Si cada año fuera un camino, el final del
mismo se vislumbraría ya muy cerca. Como si empezáramos a ver la luz al final
del túnel. La vida, en esencia, año tras año, constituye un único camino. Con
sus vueltas de tuerca, sus altibajos y todo tipo de tirabuzones inimaginables.
Giros inesperados del destino que juegan con nuestros corazones, nos abrazan
momentos irrepetibles y nos condenan bien al disfrute más dulce, bien al
sufrimiento más terrenal y terrible. Como una moneda, tenemos ante nosotros dos
caras: en una habitan las alegrías y en otra las tragedias.
La dualidad de la vida en su apogeo…
Inevitablemente, el dolor y el sufrimiento
forman parte de nosotros. De las personas que respiran a nuestro alrededor y el
contexto que nos envuelve. Pero todo en la vida te aporta, por muy mal trago
que te haga pasar. Es aquello que llamamos experiencia. Para bien o para mal,
todo te debe hacer más fuerte mentalmente. Tanto si tenemos éxito, para no
sucumbir ante la comodidad y tratar de aspirar a más. Ascender es un
aprendizaje continuo. Tras alcanzar una cota, se aparecerá una nueva algo más
arriba. Y así una y otra vez. La ambición, canalizada con humildad y como
desafío por no rendirse nunca, dignifica al ser humano. Y, por el contrario, en
las dudas, fracasos y desaciertos, también debemos aprender. Para intentar no
cometer los mismos errores. Es algo que solo conocemos a posteriori, nunca ex
ante. ¿Qué emoción tendría todo este juego vital si supiéramos los resultados
de nuestras decisiones de antemano? Por eso, cuando tomamos una decisión
debemos comprometernos con ella. Ya habrá momento de buscar alternativas o
soluciones más adelante, vistos los resultados. Porque hoy por hoy no tenemos
la capacidad de recorrer al unísono dos vías distintas. Solo en universos
paralelos, si existen.
Quizás…
Sin embargo, al llegar a ciertas edades,
cuando cambias el colchón escolar y universitario por otro lleno de
incertidumbre, el paisaje se dibuja más caótico e imprevisiblemente aterrador.
Como esa escena en sueños en la que uno se ve llegando al final de un paseo que
conduce inevitablemente a un acantilado. Justo estás en el borde. Miras abajo.
Con la sensación de que puedes caer tan fácilmente. Pero también miras al
horizonte. Donde parece dibujarse la esperanza. Y la felicidad. ¿Cómo saber que
acertarás con tus decisiones? ¿Cómo saber que los pasos que darás te permitirán
seguir avanzando hacia ese anhelado horizonte? ¿O nos caeremos al suelo?
Suceda lo que suceda, nos volveremos a
levantar…
Y vendrá otro año, un nuevo camino dentro
del gran sendero de la vida. Aciertos, errores. Imprevistos tremendamente
únicos y bellos. Ojala estemos aquí para contarlos. No olvidéis este momento.
Recordadlo para la eternidad. Porque ya no volverá a suceder de la misma forma.
Siempre es tiempo de sonreír y tratar de
disfrutar, más allá de las circunstancias. Porque cualquier día, aunque parezca
amanecer en la vulgaridad más vaga puede cambiarte la vida… Para siempre.
Ya saben lo que decía el maestro: la vida puede ser maravillosa.

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