
La voz de Enya abrazaba y endulzaba las paredes de la habitación, de cielo azul, para formar un firmamento sin estrellas pero bello igualmente. Entonces preguntó por la eternidad. El silencio le contestó y ahí se hizo la luz. Surgieron las estrellas de la nada y se completó la creación de un Universo de Vida y Amor por todos los rincones.
Se arrastraba lentamente cuán herido por el combate o la guerra, con algunas cicatrices del pasado, cerradas pero no olvidadas. El olvido conduce a los necios al desprecio de la historia y la experiencia. Y tras dormir y despertarse renovado de energías y anhelante de alegrías dejaba atrás todo aquello que arrastraba como una losa. Pesaba demasiado como para seguir adelante. Necesitaba un punto de inflexión, saltar un charco lo suficientemente largo como para ganar en confianza y amor por sí mismo.
Sin aroma ni reminiscencias a alcohol, con horas de descanso por delante, esperanzado, famoso por un día. Se miraba al espejo y la barba había desaparecido como la gomina había hecho ya un mes ha. Entonces deseaba solo una cosa. La deseaba a ella. Sentirse vivo y glorioso para siempre, poner fin a la renuncia a la vida. Ser eterno para siempre.
Quería trasladarse al lugar que distingue a los dioses de los humanos, a los héroes de los ciudadanos, a las leyendas de lo trivial; allí donde uno nace cada día y contempla el más bello amanecer que se pueda esperar; allí donde los sueños se hacen realidad; allí donde la noche y el día son un mismo ser de dos caras; allí donde las corrientes de agua vital fluyen a destajo; allí donde vemos lo que deseamos; allí donde el hombre deja de ser hombre y se convierte en un ser eterno.
En esta noche apacible que aguarda un futuro increíble lleno de ilusiones, esperanzas y también claro temores, había encontrado espacio para sí mismo. Al cielo quería ir entre los vivos y permanecer para siempre con esa voz sazonando el paraíso, con esa melodía eterna que era vida.
Buenas noches.
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