Me encuentro sumido en una sublime espesura de nocturnidad, quieto ante algunas señales que marcan distintas direcciones. Al final decido seguir el rumbo que dicta mi corazón, y me vuelvo impulsado por algo incierto, hasta cierto punto azaroso, que no sé dónde me llevará. Por ello decido desplegar mis alas y revolotear hasta alcanzar una altura que me permita nadar por los cielos con serenidad y de forma sostenida.
Y en medio de la noche con la vista puesta entre las sábanas se hacía patente que la vida era así, que había algo de mágico en todo, en cada libro, cada tejido, cada bolígrafo, cada cadena, cada pulsera, cada póster, cada recuerdo, cada deseo instantáneo. Dudaba de la gasolina que me quedaba en depósito pero el ritmo no era muy frenético y podía aguantar hasta antes de quedarme dormido. La espalda dolía, y bastante, tras días de poco descanso voluntario, cuando localicé desde las alturas algo indescriptible, plenamente bello, lo que todos anhelaríamos. Sólo se podía sentir, con lo que bien orgulloso estaba. Me moví hacia ello sin vacilar y ahí en frente cara a cara los dos. Sonreímos a la vez cuán espejo se tratara, y vi mi rostro en lo suyo. En lo etéreo, lo eterno, lo abstracto, la esencia. En mi alma.
Así era que ella leía cuando yo escribía, cantaba cuando componía canciones, anochecía cuando amanecía, descansaba cuando me agotaba, se iba cuando venía, estudiaba cuando esperaba resultados, volaba cuando nadaba, cortaba cuando pegaba, escuchaba cuando hablaba, comía cuando reposaba, maullaba cuando ladraba, se vestía cuando me desnudaba, se liberaba cuando yo me encerraba, reía cuando yo lloraba, jugaba cuando yo arbitraba, ordenaba cuando obedecía, gritaba cuando yo callaba, caminaba cuando corría...
Pero ese cruce entre yo y ello, no había sido por casualidad. Nada en la vida pasaba porque sí y el destino rara vez no ofrecía nuevas oportunidades, nuevos caminos; abría puertas, horizontes modernos por estrenar, y de nosotros dependía subirse a ese carro o no. Vuelas y dormitas en la metafísica del alma, en tu puro interior, y te das cuenta de qué es lo que te gustaría, qué es lo que desearías en estos momentos.
Reanudé el vuelo tras ese encuentro fugaz pero intenso y llegué a tiempo para dormir sobre mi lecho escogido, una vez había navegado en el fondo de mi propio alma.
Todos tenemos en nuestro interior algo que nos conmueve y que nos motiva. De vez en cuando, noches como las de hoy, merece la pena viajar a ello para afirmar qué es lo que queremos y darnos cuenta de que la vida nos ofrece día a día trenes que no hay que dejar escapar, y que debemos aprovechar al máximo todo lo que tenemos, y pelear por aquello que de verdad deseamos.
Solo así la vida sigue su curso, solo así el agua vital recorre por el alma de todos nosotros. Solo así merece la pena vivir, repleto de ideas, ilusiones, sueños y metas. De un porvenir. De darlo todo para que los que detrás de ti vengan disfruten de esta tierra en su esplendor y gloria habiéndote sentido importante y útil para la humanidad. Por la vida.
2 comentarios:
... Sin nada que nos frene, dejando atrás los miedos que nos impiden avanzar y disfrutar de todo lo que nos rodea...
Llevo semanas reflexionando sobre esto.¿Cuando seré capaz de andar sin miedo?¿Alcanzaré mis sueños o los dejaré atrás?
Sigo pensando en ello.
Un beso.
Patri.
"...darnos cuenta de que la vida nos ofrece día a día trenes que no hay que dejar escapar, y que debemos aprovechar al máximo todo lo que tenemos, y pelear por aquello que de verdad deseamos."
Eso es el tren que no se coge no vuelve a pasar, y siempre queda la duda de que habrías encontrado en él y en su destino, aunque no lo cojas te quedas, quieras o no,en mayor o menor medida, anclado a él. En cambio, si te subes, aunque sea una decisión equivocada siempre encontrarás trenes de vuelta. Pero nunca podrás volver a tomar el tren que ya se marchó.
Ganas más aun escribiendo en primera persona ;)
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