24.5.12

Un recuerdo


Un día. Siempre comienza un día. No sabes cómo. Pero te levantas. Asumes tus rutinas con indiferencia. Piloto automático. Cierras con llave. Todas las cerraduras. Compruebas táctilmente que llevas encima tu vida. Esto es: smartphone y cartera. Ahí reside tu identidad.

Tus pasos son firmes, seguros. Pero al mismo tiempo no sientes el pavimento que pisas. Ni la brisa que procede alegremente de unos cuantos barrios más al sur. Ni hueles el aroma de las flores que justo atraviesas antes de dirigirte al metro. Apenas te fijas en los detalles que te rodean. Eres tú y tu esfera. Solos. Nada más.

Hasta que algo te sacude por dentro. Será su mirada aterciopelada... La sonrisa que dibujan esos finos labios. O la camisa de cuello cerrado. Sus pequeños pasos mientras baila pausadamente hacia su destino. Bello, seguramente. Como ella misma. 

De pronto... Se gira. Y enrojeces sin tiempo alguno para sonreír como en las películas para aparentar normalidad donde solo brillaba la imaginación. Sigue su curso cuando tú ya llevas un buen rato parado. Sin reaccionar. Se aleja. El horizonte. Ya le has perdido de vista. Aunque sus huellas aparecen imborrables en tu memoria. No sabes ni quién es ni a dónde va. Pero sí que te gustaría volver a verla de nuevo.

Así, al día siguiente, sientes cada paso en las calles como si fuera lo último que te regalase la vida. La brisa marina es tu respiración y las flores son tu mirada que busca el sentido en cada segundo. Como si fuera entonces posible tocar la armonía de la Naturaleza con los dedos. 

Y puede que no vuelva a ocurrir. Que nunca más la encuentres. Pero tendrás un recuerdo sobre el que seguir viviendo. Y escribir. Una imagen sobre la que algún día convertir un sueño en realidad.

¿Por qué no?

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