6.12.11

Contrastes


Algunas hojas caídas anuncian que el otoño no se quiere fugar. Me acompaña un gélido viento que amaga a festivos invernales. Las luces de Navidad, teñidas de un intenso colorido que despierta la imaginación, decoran el paseo mientras recorro la Diagonal. Atrás he dejado el frenesí patente del consumo. Clases acomodadas cuya demanda fluye sin condicionamiento alguno, sea la coyuntura que sea.

Más adelante, el contraste. Un par de indigentes mendigando con escasos ropajes en medio del frío y del río incesante de gente que viene y va sin reparar en sus miradas. Esas miradas vacías que cortan la respiración mientras se fijan en un punto concreto del paisaje urbano. Inertes. Sin alma. Robados de una vida que otrora soñaron y cuyos destinos han llevado a tan mísera y desgraciada situación.

Me siento afligido por dentro y hasta responsable durante todo el trayecto hasta que logro evadirme profundamente con un artículo de Rubén Uría sobre Fernando Martín, fatídicamente fallecido en accidente de coche el 3 de diciembre de 1989. Al llegar a casa, aún tengo esa amalgama de sensaciones mezcladas y encontradas. Contradicciones que sacuden mi interior, golpeando en forma de preguntas. Pero no encuentro respuestas.

Por si faltaba algún ingrediente, añado nostalgia leyendo algunas cosas muy visibles en la habitación. Y no puedo sino emocionarme. Después hallo la paz definitiva a partir del chorro caliente. Cómo me gusta. La ducha abraza mis pensamientos.

Había sido una tarde muy ilustrativa. Didáctica. Vivimos en un frenesí tan constante que tendemos a olvidar lo que somos. Lo afortunados que debemos sentirnos. Es más importante, con el paso del tiempo, ser recordado por cómo eres y lo qué has aportado, que no por lo que tienes. Nuestra mayor riqueza y posesión es la esencia humana. La felicidad es el camino. Entre todos podríamos conseguir que en medio del frío no se tuviera que dibujar rostro alguno de pobreza sino de alegría.

Tenemos un potencial de recursos intangibles, materiales y apoyos tecnológicos como nunca antes en la historia, pero seguimos en mayor o menor medida absorbidos por una espiral de egoísmo que en muchos casos roza la codicia extrema. Esa avaricia tan recelosa de la generosidad y la empatía. Para que no solo en Navidades sino durante todo el año y los venideros, podamos disfrutar todos de una existencia digna. Igual que quien escribe o tú, querido lector.

No es en la palabras donde reside la lucha por un mundo mejor sino en la conciencia de cada uno de nosotros. Está en nuestras manos que nuestros hijos y nietos puedan ver la luz del Sol brillar con más intensidad de lo que lo hicieron nuestros padres y nosotros mismos.

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