
Somos lo que somos. Erramos porque somos humanos, seres de carne y hueso con razón y sin ella. Amparados en el instinto, los reflejos automáticos, sin pensar, cometemos acciones, y nos equivocamos. Caminamos entre luces y sombras. Ni somos tan buenos ni tampoco tan malos; ni somos totalmente ángeles ni totalmente demonios. Lo importante es aprender de los errores. Somos corazón y alma, tenemos dotes y defectos fruto de las esencias del día y de las de la noche.
Es una melodía que agrada a mis oídos, tranquilamente avanza con un alto sentido de la determinación, ondea una bandera preciosa en favor de la justicia, la libertad. El débil, indefenso, sin protección ante el poder abusivo, la jerarquía social del orden, de la ley impuesta que oprime a los más desprotegidos y enaltece la alevosía y el egoísmo de los más opulentos, los que desgranan el alma, sentimientos y la dignidad humana. Porque hay que seguir remando fuerte, a ritmo progresivo, y es que la meta se divisa lejos. No importará tanto el llegar a conseguir el oro sino no arribar demasiado tarde a nuestra finalidad.
Y es que no está todo como desearíamos pero apenas tenemos tiempo para pensar en los demás. Cada uno tiene lo que se merece dirán muchos, pero la raíz sigue siendo la riqueza que uno tiene, ya sea no solo en líquido o en el banco sino en patrimonio y diversas propiedades. Y la redistribución de la renta suena a chino en los manuales de Economía. Porque sigue prevaleciendo lo estándar, lo clásico, y aún nos cuesta reconocer que estamos equivocados, que nuestra senda logra un pastel más grande pero que éste cada vez se reparte de peor manera, menos igualitaria y desigual, injusta. Reflexionemos un momento sobre que es lo que podemos hacer. Cuando la riqueza más suprema debe ser la humana, la nuestra, no la estrictamente material.
Las grandes revoluciones empiezan en nuestro interior, como individuos que representamos; comienzan en el fondo del alma junto a los latidos del corazón. Las ideas entonces llegan a tu mente y te dispones a mejorar tu parcela más cercana. Y te dejas la piel en el intento. No quieres hacer cambiar a nadie sino cambiar las cosas para que todo pueda ser posible; es una inercia que debe llevar al progreso y a la vitalidad máxima de la humanidad. Un paraíso lleno de gloria para todos donde beber agua potable y comer tres veces al día no sea un privilegio.
Vivo de sueños porque seguramente soy joven y todas estas palabras anteriores deben sonar a filosofía barata de un loco utópico que se cree que se puede cambiar el mundo. Pero se equivocan; esas serían palabras propias de gente sin escrúpulos, de neocons y neoliberales actuales, de farsantes y verdugos de la democracia que se llenan la boca y los bolsillos con la libertad como estandarte.
Escribo lo que escribo porque no hago daño a nadie, porque creo que otro mundo es posible, y si alguien se siente ofendido es porque el impacto de mis olas les remueve el alma, y es que arrastran cargos de conciencia, como serpientes mudan su moral según sople el viento, y con lengua viperina. Escribo lo que escribo porque las verdaderas revoluciones son pacíficas y empiezan en el interior de uno mismo, su primera magnitud es cercana y su fin es utopía, de alcance mundial.
Pero más que todo eso es vivir, intentar vivir colmando sueños de juventud, de esperanza y de progreso, de justicia y libertad. Sueños que cuando sea mayor recordaré junto a las veces que tropecé con las piedras entre las llanuras y las serranías. Intentaré día a día poner mi granito de arena por mejorar el espacio donde viva, reconoceré los errores y de ellos querré aprender.
Porque la vida no tiene fin. La vida es un cúmulo de sensaciones y experiencias que deben armonizar en una felicidad, unas ansias y ganas espléndidas por querer que nada de esto sea un sueño, por querer que todo esto dure para siempre.
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