
Son las 2 y cuarto de la madrugada. Tras la cena en compañía de amigos universitarios para celebrar un cumpleaños he encontrado un momento para escribir. Ha llovido todo el día y lo que llevamos de noche sigue dale que te pego. Insistente, variante en intensidad, ha sido recibida como agua de mayo, nunca mejor dicho. Ya no recordaba dónde tenía el paraguas. Resfríado; congestión nasal; estornudos; poca tos. La humedad se palpaba en el ambiente al salir del metro, la calle estaba solitaria y se oía suavemente la combinación de la lluvia y el viento golpeando contra las hojas esparcidas por el suelo. Entonces he pensado en gatos, esos animales tan ariscos precisamente a días como hoy, tan poco propensos a mojarse y a darse chapuzones. El agua no es lo suyo.
Entre esos seres hay una gata en especial que hace tiempo que no veo, bastante, mucho. Un día se volvió a cruzar en mi camino por artificio, hará algunos meses ya. Me gustaría poder acariciar su pelo negro azabache y mirarla fijamente a los ojos propios de la noche, en la que todos son pardos, para envolverme en su mirada, en esas esferas relucientes que acompañan la danza de la luna junto a las estrellas. Unos ojos que brillan con luz propia en un firmamento de sueños e ilusiones. Una mirada, sólo una mirada penenetrante, eterna y dichosa, digna de ser abrazada y admirada. Maúlla que da gusto, con una digna exquisitez.
La gatita es de cuerpo ágil y juguetona, traviesa. Le encanta el aroma de lo bucólico y pastoril, las esencias rurales, y cada vez que puede aprovecha para escapar de la monotonía urbana de la gran ciudad, donde es más difícil sobrevivir ante el espíritu depredador de los que mandan, de los que tienen la sartén por el mango. Huye para refugiarse en cuevas alejadas de la urbe y se encuentra a ella misma en su esplendor. Cada noche que por esos lugares se encuentra, se dice que mira a la luna y su belleza se magnifica. Su negro azabache se torna más dorado y brillante y su mirada es divina. Balancea su cuerpo con una alegría innata con la seguridad de la que se siente reina en su salsa.
Es una especie única, de las que uno siempre hubiera deseado conocer. Le encanta dormir horas y horas en su cesta de mimbre, una especie de santuario donde es capaz de reunir sus sentimientos más profundos y transformarlos en distintos sueños sobre diferentes campos. Da rienda suelta a su imaginación. Es muy inteligente, seguramente de las que más, y no es nada ingenua. Desde bien pequeñita ha ido labrándose paso entre los mayores hasta conseguir respeto en su camada. Con esfuerzo va dejando huella allí por donde para y llegará seguramente a colmar sus deseos y sueños, aquellos que se forja con el día a día y que va descubriendo experiencia tras experiencia.
Sabe que le queda bastante camino pero lo conseguirá.
Por esas cosas de la vida me topé con ella un buen día. Es tiempo para seguir soñando puesto que el mundo de la imginación es mucho más grande que el de la realidad, a veces tan distinta a cómo nos gusataría que fuera. Me encantaría poder acariciar su negro azabache y oír de cerca sus maullidos pero de mientras seguiré mirando cada noche a la luna y las estrellas y ver allí arriba su encanto abrumador, aprendiendo de la belleza de la vida cada día un poco más.
Las 3 menos diez casi, hora de cerrar el libro, guardar la pluma y desearos buenas noches.
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