22.7.07

Desde el barrio


Él tenía la impresión vaga de haber vivido similares noches de sábado a ésa. Sin salir de casa, con los breves recuerdos de la noche anterior a punto de derretirse como los hielos de un cubata amargo y seco, el intenso calor nocturno que se filtraba por el cuerpo de los edificios de lo que en un tiempo era el fiel reflejo de un suburbio urbano. Hoy en día el barrio era un ejemplo más de desarrollo y creación de oportunidades y posibilidades de un futuro próspero gracias a la actividad vecinal, al esfuerzo comunitario de años atrás, cuando había cantidad de gente dispuesta a sacrificarse en aras de un mundo más justo y legítimo, mejor para todos aquellos que como esas gentes habían venido a este planeta en condiciones más desfavorables y sin el poder de la caprichosa suerte y fortuna, con la espada del azar en su contra.

Verdún era su nombre; poco conocido en la esfera universitaria en que había empezado a codearse, una esfera que a duras penas sabría decir que tal barrio de la periferia barcelonesa pertenecía al distrito de Nou Barris, gran ejemplificación del esfuerzo en común relatado antes. La reacción instintiva hacia la ignorancia, mayoritariamente involuntaria, era la de acentúar y exagerar los mitos y leyendas del barrio, sus gentes, sus calles. Jugar con aquellos que desconocen aspectos de su propia ciudad.

Nunca en la historia se conocerán casos como el de Verdún y sus compañeros de distrito, y es que su evolución invita a la gran reflexión de estos tiempos, a comprender como la inercia de las vidas hace mella en el destino de sus gentes. Antaño destino de inmigrantes compatriotas, en su amplísima mayoría andaluces, era en la actualidad nuevo hogar de latinoamericanos, africanos, magrebíes, asiáticos, musulmanes, todos ellos en busca de mejores oportunidades y de una vida mejor que la anterior, igual que hicieron los españoles durante las décadas franquistas dirigiéndose a las grandes ciudades. El barrio era un puzzle de personalidades distintas y muchas de ellas peculiares, perros ladradores que ponen de relieve la marcha acelerada de la vida cosmopolita de un lugar tan plural como Barcelona, del que creemos conocer todo y a duras penas podemos saber nada cierto. No habrá rincón con tanto secreto y dinamismo como la Ciudad Condal y sus barrios. La Ciutat dels Barris.

Las calles de Verdún acogían gran vitalidad cada mañana, cuando salen a pasear ancianos y ancianas bien prontito, que persiguen perdidos sueños de juventud y preparan el terreno para ir a misa cuando es domingo. Los sábados de antes era más habitual despertarse envuelto en medio de música alegre y flores, la recia voz de un gitano con ellas, las flores y sus colores; más si cabe desde que muchas calles son peatonales, la presencia de vida, de almas repletas de esperanzas y temores, de fracasos anteriores y por venir, de éxitos difícilmente visibles en lugares así, o eso creía él, que a menudo le gustaba vanagloriarse de haber crecido en un lugar como Verdún, del que conocía la cruda realidad existente en oasis de convivencia públicos desde la confortable posición de espectador, a modo de narrador omnisciente. Su destino desde los 5 años se alejó en principio de las probabilidades de evolucionar en unas formas y posición nada halagüeñas y deseables para nadie.

Era en momentos así que él deseaba con todas sus fuerzas dejarlo todo y buscar un nuevo horizonte, paralizar temporalmente sus reflexiones, abandonar sin olvidar el olor verduniense y el aroma de sus calles, gentes y comercios. Estaba orgulloso y contento de haber vivido ahí toda la vida, de criarse en un ambiente familiar y sociable, donde la gente buscaba ante todo el respeto mútuo. Y como en cualquier rincón, ahí también, sí, ahí, habia espacio para el mal, para el dolor, la angustia de una familia desestructurada que no puede llegar a fin de mes, los maltratos de un marido alcólico hacia su mujer, los lloros de un niño cuya madre es una ludópata, y cuyo progenitor dejó a ambos con una mano delante y otra detrás, se fue con otra, la miseria de la droga y su tráfico, los balanceos y desequlibrios de adictos al alcol, el aroma veraniego a porros de unos jóvenes apalancados en los bancos, vidrios de Xibeca esparcidos contra las paredes de unos pisos, que han sufrido las iras de gente que trataba de evadirse, de olvidar las penas refugiándose en la bebida para olvidar por un instante que no eran gente de clase baja, y que mañana amanecerían con una comodidad y estabilidad que no les permitiría plantearse ninguna duda ni temor no solo por el mañana sino por el día a día.

Pero siempre había lugar donde los gorriones se posarían a entonar sus cánticos de alegría, entre el verdor de los árboles y el atrevido florecimiento que alguno de ellos engendraba, siempre iba a haber muestras de vida y esperanza; los mosquitos y demás insectos que también se acercaban al barrio, así como las hambrientas gaviotas y las aburridas palomas, conformaban el paisaje típico de la capital más allá de las almas y cuerpos de sus habitantes. Siempre había algo indescriptible, una fuerza superior que venía para los creyentes desde arriba que empujaba, incitaba a pensar que todo era posible, que barrios y zonas como las de Verdún llegarían a ser muy prósperas y que nada iban a tener que ver con focos infecciosos de marginación y más marginalidad, de gente repudiada por sus orígenes y clase social, por sus recursos y riquezas.

Costaba creerlo y los tiempos, la historia del momento no ayudaba. Parecía que las cartas estaban echadas y que nadie con poder real quería que cambiara algo, o quizás no era ya posible. Todo debían ser milongas. Pasara lo que pasara él iba a tener fe en esa luz que indicaba que todo alguna vez podía ser satisfecho, y en caso contrario iba a ser una etapa consumida más en su vida de la que debía aprender algo, no abandonarse en el olvido y la desesperanza, en lo que pudo haber sido y no fue, en los sueños que él había imaginado en y con el barrio. Con Verdún. Aunque marchara lejos de ahí, siempre en su corazón y en la memoria, conservaría a su querido barrio. Verdún, desde donde él escribía, soñaba, cantaba, pensaba, se arrepentía, se vestía, coloreaba, saboreaba, jugaba, desde donde veía el fragor, la cándida vitalidad de la Via Julia, sus esencias y realidad.

Verdún, desde donde bien chico él creyó que todo podía ser posible.

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