Sin saber bien por qué, terminé en una frase de Julio Cortázar en su ilustre Rayuela: "Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos".
Y decidí ponerme a escribir. Ahora.
Nunca sabes en qué día, momento ni estación, tu vida va a sorprenderte. Ni siquiera puedes anticipar nada de lo que va a ocurrirte. Simplemente algo sucede a tu alrededor y, de repente, empieza a fluir, aún siendo inconsciente de ello. Día a día. Puedes incluso saber el cuándo pero no el cómo. Hay preguntas cuya única respuesta es vivirlo. Vivirlo y sentirlo.
Y puede que no sea más que un puente a cruzar. Una transición. Una escala a medio camino entre dos puertos. O quizás sea un destino al que bautizaríamos como definitivo. El tiempo tendrá la templanza y sabiduría, algo que solo se asimila con la experiencia, para dar fe de ello.
Pero ya nadie te podrá quitar esos momentos de ilusión, esperanza. Esas ganas de que llegue un nuevo y soleado amanecer; atardeceres floridos; noches estrelladas de luna llena. Nadie te podrá quitar ya lo que sientes. Lo que has sentido. Porque sentir es vivir. Vivir es sentir.
Puede que la primavera no dure para siempre. Que el néctar no estará eternamente tan bien acompañado. Puede hasta que las ilusiones se acaben desvaneciendo con el paso de los días. Pero siempre quedará el camino recorrido. Con sus piedras y muros. Sus cuestas y bajadas. La esencia está en atreverse a recorrerlo. Nunca sabes que habrá más allá de la niebla, de la incertidumbre, pero sin caminar, el deseo y anhelo no es suficiente.
Sin sentir lo que haces y aquello en lo que crees, no hay nada. Sin pasión por aquello que deseas, no hay nada. Sin sentir, sin pasión, no hay vida.
En una vida que fluye sin intención de permanencia, sin saber cómo, ocurre algo. Y, de repente, tu vida cambia de perspectiva.

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