
Hoy es el primer día del resto de mi vida. O de una de mis vidas felinas, quién sabe de qué número estamos hablando. He terminado el primero de los cuatro libros que tengo pensado devorar en un horizonte no superior a un año y medio. Se trata de Momentos estelares de la historia de España, de José Calvo Poyato, una versión a la española de la novela de Stefan Zweig, Momentos estelares de la historia de la Humanidad, libro que agradezco al que fuera mi profesor de Historia en 3º y 4º de ESO, Santi Oliveras, que nos lo hiciera leer por entonces. El caso del español es un ejemplo interesante de las continuas encrucijadas históricas a las que se han enfrentado los españoles, sus gobernantes y ciudadanos desde 1492 hasta la democracia. Los otros tres que guardo en la recámara son Después de Bush: El fin de los neocons y la hora de los demócratas, del último Nobel de Economía, Paul Krugman y los dos libros escritos por Barack Obama, La audacia de la esperanza y Los sueños de mi padre: una historia de raza y herencia.
La vida es muy curiosa y juega al destino como los infantes con el parchís (ahora sería quizás más preciso hablar de videojuegos que de juegos reunidos).
En los tiempos previos a la adolescencia, cuando veranear en el camping era la tónica un año sí y al otro también, uno llegaba con las ganas de disfrutar al máximo, aparcando temporalmente el fútbol. Un fútbol que requería por mi parte entrenos dos o tres días a la semana y luego el correspondiente partido el sábado o domingo; por su parte, mis padres, sacrificaron horas y horas con tal de que yo pudiera llevar a cabo aquello que tanto me gustaba, poder jugar. Por eso solo teníamos tiempo material de ir al camping en vacaciones.
Allí, aún siendo pequeño empezabas a sentir la llamada de la Naturaleza, y más rodeado de foráneas que alegraban la vista a jovenzuelos y adultos. Yo fui uno de esos chicos que como tantos otros creían que habían perdido la cabeza por una chica alemana, rubia y lozana, de textura sedosa y perfecta y grácil sonrisa. Tenía como 11 años o 12, no recuerdo a la perfección, pero fueron dos semanas intensas de julio en que siempre que podía aprovechaba la ocasión para echarle un vistazo. Apenas me crucé dos o tres palabras con ella, y fueron a través de una amiga suya. Mi inglés por entonces dejaba mucho que desear y mi timidez era una losa algo pesada con las chicas.
Era guapísima ante mis imparciales ojos y soñaba que algún día la iría a buscar a su tierra natal, a esa fruta helada del norte europeo que reúne el territorio germano. Llegó el día en que tuvo que partir de vuelta a su país. El día anterior recuerdo la tristeza y el desánimo que me invadía por completo al saber que estaban recogiendo los bártulos: era una señal inequívoca e inevitable de que se iban ya pronto. Se fueron de madrugada y recuerdo desde la litera, despierto, en el momento que se marcharon. Se oía el motor del monovolumen conducido por su padre rumbo a mucha distancia, lejos de la Costa Brava. Una sensación hasta entonces no experimentada de pena y vacío me recorrió el cuerpo.
En el colegio ocurría algo similar. Ya iniciada la pubertad, la llamada de la Naturaleza proseguía con su incandescente llama y lo prohibido y desconocido amanecía a diario y hervía la sangre a altas temperaturas. Te fijabas en una chica, luego en otra. A mi me solían gustar pequeñitas, bajitas y delgaditas. Yo no era nada alto tampoco entonces, así que supongo que vería idealizada a las chicas así. Eran como amores platónicos en que la imaginación corría a su libre albedrío y los sueños estaban a la orden del día en una conjura de ingenuidad, inocencia y desconocimiento. Llegaba el fin del curso y el consiguiente inicio del verano, y si me gustaba una por ese tiempo sucedía lo mismo que con la alemana del camping. Esa vaga sensación de tristeza y desconcierto que recorría el cuerpo de cabeza a pies. Sabías, y no podías hacer nada frente a eso, que el tiempo haría su efecto, y que dejándola de ver ya luego no te haría gracia. Y así era.
Para la siguiente temporada y curso, todo volvía a empezar.
Es entonces cuando ya avanzado en la adolescencia dejas parte del pasado, y empiezas a vivir nuevas aventuras en terreno desconocido, distino y lejano. Nuevas experiencias donde el destino se encapricha a jugar con las mismas cartas dejándote acorralado ante una sola baza. Campas por las tierras anchas de Castilla la Vieja, donde tu padre y tu abuela habían nacido y crecido. Entre bodegas presuntuosas, cultivos de zanahoria y remolacha, olor a porcino y caminos pedregosos, aparece la silueta de una morena ibérica de interior de la que te quedas prendado. Es la época de adoración a las morenas, en teoría mi prototipo actual de chica. En teoría... Pero termina la época estival, de las fiestas y vuelves a tener esa sensación ya nada extraña que se va repitiendo en tu ser, ya tu alma, como un sino inevitable al que piensas que debes hacer frente toda la vida. Pero tras algunos días, ya de vuelta al fragor urbano, todo se pasa y se evaporan las sensaciones en forma de perenne recuerdo y eternidad. Su rostro, sus curvas, su sonrisa, su tez morena, su precioso encanto...
Sigues creciendo, también dicen que madurando, sigues defendiendo los mismos colores y portando el mismo brazalete, surgen nuevas aventuras y desafíos y sigues cayendo en las arenas movedizas del enamoramiento. Sigues con eso de sacar un clavo con otro clavo. Conoces a chicas y estás convencido de que alguna de ellas podría ser la mujer de tu vida, la perfecta. Es parte del encanto efímero, circunstancial y temporal, que también tiene fecha de caducidad. La fortuna o la menor comprensión del azar. Entre unas cosas y otras, curtido algunos meses en la universidad, sientes algo, bastante aversión al compromiso, ni te lo planteas. Cuestión de prioridades. Solo sigues sintiendo esa marcha en tu interior de observar a tu alrededor y disfrutar del paisaje. Son muchas las bellezas pero solo algunas son de verdad. La filosofía del clavo sigue y sigue como el conejito de Duracell.
La pasada madrugada sentí algo parecido a lo del camping, el pueblo y el colegio. Pero su esencia era distinta. Sentimientos de contrariedad y el gusanillo de lo opuesto erizándose en mi interior. Alegría y tristeza, satisfacción y pena.
Solo el destino y el futuro que escribimos a nuestros pasos sabe lo que nos depararán los siguientes amaneceres. En la vida tomas decisiones y lo que ganas por un lado lo haces a costa de renunciar a otras. La vida es así y forma parte de la esencia y la vitalidad dual de lo dionisíaco y lo apolíneo, así como de la concepción trágica y alegre de la vida. Solo cabe mirar adelante porque los dioses me cuentan que más allá de las montañas, al cruzar el caudaloso río, aguarda la felicidad. Espera paciente y eterno un camino, no una meta. La vida que sigue y avanza.
2 comentarios:
weeeeno todo llega y todo pasa.......
Tienes un don, ¿lo sabes?
*/Patri
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