
Quizás es de ingrávidos y locos estar de madrugada el dia de tu cumpleaños. De tu 21º cumpleaños. Pasa muy rápido el tiempo, que diría mi abuela paterna... Algunos dirán que es porque estamos a nada de entrar oficialmente en el período de exámenes. La realidad es que uno se va acostumbrando a ver como su aniversario coincide con días de estudio, algo ya tradicional desde la selectividad en 2006. De todas formas, íbamos a salir esta noche a tomar algo, el trío, les iba a invitar como debe ser, pero al final ha habido cambio de planes y no ha podido ser. Lo bueno en ocasiones se hace esperar, sino siempre...
Entre enero y junio han sucedido bastantes episodios, y no solo hablo de las series a las que muchos jóvenes estamos ciertamente enganchados; eventos, capítulos; tu entorno se transforma a sí mismo y se va modelando con el paso de los días y el oleaje que sacude el alma.
El verano en efecto no está ya lejos. Atrás quedaron aquellos días de junio que significaban el fin de las clases y el comienzo de un a priori eterno verano que luego se convertía en una sustancia efímera que consumíamos a destajo día sí y día también. Atrás quedaron las huellas sobre la arena de las playas de la Costa Brava; atrás quedaron las marcas de la rueda de la bicicleta sobre la tierra tras algún que otro derrape; atrás quedaron el sudor producido por el calor; los insectos de los árboles; atrás quedó la piscina y su isla; las alemanas y las holandesas; y las belgas. Atrás quedó la esencia de un pasado al que es fácil recorrer y visitar como ejercicio de conmemoración, de pretérita y precoz nostalgia.
Un fin de las clases que era sinónimo de libertad. Que siempre parece que lo será hasta la eternidad. Era sinónimo de soñar, de querer ir al pueblo más adelante. De pensar en las lozanas castellanas, el olor a campo, el frío césped de la piscina castrense, el amarillo, el escaso verde de la vegetación, el río, sus cascadas, los zapateros, la peña, la cuesta invencible por la que casi una tarde me despido, los cotilleos, el ruido del silencio, la tranquilidad, los montes, las fiestas de los pueblos vecinos, los contactos con el alcohol propios de la adolescencia inicial, la libertad...
Más recientemente la inercia estival ha cambiado, pero no la esencia. Disfrutar, buscar tranquilidad de alguna forma, relajarse de las obligaciones habituales durante el curso y la temporada, desconectar, evadirse. En cierto camping de Platja d'Aro dejamos marca, así como en Palma. Pero sigo empeñado en amar a la Costa Brava, tanto por mis últimos pasos como por el peso relativo que tuvo el paisaje y su gente en mi infancia. Igual que existen chicas que te dejan endiablado para siempre, así sucede con ella, con la Costa Brava. Una vez la deleitas, o mejor dicho, una vez la sientes como algo personal, tuyo y caprichoso, no hay marcha atrás. Es preferible no intentar desengañarse ni tratar de olvidarla. Su mancha cubrirá de oro gran parte de tu sensibilidad emocional y percepción sensorial.
21 años dan para bastante. Siento que queda casi toda la vida por delante pero que ya se va acercando el momento definitivo de no dejar de escapar según que tren. Sobretodo si yo no soy el que maneja y conduce ese tren. Si yo no soy el dueño de mi destino en su totalidad, si es él quien sigue divirtiéndose en su tiempo libre jugando con las cartas que lo rijen. No es del todo una tragedia ni es algo inevitable. La vida es así. Y seguimos nosotros configurando nuestro camino a cada paso que damos. A cada decisión que tomamos.
Pero cómo saber cuando elegir con el corazón aquello que se elegiría con la cabeza, y cómo saber cuando escoger con la cabeza aquello que se escoge con el corazón. Es una dualidad y un dilema regular vital que nos guiará por nuestro sendero, que mezclará decisiones motivadas puramente por la pasión, los sentimientos, el amor, el odio, la amistad, el rencor, el cariño, el respeto, con decisiones motivadas por las expectativas, la razón, el intelecto, el futuro, lo material y lo tangible.
Puede que mi vida haya cambiado lo suficiente de enero a junio como para pasar la página necesaria en mi vida, en la historia de mi vida. O puede que simplemente me entretenga en comprobar que seguiré encallado sin poder avanzar un poco más de tiempo, incapaz de disponer de la inspiración necesaria para articular algunos párrafos y seguir adelante con ello.
Pero sin duda que a lo largo de estos 21 años habré aprendido algo, y tendré dentro mío aunque quizñas en estado latente y sobretodo vegetativo, las capacidades, conocimientos y experiencia para definitivamente continuar escribiendo sobre esa página en la historia de mi vida. Y cuando así sea, todo no será sino más bello que lo anterior. La sucesión será preciosa a ojos de sus progenitores ya que emanará una fuente única de riqueza y prosperidad, de flores silvestres y verdes prados abrazados por angostos ríos.
Y en un día de esos señalados como el de hoy, en la soledad de la noche, es cuando sabes realmente porque tienes motivos para la esperanza y porque está orgulloso de tu vida. Y es que hay que saber valorar lo que uno tiene, empezando por el hogar. Por sus padres. Por su familia de verdad. Y puede que hagan falta 21 años más para demostrar que su hijo les quiere mucho y que es hoy por hoy uno de sus mejores activos. Ellos me trajeron a la vida a las puertas del verano del 88. Dos décadas después el verano asoma sus puertas esperando irradiar tanta o más vida como la que mis padres dejaron entonces.
Porque no existe algo tan bello en la vida como un nuevo nacimiento, una nueva ilusión, una esperanza de futuro, un nuevo proyecto, un nuevo sueño. Y el verano es la puerta de entrada al paraíso de todo porvenir, ilusión, esperanza y sueño de renovación, mejora y cambio. De futuro.
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