
Aquella sensación real y muy latente que tenemos cuando probamos y saboreamos aquellos platos cocinados por nosotros mismos; las cosas que crean, modelan, transforman y esculpen nuestras manos a la postre saben mejor porque las valoras y aprecias; has dedicado con cariño y esfuerzo tu tiempo en ello; como una inversión con réditos sí o sí en el corto plazo.
Las sensaciones y los gustos derivados de unos macarrones con atún y queso. Confieso que son los primeros macarrones que me hago íntegramente en mi vida. Como dice el refrán, la necesidad agudiza el ingenio, y quien sabe si al final tras mucha pereza y escasa dedicación si pasar de freír a la plancha, le cogeré cariño a cocinar. Entretiene y como tal, no deja de ser un aprendizaje en el que aprender de los errores que tu digno paladar sugiere. Un poco menos de esto la próxima vez, un poco más de sal, menos salsa de tomate, no tanto aceite, unos minutos más de cocción.
Suerte que tengo en mi madre a una maestra de primera con la que aún estoy a tiempo de crear arte entre fogones, ollas y planchas.
Mi madre, sin que suene a tópico, la mejor cocinera que jamás habré conocido.
Amén. He vuelto.
PD. La foto realizada sin añadir el queso rallado, toque final indispensable para disfrutar de la pasta. Ricos y eternos maccarrones.
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