4.2.12

El carlino que soñaba conquistar una princesa


El carlino tiene frío. No nació en Siberia. Ha dejado dormirme unas benditas 12h aunque me recrimina que mis ronquidos han superado en decibelios a los suyos. 

-Yo no ronco, ya lo sabes -le digo. 
-No seas tozudo, Jordi, te escucho cada noche suspirar de dentro hacia fuera -ladra dulcemente.
-Qué cosas tienes, de verdad... -me resigno.

A diferencia de él, que ronca como un cosaco y muchas noches no le dejo que venga a la habitación a compartir mis sueños. Hoy me cuenta que se ha despertado temprano, con frío, pero como le he ignorado profundamente con mi mente en una tierra con castillo y princesa, ha estado dando vueltas por toda la casa. Los rayos de sol eran jugosamente sublimes y magnánimes a pesar de rozar los 0ºC. Entonces se ha refugiado en uno de sus sitios favoritos cuando no está contándome historias de su vida y hazañas, ya sea en otras vidas o la perruna que comparte conmigo. Es una especie de hueco adaptado para él en la entrada de nuestro pequeño pero coqueto balcón donde algunos geranios andaluces y cactus de los más exóticos respiran vida todo el año. Desde allí siempre contempla atento el paseo anodino y lento de los ancianos, el frenesí de unos adolescentes que bajan en monopatín con demasiada temeridad y las riñas entre parejas jóvenes que han sido padres precoces. Al final, me cuenta, la víctima es la inocente criatura, como siempre. Una pena.  

Pero, además de describirme lo que observa, me confiesa que desde ese rincón rodeado de plantas es feliz porque puede fantasear sin parar. De un tiempo no muy lejano hacia el presente, el barrio ha experimentado la llegada masiva de nuevos vecinos: desde carlinos como él a sobre todo, abrumante mayoría, bulldogs franceses. Dice que una vez se quedó prendado de una hembra de las segundas. Y que por eso estuvo un par de semanas muy pesado e insistiendo en ir a pasear por la parte alta de Roquetes. Que allí parecía seguir su rastro. 

Aunque el carlino es enamoradizo de serie. Desde bien cachorro. Por eso a veces no le tengo en cuenta según qué historias. Cuando finalmente me desperezo le invito a salir a la calle pero me mira con cara de can sarcástico y me lanza una mirada peligrosa: 'Estás loco, con el frío que hace paso'. Hago un ademán de incomprensión hacia el animal: 'Como quieras'. Así que vuelve a su mágico escondrijo donde todo es posible y, tras unos minutos, cuando estaba empezando a preparar la comida sabatina (arroz con tomate, huevo frito y proteínas cárnicas), escucho un ladrido sugerente y animado. En dos segundos lo tengo delante mío agitando la cola sin parar e implorando para salir a la calle. Me rindo en menos que canta un gallo al amanecer y salimos, nunca mejor dicho, a tomar y sentir el aire fresco en nuestros rostros. 

Entonces, nada más levantar la mirada tras cerrar la puerta de casa, veo ante mí una esbelta figura femenina. Ya he perdido al carlino, que ha encontrado a una hembra de las suyas para jugar con el olfato. No puedo ni parpadear. Y,como quien se cerciora de algo que pasaba inadvertido, la chica se gira hacia donde me encontraba y me sonríe. Le devolví el gesto pero con menos belleza plástica y encanto. Touché. Mi carlino y la suya estaban jugando al gato y el ratón así que ella se acercó un poco hacia mí:

- Parece que se gustan -empezó.
- Sí, un poco. Si yo te contara por qué hemos acabado bajando... -intenté hacerme el interesante.
- Ya sabes como son ellos, a veces tan impredecibles.
- Como nosotros...
- Un poco. Pienso que a veces tendríamos que dejarnos llevar más por los impulsos y lo que nos viene de gusto.
- ¿Cómo por ejemplo?
- No sé, ¿en qué piensas tú?
- Pues en que deseo que no sea la última vez que nos veamos.
- Eso está hecho.

Y así, en una mañana de sábado con temporal siberiano en la ciudad, todo empezó. Con el carlino que soñaba desde su guarida conquistar a una princesa. 

No hay comentarios: