
Adicción a la cafeína; sustancia estimulante omnipresente en los círculos universitarios. Rechazo el café, apuesto por la Coca-Cola, que además de despertarme me refresca. A veces juega malas pasadas a la hora de conciliar el sueño. Al fin y al cabo estamos rodeados de drogas comunes y estamos enganchados casi sin saberlo a ellas. La sal, el azúcar, la pimienta u otras especias empleadas en la edulcoración, sazonamiento y condimento de los manjares son imprescindibles para la gran mayoría de nosotros. Hago estragos tan solo de pensar en un filete de ternera hecho al punto como creo que hace poco describí, con el toque de pimienta negra por encima para añadirle un sabor de cierto picor, el suficiente, no mucho. Volviendo al café, quizás una de las sustancias con la que más se droga la gente hoy día, la verdad es que intento aún cada día mantener la costumbre infantil de desayunar con leche y Cola-Cao (y hago propaganda gratuita de la marca en sí, para distinguirla del Nesquik, que no me gusta tanto).
Desconcentración. Sonrisa cómplice. Piensas en el final cuando acabas de empezar. Hay cosas impagables, conversaciones con adultos, contacto físico, socialización brutal, hablar tranquilamente y confiadamente, ironizar, hacer cierto sarcasmo de la vida. Hoy le he comentado a dos madres que no me iba a casar ni tener hijos. Error. La idea sería casarse con alguien que mereciera la pena y tener la parejita. Me ha dicho una de ellas que tener hijos es algo increíble, que vale mucho la pena. Aunque no piense en casarme claro está por mi juventud y mi eterna soltería, parece difícil encontrar a alguien con quien tenerlo todo tan claro y llegar a confiar en un término poco empleado hoy día como la fidelidad (más que poco empleado, poco aplicado quiero decir). De todas formas he pensado en los nombres del futuro niño y niña. Me gustan Lidya, Mònica o Núria. Bueno, del de los posibles niños no he pensado sinceramente...aunque rápidamente me vienen a la mente nombres como Marc o David.
Llegará seguramente el momento de ser padres, casarse, da igual el orden, y otros aspectos propios de la vida plenamente adulta, pero ciertamente es innegable el grado de maduración que vamos adquiriendo con el paso del tiempo. Aunque inevitablemente quieras conservar parte del niño que siempre serás, has ido dejando de lado cierta ingenuidad e inocencia y las cosas no son del color de rosa que antaño pintabas. Ni todo es tan sencillo como hacer un dibujo de un hombre sin apenas cuello y con los brazos tan flexibles que parece sacado de Los 4 Fantásticos.
Estamos inmersos en una catarsis colectiva basada en el bombardeo diario a raíz de la crisis económica. Crisis; todo el mundo habla de ella, todos los diarios, los telediarios, las radios. De hecho, no puedo contrastarlo del todo pero me han llegado rumores de que en las Iglesias también aprovechan los sermones para comentar el desastre de los mercados financieros y de la economía global. Cuesta girar la mirada hacia otro lado cuando el poder mediático es tan convincente y atroz, pero no hay espacio sino para la esperanza y la fe puesto que aunque estemos ante algo nuevo y con precedentes similares pero de distinta causalidad, lo cierto es que los valores democráticos y de la civilización deben estar a la altura de las circunstancias, y todos, con el esfuerzo unos de otros, deberíamos lograr que este período convulso no generara ni el caos indeseable ni la pobreza ya muy extendida aquí, allí y en todo el mundo...
Eso sí, no puedo omitir cierta reflexión. Veíamos no hace mucho lo que presumían los bancos de ingentes beneficios. Ahora falta liquidez. Es lo que sucede cuando los activos predominantes son más que nada financieros y especulativos, no reales. Pero Papá Estado acude al rescate y se acaban todos los problemas. O no... Quizás estemos asistiendo al final del capitalismo entendido como hasta ahora. Se jactaban de que los mercados financieros eran el ejemplo a seguir como bandera ondeante y triunfante de una economía sin regulaciones ni intervenciones. Claro, claro...
Saca de la nevera una lata roja de la mencionada marca al inicio. Cójete un vaso, mejor si puede ser azul como el mío. Sírvetela a tu gusto alzando la lata lo bastante para notar el peso de las burbujas sobre el vaso a medida que se va llenando de ese líquido azabache, y rebota, y rebota. Prueba un poco y la sensación será muy agradable. Respira hondo. Te sentirás bien. No es la cafeína en sí ni la adicción. Es la fe que mueve montañas, la confianza y las ganas de cambiar a mejor. Tómatelo con calma pero no dejes que se caliente, porque el refresco así pierde su encanto por definición.
Los búhos anuncian que ya es hora de cerrar el baúl. Dicen que mañana hay que madrugar. Verdad.
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