
La lluvia aquí en el barrio solo será un impedimento natural, un obstáculo material que no facilitará tanto la recogida de caramelos lanzados desde las carrozas. Pero, nunca mejor dicho, no aguará la fiesta.
Porque nada puede ni podrá con la ilusión de los más pequeños. Niños y niñas, del barrio hasta Katmandú, de todos los continentes, cuya alegría es innata en vigilias como la presente. Nunca la magia es tan presente como cuando vienen los Reyes Magos. Aquellos sabios de Oriente que en su momento ofrecieron oro, incienso y mirra ante el recién nacido Jesús, después Cristo para los cristianos.
Bien es cierto que muchos otros pequeños no podrán gozar de la misma fortuna que la mayoría en el llamado Occidente. Su destino es más cruel y días como este no son una excepción. No deja de ser una auténtica tragedia el hecho de no poder hacer felices a todos los infantes. Con todo, pese a todo el infortunio que algunos arrastran desde el mismo día que ven la luz, muestran en cualquier momento una sonria ingenua, como todos los niños, desconociendo el porqué de su sino. Una sonrisa tímida junto a una mirada inocente, ajena a la realidad, pero cuya alma va consumiéndose noche tras noche, en la soledad del hambre y la enfermedad.
Sé que existen los Reyes. Creo en la magia de tradiciones así. Dar la espalda a estas celebraciones, a su esencia, es hacer el juego a aquellos que critican la Navidad y alguno de sus rituales, ya que se ignora precisamente el valor simbólico de todo ello.
Como sé que estan ahí los sabios, no solo en Oriente sino en todo el globo, les pido en esta especie de escrito que sería mi carta personal hacia ellos, y si ya no es muy tarde, que seguro que no, que hagan felices a cada uno de los niños y niñas de este mundo.
Sin ellos, no hay presente. Sin ellos, no hay esperanzas para creer en el futuro. Sin alimentar la alegría de los más pequeños no podremos recoger cosecha alguna en el porvenir. Es preferible la magia bien intencionada que la crueldad encubierta en una realidad interesada.
El día que todos los infantes puedan sonreír libremente será el día en que los Reyes Magos hayan podido llegar a todos y cada uno de los hogares de este variopinto y, también, injusto mundo.
Al tiempo que subo la Adoración de los Reyes Magos del genio Velázquez comienzo a oír a los más pequeños exclamar y pronunciar con júbilo su alegría y su nerviosismo, esa felicidad de quien sabe que todo es posible en una noche así. La magia ahora para sonreír en el futuro.
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