comte Joan de Borbó para luego dirigirme a Marquès d'Argentera y enfilar hacia el parque de la Ciutadella. Había tenido tiempo conmigo mismo y lo que antes contemplaba era el reflejo de algunos episodios en mi vida, el horizonte temporal que marcaba el peso de las palabras, de las acciones. No quiero arrepentirme de nada y creo que a todos nos llegará nuestra hora, y que en la propia Naturaleza existe una justicia divina que acaba santificando las personas bondadosas y buenas y denostando los que hacen de la maldad y la codicia un desenfreno diario. Cambiamos. Soy el primero en asumirlo, pero el tiempo nos acaba poniendo en nuestro lugar. Quería estar conmigo mismo y por eso mis pasos me guiaron por donde fui. Tras meses repletos de contrastes aunque no sé qué rumbo está siguiendo de verdad mi camino, sé los rumbos y las direcciones que no está tomando, y que jamás quiero emprender.
Terminé recorriendo el parque de punta a punta y pasé por sitios que en otro contexto fueron especiales, quizás mágicos entonces. Ya no olían más que al recuerdo, a vivencias pasadas. Me tomé un respiro para fijarme desde la distancia en el Desconsol de Llimona, enfrente del Parlament. Salí para girar por Wellington y retornar a la universidad, aunque no tenía clases de nuevo hasta las dos y media. Llegué con la impresión de que me había servido de mucho. A veces los viajes con más compañía son los que uno hace consigo mismo.
El sol brillaba y calentaba, todo era más bello a mi alrededor y respiré hondamente con delirios de humildad, ansiando un futuro mejor y confiando en que las decisiones actuales prometieran unos rendimientos reales y prósperos a todos los plazos. Pero más que pensar en el futuro quería, quiero vivir día a día y seguir aprendiendo con todos y de todo, reírme más de mi persona que del resto y no dejando escapar la oportunidad de subirme a atracciones atractivas.
Hace un año estaba sumido en un letargo increíble, eclipsado por una lesión en el tendón de Aquiles de la pierna izquierda que puso en peligro la continuación de una de mis pasiones como el fútbol y que me dejó en el dique seco tres meses. Estaba en un invernadero sin incubar nada de ideas, alejado de todo. Un año después soy aquél con muchos de los mismos miedos, pero con más experiencia y saber hacer.
No importa que sea tarde cuando amanezcas sino despertar al fin y al cabo. Salir de la madriguera, ir a por alimento y repartir entre todos. Las palabras se las puede llevar la misma brisa que me acompañaba el miércoles, pero las ideas y las buenas intenciones ahí quedarán. Si a todo ello le añadimos algo fundamental como el ser pragmáticos, entonces la receta suena estupendamente.
El silencio ahora entona un himno nocturno y el tiempo reanuda su marcha.
Nota del autor:
Gracias a los que entráis a leer este blog. Lo agradezco mucho. Sois como he dicho siempre el motor por el que muevo toda la maquinaria pesada. Lo que también pediría es que si me escribís comentarios, aunque sean anónimos que los firméis al final o al principio, como queráis, para que pueda saber quienes sóis. La semana pasada alguien que supongo que me conoce lo hizo pero no adivino quién es.
Buenas noches
1 comentario:
Leyendo, cerré los ojos y me vi frente al mar. Nunca pude describir con palabras todo lo que sentía cuando paseaba por su orilla, pero tu lo conseguiste. Increíble!
Es la mejor medicina cuando crees que todo en tu vida se complica...
Te sientas en la orilla jugando con la fina arena fría mientras cierras los ojos y escuchas como las olas rompen con fuerza.
¿Entiendes ahora porque añoro su sonido,su fuerza, su brisa si no puedo bajar al paseo en mucho tiempo?
Un beso.
Patri
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