
Casi 8 minutos de camino pueden ofrecerte un universo único, orgulloso y seguro de sí mismo, ante su apariencia y sumido servilmente en su esencia.
En apenas 120 segundos uno recorre con la vista hacia arriba en dirección a las iniciales, empinadas cuestas que inundan Roquetes. Antes de llegar a su casi nueva parada de metro que pronto cumplirá un año, destaca la famosa plaza del cenicero. Lugar de encuentro y desencuentro entre jóvenes y no tan jóvenes por el día, desgraciados y no tan desgraciados por la noche, las gentes que allí acuden se van sucediendo jornada tras jornada de forma implacable. La misma gente en las mismas posturas, los mismos gestos, las miradas vacías, la evasión de un entorno que no les resulta favorable y contra el que luchan por omisión. Por los olores que allí se reúnen sería quizás bastante acertado referirse a ella, a la plaza, como la plaza de los porros. Sin eufemismos, e ironías aparte, lo cierto es que ceniceros no se ven ahí para poder depositar las colillas... Pero el nombre es acertado, porque es un rincón donde la gente deposita día tras día, atardecer tras atardecer, sus propias cenizas, de una existencia que les es vana y muchas veces odiosa; allí incomprendidos, fumando, riendo, jugando.
Los bancos de la parte norte están reservados para las madres, allí sentadas mientras charlan con las suyas, observando a sus niños y niñas disfrutar del tiempo libre. Seguramente esos pequeños, esas pequeñas, serán en el futuro los nuevos inquilinos de la parte sur, donde el olor a chocolate es más punzante.
Tres ascensores aguardan tras picar; una auténtica innovación y una suerte en estos lugares apartados de la capital. La periferia urbana agradece que en medio de calles tan empinadas y olvidadas por los propios habitantes de otros barrios y distritos de la ciudad, llegue el metro. En cinco segundos o menos, es imposible descifrar la velocidad, uno desciende hasta los andenes de la trivialidad, otro de esos lugares de reunión y encuentro. Un punto en que gente desconocida realiza el mismo hábito de subirse al metro en busca de un destino conocido. Es poco menos que un ritual que se repite por muchas personas a la vez con el único e imprescindible matiz de que unos de otros se diferencian por el interior. De fachada, todos hacemos lo mismo. Pero dentro de nosotros llevamos cada uno la carga correspondiente de nuestro corazón y alma, arrastramos nuestros sueños y esperanzas con mayor o menor fortuna, y aparentamos confianza y seguridad en nosotros mismos desafiando con la mirada al resto de mortales que pretenden subirse al vagón.
Esos trenes son los únicos que inevitablemente no dejamos escapar, y la rabia es máxima cuando llegamos unos segundos tarde y las puertas ya no se abren. A veces incluso parece que el conductor lo ha realizado a drede. Los metros de la 3, de la verde, suelen ser todos muy modernos, nada que ver con las atrocidades que sufrimos los también usuarios de la 4, la amarilla, que si bien es cierto que van añadiendo de los nuevos y mejores, aún padecemos trenes de la edad paleolítica del transporte público metropolitano. En las primeras paradas no nos reunimos mucha gente. Cada uno comprende su espacio y lo habita con suma perspicacia e incluso vanidad. Como mi trayecto es corto en este caso, tan sólo tres paradas, me planto en seguida en mi destino: Mundet.
Esos vagones me llevan siempre que me subo a ellos a entrenar. No los puedo dejar escapar porque es una obligación y estoy comprometido con ello. En cambio otros muchos trenes se nos aparecen día y noche, nublándonos algunos hasta la razón y causando ceguera en todos nuestros sentidos. Es difícil discernir sobre la calidad de los trenes. En cuál subirse y en cuál no. Es fácil tras dejar escapar alguno que llame el arrepentimiento a tu ventanal. Pero así es la vida desde siempre y así seguirá girando.
Dicen que no merece la pena arrepentirse ni de los actos pasados ni de los que no llegaste a cometer. Lo pasado, pasado está. De otra manera podríamos enfermar de locura e insensatez.
Una locura e insensatez que me lleva a pensar en los políticos, pero eso ya sería otra historia demasiado cruda y por infortunio, muy real y diaria. Ahora que de nuevo han venido a golpearnos con Gran Hermano (ya por el 11), estaría bien encerrar a algunos cuantos de la clase política en una casa así, con o sin cámaras, no durante un tiempo determinado, sino de forma indeterminada, porque así servirían mejor a los intereses de las humildes y honestas gentes del país.
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