2.5.08

Del metro en plena temporalidad


La luz de la lámpara de mesa preside la habitación. Tenue. Estamos en pleno puente, creo que el más largo del año aunque hoy tenía una clase y no he ido.

El lunes al llegar a casa tras la visita con el dermatólogo me derrumbé; me vine abajo como hacía tiempo que no lo hacía; arranqué a llorar no como un descosido pero sí claramente aullando como un lobo, clamando exageradamente como una hiena hambrienta; no fue mucho tiempo pero caí en las profundidades del desánimo, sí. Ahora que han pasado unos días voy asumiendo cada vez más eso de que hasta de aquí a un mes aproximadamente no tendré la cara bien del todo en su parte izquierda, forma parte del proceso normal y de momento todo evoluciona correctamente. No sabía que el alcance temporal iba a ser tan amplio ni que me fuera a impedir entrenar a los críos, y es que me he quedado sin fútbol durante cierto tiempo (no me puede dar el Sol porque me pigmentaría la piel...). Esto, unido a que me resulta más complicado salir de fiesta con este aspecto me hizo pensar que iba a estar unas semanas sin vida social en apogeo, y por eso me derrumbé el lunes noche. Admito que si me quedo sin fútbo, sin su práctica directa o indirecta, no soy el mismo.

El miércoles pese a todo salí y creo que es lo mejor y no tengo alternativa. Además luego en principio tendré la cara mejor que antes de pasar por el láser, así que estos bajones deberían ser como he mencionado antes temporales. Mis padres me repiten que para estar bien antes hay que estar mal, que para lucir hay que sufrir, y mis amigos y amigas me dicen que no pasa nada, que luego tendré la cara genial. Desde fuera es más fácil, lo sé, pero he de vivir con ello y asumirlo. Es temporal.

Debido a mi aspecto, que llamo más la atención que antes, la gente mira más de lo normal en el metro, aunque no mucho más de lo habitual. Mi gorra roja y que parezca que tenga quemada una parte de la cara despierta el interés ajeno. Poco le debe importar a la gente la música con la que me martilleo los tímpanos o porque leo El País a la vuelta de la uni. Antes de vuelta a casa volvía acompañado todos los días. Ahora entre los horarios, trabajos en grupo y que alguna pareja se ha formado pues ciertamente la primavera ha cambiado el paisaje. Me alegro mucho de lo de la pareja, mucho.

Viajo en el metro cada día y muchas jornadas es una odisea encontrar asiento de buena mañana. ¡Y eso que me subo en la segunda parada de la línea amarilla! Topas con gran cantidad de gente y por mucho que lo intentas la mayoría siguen siendo desconocidos para ti. Esconden un universo personal lleno de sueños y fracasos, como todos nosotros seguramente. Sin embargo hay rostros agradables con los que te familiarizas, no porque te hayas puesto a hablar de la coyuntura económica actual, ni del tiempo, ni tan siquiera porque has intentado seducir a una joven atractiva, no. Te familiarizas porque en sus caras se refleja algo de bello y enigmático, y son siluetas, formas y curvas que no olvidarás. Voy descubriendo que cerca de donde yo vivo, relativamente, algunas chicas van a estudiar a la misma universidad que yo. En estos barrios el porcentaje de universitarios es muy reducido. Pocas carpetas azules y negras se ven, cómo se van a ver rojas pues...

Los inmigrantes son un baremo ideal de cómo ha ido cambiando la sociedad; en estas zonas periféricas de la ciudad se acentúa la ola de personas extranjeras que han venido en busca de trabajo, mejores condiciones de vida, mayor libertad y dignidad. El metro como transporte público de masas es empleado en gran mayoría por ellos, lo que hace que al inicio de mi línea uno confunda al extranjero. ¿Soy yo de fuera dentro de mi país? Curiosa sensación. Mestizaje. Globalización. Muchos miran con cara de desconfianza, pero que es la misma con la que podemos mirar los autóctonos.

Malas pulgas se intuyen en algunos rostros de buen amanecer. Antipatía y apatía unidos por el clima subterráneo, donde en la atmosfera se entrelazan las notas de los múltiples mp3 que entorchan los vagones, se cruzan infinidad de miradas y se pasan páginas y páginas de diarios, libros y revistas a lo largo de la semana, los meses y el año. Algunos duermen, o hacen ver que duermen como marmotas. Entonces se despiertan justo en la parada que les toca. Sexto sentido. Llevo siendo usuario del metro mucho tiempo, forma parte de mí y hasta de broma hablo de él como de mi segunda residencia. A falta de casa en la playa o en el campo, el metro. A falta de muchos recursos y capital con el que invertir en bienes patrimoniales, en activos prósperos, metro, transporte público. Esos bienes que nos hacen a todos iguales y que en Barcelona cuestan demasiado. Demasiado.

Son muchas las historias que podríamos derivar de las caras y los almas que dibujan las personas con las que viajo a diario. Seguramente algún día se me ocurra contar alguna de ellas. El metro avanza lentamente por mi querida línea pero se palpan avances, modernos trenes, ya era hora ciertamente. A veces es un lujo plantarse en 25 minutos en la universidad; otras un calvario.

Universidad, fútbol, fiesta... sin el metro todo sería más complicado. Centenares de espíritus viajan a diario bajo tierra y esconden miles de historias personales, tragedias y victorias, sueños y lamentos, dolor y placer.

Yo también escondo en mi interior todo ello. No me gusta expresarlo nunca en persona, exteriormente, aunque a veces es inevitable. Prefiero por escrito; es la ventaja o el inconveniente de aquellos que parece que nos expresamos mejor con la pluma que con la labia. Si dominas ambas ya eres un indomable para siempre.

Hasta la vista...

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