
Siempre acabo encontrando nuevas voces, nuevas divas con las que bañarme en un mar de sonidos, emociones y hasta de ilusiones. Sinceramente existen cosas que me encantan, que me apasionan. Una de ellas es el sabor de la victoria, el aroma del triunfo es más que agradable en las almas humildes pero ambiciosas; sazonado todo ello con ritmos de locura y emociones extasiadas, raza y casta, amor, mucho amor y vida por supuesto.
Voy a bucear en las profundidades del ser humano, de nosotros que vivimos en compañía y sin ella, amparados en lo que llaman sociedad. No hagan caso de lo que llegó a decir Margaret Thatcher de que no existía la sociedad sino los individuos. Me dentengo en una gruta a unos cinco metros de profundidad, ya es demasiado hondo para mí. En la cavidad frontal leo algo así un poco ininteligible: Destino.
La vida es algo así como una rueda que no cesa de girar, que es eterna por gracia y por sí misma, que fluirá por los vasos sanguíneos de toda especie, que nadará por océanos, mares y ríos, escalará las cumbres más elevadas, endulzará el verdor de la flora global... En la vida muchas cosas no ocurren por casualidad, tienen un significado que no cabe buscar sino que llega solo, se encuentra a medida que los pasos avanzan firmemente sobre terreno llano, sin dudas ni lamentaciones. Creo que el capricho, el azar, el bendito destino es capaz de colocarnos en un tiempo y lugar, rodearnos de unos personajes con los que interactuar. Por alguna razón nos cruzamos en el espacio, en esta Tierra y podemos aprovechar al máximo la coincidencia.
No es que en algún lugar bajo llave, en cierto tesoro, se encuentren encerradas las vidas de todos ni que esto sea un cuento escrito en tiempos ancestrales en los que la vida empezaba a germinar. Es un proceso constante, vital, de cambio, progreso y eternidad, un camino lleno de bandas sonoras bellísimas, rosas rojas con y sin espinas, girasoles espléndidos, amapolas relucientes al atardecer... El destino es algo impredecible por esencia, algo sin sustancia lleno de sorpresas, emociones, casualidad, azar y capricho al fin y al cabo; es capaz de despertar en uno mismo una sonrisa al amanecer, al comprobar que sí, que merece la pena seguir hacia adelante. Porque vendrá él y te ofrecerá oportunidades, que tendrás que aprovechar, no malograr. Disfrutar que esto es posible.
Puede que esto no sea creer en el destino, simplemente reconocer una magia invisible llena de vida y esperanza, que puede depararnos muchas alegrías pero también momentos tristes. Más allá de momentos trascendentales, trágicos o felices, sería plausible y digno de admiración que fuéramos capaces de aprender a compartir y de extraer de los demás, de aquellos que se cruzan en tu camino por o sin accidente alguno, lo mejor, lo más positivo, aquello que irradia vida allí por donde va. Así tu camino, el vuestro y al final el mío, todos estos caminos, se forjarán con la dureza y solidez del metal, con la dulzura del canto de un gorrión, el suave frescor de la brisa marina, el olor a jazmín del jardín, los rojez del geranio, las estrellas de la noche, el cielo azul relajante, música, mucha música, voces angelicales, instrumentos tocados por los dioses del Olimpo, miradas nostálgicas y esperanzadas, sueños, metas, ilusiones, ambiciones, mucha vida, vida al fin y al cabo.
Quizás ha sido la inercia del destino la que me ha llevado a improvisar todo esto en la noche de hoy. Seguramente no son mis palabras dignas de ser leídas en todo el mundo y en 150 lenguas pero el escaso alcance que tengan es suficiente porque al otro lado estáis llenos de vida, ilusiones y esperanzas, esperáis que a cada nuevo amanecer os sonría el Sol y que al meteros entre las sábanas en plena noche la Luna os deseee felices sueños.
Esperáis aunque ni siquiera lo sepáis que el destino os reserve una existencia feliz y admirable.
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