4.10.08

Antítesis trivial


Impuntualidad; sustantivo femenino apenas apropiado para mi persona. Razón: dos horas antes de la fecha estimada para el destino mi cuerpo vuelve al de los presentes tras una levitación nocturna de gran duración. Cuando uno no empalma. Y cuando se intenta dormir el mínimo de 8 horas recomendado. Creo que eran ocho. Aunque con dos menos el cuerpo ya puede aguantar lo suficiente con cierta aportación de nutrientes si bien tras la comida del mediodía entran ganas de hacer la típica siesta española. Algo muy latino.

Somos animales, que aunque cada vez menos racionales, nos vamos adaptando. No desde el punto de vista necesariamente del llamado darwinismo social de o te adaptas para sobrevivir o mueres (aquello de que solo los más fuertes perduran), sino que el ser humano, en tanto que rico por naturaleza y extensión, genera unos automatismos y un auto-control brutal de su propio organismo. Somos de los pocos seres que nos programamos a nosotros mismos, nos chequeamos y nos rehabilitamos apenas sin ayuda. Es algo que nos diferencia de las computadoras; algunos que leyeran esto saltarían de alegría. No llegará el día en que la máquina supere al hombre.

Dormir es importante, mucho. Me está costando adaptarme a madrugar a las 6 y media tres de los cinco días académicos de correspondencia; ningún día siesta ni me duermo en clase. Si luego llega el viernes y sales de fiesta, empalmas para entrenar bien pronto el sábado para luego pasarte toda la tarde durmiendo. Existe una metafísica brutal en las tardes de sábado que me he pasado durmiendo. Uno acaba de comer rápido porque se muere de hambre y se sienta en el sofá al mismo tiempo que cierra los ojos ya de cansancio. La almohada te grita desde el piso de arriba: reclama que no ha disfrutado de tu aroma esa última noche. Reposas lo justo para evitar cortes de digestión bien amargos y vas directo a tu habitación. También hay tiempo para lavarse los dientes claro. Te metes bien debajo la sábana y te arropas, no al estilo momia del Antiguo Egipto sino al estilo marsupial, dos capas hasta casi las orejas, más bien a la altura del cuello, desprotegiendo del calor térmico tu cabeza. Las persianas las has bajado a tope para evitar que entre un rayo de luz que por muy ínfimo que sea es evitable del todo. Pero en el momento que te has estirado y tapado, ya no te acuerdas de nada. Estás dormido.

Te levantas entonces tras un tiempo, sin saber no solo qué hora es sino también desconociendo el día presente. Te enfría las venas el pensar que todo lo que habías hecho antes era una ilusión. Que no empalmaste ni te habías ido de fiesta, que no habían ganado los críos y que era mentira que el arroz con tomate, huevo frito y bistec de ternera al punto con ese color rojizo sin sangrar por dentro, estuviera más que exquisito. Cuesta abrir los ojos y te invade una sensación desangelada, de querer dormir más y más. Pero el cuerpo es sabio y sabe que es la hora de cenar. Y del partido de las diez de la noche. Dudas entre hacerte la cama o dejarla así, y es que no muchas horas después volverás a tu guarida que se presume creada para la nocturnidad.

Una vez te las arreglas para volver a un estado post-junco (licencia léxica que me permito), piensas lo curioso que resulta el no acordarte no solo de lo que has podido soñar esa tarde durmiendo sino que ni siquiera has soñado. Ni idea. Es algo que puedo corroborar y quizás tiene su explicación (pseudo)-científica; es probable que no se sueñe cuando uno duerme tras empalmar. La noche es otra historia; está inventada para soñar en la cama o en la discoteca, donde uno se daría con un canto en los dientes si de verdad pudiera conquistar a la chica que emula un cuerpo paradisíaco más que apto para combinar con algún que otro afrodisíaco. Soñar mientras se pueda.

Veo como fluyen los párrafos de arriba y me pregunto por qué me ha dado un brote neurótico de tal manera que acabe escribiendo sobre algo tan trivial como esto. Hacía muchos días que no escribía y estos días estan siendo de débil salud. Mas no de ánimos ni de optimismo. La fiebre, anginas, dolor físico en las extremidades inferiores que acentúan la sensación de cansancio, son compañeras de viaje en esta entrada otoñal del 2008, y suelen ser correligionarias de mi vida periódicamente, desde que era bien chico, allá por la época de ver a Son Goku y compañía en la televisión.

Pero como algunos dirían, todo o casi todo tiene una explicación. Desconozco que ha llevado dentro de mi a explicaros todo esto pero os cuento que la semana pasada antes de dormir después de comer tras una noche de fiesta, sin dormir nada, dirigiendo a los benjamines en el partido (algo así como que me desperté a las 8 y cuarto el viernes y hasta las 4 de la tarde del sábado no cogí almohada), pues empecé a llorar. Me abrazaron una serie de lágrimas pensando en el futuro de esos chavales de cuarto, que prometen tanto a nivel futbolístico y que me imaginaba en ese momento ganando una liga, un título, igual que mis antiguos compañeros y yo tuvimos la ocasión de hacer ya hace algunos años. Nostalgia. Debido a la ausencia de descanso y un brutal desgaste físico, y lo que es más importante, mental, el cuerpo humano es capaz de generar y mezclar sensaciones hasta el punto de ser del todo fantásticas (y no por ello escasamente bonitas) y míticas. En un segundo se funden la alegría y la tristeza, marcada no por la tragedia sino por todo lo contrario, por evocar un recuerdo que fue tuyo cuando eras más joven, más niño, y que desearías que puediera repetirse en aquellos que has tenido la suerte desde el año pasado de conocer y algo esencial como es intentar enseñarles a jugar y a ser personas de provecho. Educar no es tarea fácil pero es fundamental. Y a través del fútbol base se puede hacer mucha tarea.

Yo mismo tuve la suerte de toparme con muy buenos entrenadores-educadores en mis inicios; de todo se aprende. Solo desearía que los benjamines tuvieran esa suerte y por qué no, algún día ganar alguna liga y teñirse el pelo a lo rubio pollo.

Recuerdos, sueños, futuro, pasado...Los caminos se cruzan a capricho del destino, pero este lo vamos dibujando nosotros a mano alzada y con pies de plomo, intentando que cada día sea un nuevo amanecer lleno de vitalidad en el que no perdamos nunca la esperanza.

Disfruten de la vida y recuerden, duerman bien. Tengan dulces sueños.

1 comentario:

Anónimo dijo...

si sk los resfriaos inspiran mucho!!
abrígateeeee