5.9.08

Jugar a los dados

Guardo cerca mío un dado de seis caras desde hace dos años coincidiendo con una actividad en la universidad de cierta asignatura. Un experimento. Vamos a jugar un poco esta noche. Y no me refiero a los dados eróticos que se pueden adquirir en las tiendas del Sensual, aunque no niego su atractivo aparente y sugerente. Si sale un uno escribiré sobre lo que me de la gana; un dos querrá decir que hablaremos de la Federación Rusa; un tres significará algo deportivo; un cuatro una historieta; un cinco equivaldrá a hablar de la política española; un seis a contar alguna experiencia de mi vida.

Ha salido un cuatro. Vaya. Esto es lo que pasa por dejar el destino en función de la fortuna, de unos dados. Algo que hacen por otro lado muchos dirigentes políticos del mundo, presidentes deportivos y altos cargos de la esfera mediática mundial.

El estómago vacío le impedía ver con claridad las cosas. Hacía demasiadas horas que no se llevaba nada a la boca y se acordaba entonces de aquello que su madre le decía siempre cuando era más pequeño: Come un bocadillo a media mañana; son muchas horas sin comer hasta que llegas a casa. Pero daba igual. No le importaba pese al hambre estar ahí.

Hacía un frío propio de Siberia más que barcelonés pero la música de su mp3 le mantenía en un estado ardiente, nervioso, impaciente y ansioso. No sabía si era buena idea pasarse mucho tiempo a la salida de una estación del metro sin saber bien lo que estaba buscando o a quien esperaba encontrar. Llevaba ya algo más de dos horas y las notas musicales retumbaban en sus tímpanos en una medida disuasoria para no pensar ni arrepentirse del acto que pretendía llevar a cabo.

Entonces el joven a lo lejos pudo distinguir una silueta que le sonaba familiar de otro tiempo y de otra época. Sus andares dibujaban un estilo desenfadado, atrevido, seguro y muy particular. Apenas se podía reconocer su rostro bajo ese gorro que le tapaba hasta las orejas. A diferencia de él también llevaba unos preciosos guantes magenta. La chica no adivinó su presencia hasta que el joven la sorprendió con un saludo, el más inesperado que ella pudiera imaginar. Fue un simple hola, tímido y dulce, acompañado de una sonrisa y cierto enrojecimiento facial, pero sería lo que menos le importaría de ahí en adelante. Ese simple saludo le cambió la vida a él y a ella. Las compañeras de ella siguieron su curso metro abajo mientras que los dos jóvenes comenzaron un juego de miradas, sonrisas, ilusiones desatadas sin decir palabra alguna hasta después de cinco minutos. No hacía falta decir mucho más al inicio. Vale más una mueca, un gesto que todas las palabras del mundo. Y aquella sonrisa a él en particular le ponía loco, tanto que le llevaba a otra dimensión, y era como siempre había querido imaginarla después de tanto tiempo. Una conversación sin fin, fueron a comer juntos, pasaron la tarde en alguno de sus sitios favoritos. Ya no importaban ni las condiciones climatológicas adversas ni las dudas de antes del joven.

Parecía todo como demasiado precipitado. Parecía. En realidad pasaron algunas semanas hasta que los dos jóvenes quisieron admitir que estaban dispuestos a renunciar a muchas cosas con tal de poder vivir algo mágico juntos, como pareja. Como todos los principios costaba arrancar, pero también eran parte de los mejores momentos, puesto que las innovaciones y la falta de monotonía llenan de una brisa especial los senderos que recorren tortolitos como ellos, jóvenes de todo el mundo que presumen de haber encontrado a su media naranja.

En su caso, aunque han pasado muchos años, tantos que se habla de sus hijos y nietos ya entre su legado, siguen conservando parte de la chispa que les llevó a iniciar una pasión desenfrenada y descontrolada. El joven arriesgó, pujó fuerte pero se llevó afortunadamente el mejor premio de todos, su gran amor, aquella chica que siempre había imaginado en sus sueños. La chica en la que pensaba cuando no podía dormir, en la que pensaba cuando iba a la universidad y veía grupos y grupos de doncellas que para nada le convencían porque quería una diferente, radicalmente especial y llena de originalidad. Para él, ella era así. Y para ella, era una suerte encontrar un chico cariñoso y atento como él después de algunas experiencias ingratas con varones altivos y presumidos, carentes de respeto y sensibilidad.

A veces en la vida hay que arriesgar entre un elenco de opciones y tomar una decisión. Actuar sin remordimientos ni pensar demasiado una vez has elegido esto u lo otro. A veces aquello que hacemos como una simple chiquillada o como un juego de niños puede cambiarnos la vida por completo.

Es lo que ocurre cuando se juega a los dados. La suerte y la probabilidad mueven los hilos y dejan hacer. A diferencia del dado, el corazón no depende del azar ni leyes matemáticas. Al corazón lo único que le mueve es el amor y las ganas de vivir sobretodo. No se puede ignorar su fuerza y a veces tenemos que dejarnos llevar más por él que por la cabeza.

Merece la pena jugar y arriesgar. Pero recordad que es mejor empezar jugando en casa a los dados... y que en ningún caso dejéis que personas como Putin, Bush, Aznar, Berlusconi, Sarkozy, Zapatero, Laporta... jueguen con ellos demasiado.

Suerte y que Dios os bendiga.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bonita historia :)



Aunque uno deba dejarse llevar por lo que el corazón le dicte siempre hay alguna que otra cuerda que le frena dandole tiempo a la razón a que actúe.


Un beso.
Patri.